Mª Rosa Álvarez Prada1 y Concepción Fernández Fernández2
(1) Decana del COP Galicia y (2) Coordinadora de la Comisión Intersectorial de Género

El 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres es una fecha para la celebración, la reivindicación y la solidaridad. Celebración de todos los logros conseguidos por los movimientos feministas y sociales. Reivindicación de muchas ideas y metas que aún están lejos de conseguirse, que funcionan como utopías que nos guían por los caminos que vamos transitando. Solidaridad entre mujeres y hombres que imaginamos y trabajamos por un otro mundo bien diferente, más igualitario y justo.

Para la Psicología, también esta es una fecha importante. Más allá del 80% de las estudiantes y profesionales de la Psicología somos mujeres, y, por eso, en estos días también estamos de celebración solidaria; las mujeres tienen hecho destacadas (y muchas veces desconocidas) aportaciones al saber científico y profesional de la Psicología. Sirva de ejemplo Mary Whiton Calkin (1863-1930), primera mujer Presidenta de la APA, en 1905, pionera en la investigación sobre la memoria y el método de pares asociados, que no solamente abrió paso a otras mujeres en la universidad sino que como ella misma reconocía "guardó lo fuerte" para las que vinieran a continuación.

Integrar la perspectiva de género, aprender a mirar y comprender desde el género problemas epistemológicos, éticos y profesionales es sin duda una oportunidad para enriquecer y reconstruir nuestra disciplina y el quehacer profesional. Reconocer que la posición de hombres y mujeres en la sociedad es desigual y que esta desigualdad es responsable del importante malestar psicosocial de las mujeres, supone reconocer que los problemas individuales son a menudo resultado de la posición social de las mujeres como colectivo. Esta mirada sobre las causas del malestar individual tiene sin duda consecuencias en la forma de entender, analizar e intervenir en diferentes ámbitos de la Psicología. Teniendo en común en todos los casos que los "problemas"/"malestar" que sufren las mujeres no pueden explicarse ni remediarse sin referirse a su posición (subordinada) en la sociedad.

Poner las gafas del género, da espacio a formular un conjunto de preguntas, análisis y horizontes que no tendrían cabida en una Psicología tradicional androcéntrica o en una Psicología científica neutra, centrada en un individuo asexuado, respecto de temas tan relevantes como la formación de estereotipos, actitudes y roles sexuales, la ética del cuidado y la necesaria justicia social en el reparto equilibrado de tiempos productivos/públicos y tiempos reproductivos/privados, y sin olvidar la prevención y la atención psicológica de víctimas de violencia, la intervención con hombres que ejercen violencia machista, o el reconocimiento de formas diferentes de ejercer el poder y liderazgo público, más fluidas, creativas y transversales.

Ahora, como siempre, es necesario poner la atención en los mecanismos que intervienen en la construcción de los sistemas cognitivos y subjetivos de las personas, en las influencias que tienen las estructuras culturales en el uso, mantenimiento y justificación de las discriminaciones sexuales. Los/Las profesionales de la Psicología tenemos que dar el paso para intencionadamente, participar, producir y reproducir sistemas de relaciones más democráticos, igualitarios y justos, que serán también, sin duda, más saludables y satisfactorios para las mujeres y para los hombres.

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