Bernardo Moreno Jimenez, Maria Eugenia Morante Benadero, Raquel Rodríguez Carvajal y Alfredo Rodríguez Muñoz

Universidad Autónoma de Madrid

 

El incremento de la exposición al trauma ha ampliado el horizonte de su aparición. A pesar del aumento de la capacidad tecnológica, la ocurrencia del trauma parece haberse extendido, a veces como resultado de la misma tecnología parcialmente descontrolada, en parte debido al aumento de la violencia social, sectaria e individual, y también debido a la persistente incapacidad humana para controlar las fuerzas desbocadas de la naturaleza. Aunque hoy ya no son vistas como el látigo de la ira de los dioses, siguen provocando la desolación y la muerte, generalmente entre los más desasistidos.

Cuando se mira al trauma, como aflicción humana o como objeto científico de estudio, la perspectiva espontánea del campo de observación es el dolor y el sufrimiento, las más de las veces global, de quienes han sido afectados por el desastre, la emergencia o la crisis; pero hay también una amplia población que está próxima a las víctimas. Éstas personas, sin sufrir directamente el percance, experimentan la ola de dolor de seres queridos, o de clientes/pacientes a quienes tienen la obligación profesional de ayudar, o la voluntad altruista de acompañar. Es el trauma secundario.

La estructura del trauma es en ambos casos similar: la reexperimentación del momento traumático, la conducta evitativa y la hiperactivación generalizada. Si bien la activación del recuerdo no es comparable, los niveles de hiperactivación no son iguales y las conductas evitativas tienen marcados contextos diferenciados, hay un paralelismo entre el trauma directo y el secundario. Una diferencia importante es que la exposición al trauma secundario puede repetirse en algunos tipos de actuación profesional, lo que genera un factor de riesgo en los profesionales de las emergencias, desastres y crisis.

El estudio del trauma secundario no ha sido objeto de muchas investigaciones. No obstante, si bien su prevalencia e intensidad son menores, su relevancia es clara, por su implicación en la eficiencia de la actividad técnica y en la calidad de vida de los profesionales. En nuestro modelo de estudio proponemos que la configuración del trauma secundario está compuesta por la fatiga de compasión, la sacudida de creencias y la sintomatología traumática.

Pero los efectos de la exposición al trauma no son mecánicos ni lineales, sino el resultado de un proceso transaccional en el que las variables personales juegan una función relevante. Aunque el número de factores que pueden intervenir en el proceso probablemente sea amplio, a partir de un trabajo piloto y de la experiencia clínica, hemos operativizado cuatro de ellos: empatía, reto, comprensibilidad y sentido del humor. Así mismo hemos comprobado en una muestra de 175 trabajadores de los servicios de atención extrahospitalaria de la Comunidad de Madrid, que tales factores tienen efectos claramente protectores o actuaban como factores de vulnerabilidad al trauma.

El análisis de regresión jerárquico con interacciones sobre los tres componentes del trauma, esto es, fatiga de compasión, sintomatología traumática y sacudida de creencias confirma, de forma general y específica, el modelo del proceso propuesto.

En general las variables sociodemográficas tienden a explicar una parte de la varianza, en todo caso inferior al 20 por ciento. Tienen una clara importancia las variables laborales, que indican el tipo de trabajo asistencial efectuado, así como la presión laboral y temporal que se ejerce sobre los profesionales. Este tipo de variables es más importante para la fatiga de compasión y la sintomatología traumática. Cuando se analiza la función de las variables de personalidad, sus efectos resultan claros, incluso, cuando se controlan los antecedentes laborales. Las variables personales intervienen en la explicación de la varianza, especialmente en la fatiga de compasión, aunque están también claramente presentes en las otras dos variables dependientes. Así por ejemplo, la comprensibilidad (la presencia de marcos conceptuales de comprensión y explicación) actúa como un fuerte factor de resistencia a la aparición de la fatiga de compasión, y la empatía funciona como elemento de vulnerabilidad en la aparición de la sintomatología traumática y de la sacudida de creencias.

Los procesos interactivos resultan especialmente clarificadores de algunos resultados. Así, por ejemplo, la empatía sería un factor de vulnerabilidad en tareas con bajo nivel de trauma, pero no tendría ninguna función diferencial en niveles altos de trauma. El humor actuaría impidiendo la expresión de las emociones durante la jornada laboral y ejerciendo una función sobre la ansiedad sólo a corto plazo. El reto (búsqueda de desafíos personales) actuaría especialmente en niveles altos de trauma, aumentando la resistencia al mismo y disminuyendo la fatiga de compasión.

Los datos, que se han presentado de forma muy somera, indican que la aparición del trauma secundario es un proceso complejo, en el que las variables de la persona juegan una función relevante en interacción con otros procesos propios de la tarea. Si estos datos se confirman, se está indicando que las variables personales son críticas para la aparición del trauma secundario y que una de las tareas que debe acometerse con estos profesionales es su preparación personal para la interacción humana en situaciones de crisis.

El artículo original puede encontrarse en Psicothema: Moreno Jiménez, B., Morante Benadero, ME., Rodríguez Carvajal, R. y Rodríguez Muñoz, A. (2008). Resistencia y vulnerabilidad ante el trauma: el efecto moderador de las variables de personalidad. Psicothema, 20, 1, 124-130.

Bernardo Moreno

María Eugenia Morante

Raquel Rodríguez

 

Alfredo Rodríguez

Bernardo Moreno-Jiménez es Doctor en Psicología y Profesor titular en el departamento de Psicología Biológica y de la Salud de la Universidad Autónoma de Madrid. Sus principales líneas de investigación y sus publicaciones se centran en Psicología de la personalidad y salud laboral.

María Eugenia Morante Benadero es Doctora en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y Técnico Superior en Prevención de Riesgos Laborales. Su principal línea de investigación es el estudio del proceso de estrés postraumático.

Raquel Rodríguez Carvajal es Doctora en Psicología por la Universidad Autónoma de Madrid y Master en Psicología Clínica y de la Salud. Sus principales líneas de investigación se sitúan entorno a la personalidad como sistema de procesos en autorregulación constante.

Alfredo Rodríguez-Muñoz es becario F.P.U (Formación Profesorado Universitario) en la Universidad Autónoma de Madrid, donde estudia el doctorado en el programa de Psicología Clínica y de la Salud. Su principal interés de investigación, y sobre el que se basa su tesis doctoral, se centra en el estudio del proceso del acoso psicológico.