Hace unos meses el Ministerio de Sanidad y Política Social publicó la Guía de Práctica Clínica sobre Esquizofrenia y Trastorno Psicótico Incipiente. La publicación de esta guía se enmarca dentro del Proyecto GuíaSalud, por el cual el Ministerio pretende homogeneizar las prácticas sanitarias y facilitar la implementación de los mejores tratamientos e intervenciones, basados en la evidencia científica, en todo el territorio español, para lo cual ha ido publicando diferentes guías sobre enfermedades de especial relevancia.

Desde que se empezaron a publicar estas guías, Infocop Online ha solicitado a diversos expertos su valoración para ofrecer esta información a todos aquellos profesionales interesados.


Oscar Vallina

En esta ocasión, con el objetivo de conocer más detalladamente el contenido e implicaciones de esta nueva guía, Infocop Online, ha entrevistado a Oscar Vallina, psicólogo clínico experto en el ámbito de la esquizofrenia y el trastorno psicótico. Oscar Vallina trabaja como psicólogo clínico en el Centro de Salud Mental I de Torrelavega (Cantabria) y coordina el Programa de Prevención de Psicosis de este área. Además es profesor de la Facultad de Psicología de la UNED.

ENTREVISTA

En su calidad de experto en este área, ¿cuál es su opinión general respecto a la GPC sobre la Esquizofrenia y el Trastorno Psicótico Incipiente? ¿Considera que aporta recomendaciones prácticas y aplicables en los programas de tratamiento de estos pacientes?

Mi opinión de la GPC sobre la Esquizofrenia y el Trastorno Psicótico Incipiente es muy positiva. En líneas generales, e incluyendo algunos puntos débiles o menos desarrollados que luego comentaré, creo que estamos ante un documento elaborado con rigor y meticulosidad que, en su resultado final, es perfectamente homologable a aquellas otras guías clínicas que se utilizan como referentes de calidad en el campo de la esquizofrenia (American Psychiatric Association; Canadian Psychiatric Association, National Institute for Clinical Excellence y Royal Australian and New Zealand College of Psychiatrist).

El texto se articula de manera clara y coherente en torno a las 5 dimensiones fundamentales para entender y organizar el tratamiento de la esquizofrenia: las características de los pacientes, las diversas fases por las que atraviesa el trastorno, los tipos de tratamientos necesarios para cada una de esas fases -basándose en la evidencia científica disponible en estos momentos-, los tipos de dispositivos necesarios para llevar a cabo la asistencia y, por último, las características necesarias de los equipos que tendrán que desarrollar y aplicar los programas de tratamiento.

Partiendo de los pacientes como eje central de la guía, ésta se muestra cuidadosa en las recomendaciones con incorporar la presencia de sus necesidades, estado clínico, preferencias, capacidades y cuidado continuo de la alianza terapéutica.

Tras estas consideraciones transversales a cada capítulo, se detallan con la minuciosidad que permite un documento de estas características aquellas recomendaciones que nos permitirán proporcionar los mejores tratamientos disponibles para cada caso concreto. Recomendaciones, que integran perfectamente los avances de la investigación con la perspectiva práctica de su desarrollo en nuestros entornos asistenciales cotidianos. En este sentido, creo que la guía intenta acercar la necesaria armonía entre práctica basada en la evidencia y evidencia basada en la práctica.

¿Qué papel juega la intervención psicológica en el abordaje de estos pacientes, de acuerdo a la evidencia científica disponible? ¿Cree que estos aspectos han quedado adecuadamente recogidos en esta GPC?

En las dos últimas décadas se han producido un desarrollo y un avance inmensos en las intervenciones psicológicas en la esquizofrenia, al punto de pasarse de una práctica inexistencia o posición marginal de los tratamientos psicológicos a una posición central en su abordaje y recuperación.

Las intervenciones familiares de tipo psicoeducativo (que promueven el conocimiento y comprensión de la enfermedad, el manejo del estrés, el fomento de las habilidades de comunicación y de solución de problemas y la reducción de la carga familiar), el entrenamiento en habilidades sociales y de vida diaria (para el desempeño de los pacientes en entornos sociales e interpersonales), la terapia cognitivo-conductual (dirigida a la reducción o eliminación de las experiencias psicóticas delirantes y alucinatorias, y a la eliminación o minimización de las respuestas emocionales disfóricas asociadas a éstas, así como a la promoción de estilos personales de autogestión psicológica de la dolencia), y los últimos desarrollos en las intervenciones dirigidas a la rehabilitación de los procesos cognitivos básicos, conforman un bloque de opciones terapéuticas que, combinadas con el tratamiento farmacológico y la dotación de las estructuras comunitarias de tratamiento necesarias para cada fase de la enfermedad (centros de salud mental, centros de rehabilitación, hospitales de día, unidades de hospitalización breve, etc.), se vienen repitiendo de manera sistemática en las recomendaciones de las principales guías de práctica clínica como estándares de tratamiento óptimo indicado.