Rosa Pulido Valero1, Gema Martín Seoane2 y Beatriz Lucas Molina3
1UNED, 2Universidad Complutense de Madrid y 3Universidad de la Rioja

El artículo presentado a continuación sigue la línea de investigación iniciada por el Equipo de Psicología Preventiva (Universidad Complutense de Madrid) sobre el estudio de la violencia en sus diferentes expresiones (violencia de género, violencia entre iguales, etc.), y su prevención en contextos educativos (Díaz-Aguado, Martínez Arias y Martín Seoane, 2004).

Si bien la violencia escolar no es un fenómeno nuevo, ha cobrado especial interés científico y social en las últimas décadas.

Prueba de ello son las numerosas líneas de investigación desarrolladas tanto dentro como fuera del país, y que han encontrado que se trata de un fenómeno universal con múltiples manifestaciones: desde situaciones puntuales de conflicto o violencia (física o psicológica), hasta formas graves como el acoso escolar.

Dentro del equipo surgió la necesidad de analizar en profundidad las características de aquellos adolescentes que participaban en situaciones de violencia dentro y fuera del entorno escolar. Para ello se administró el cuestionario CEVEO (Cuestionario para la Evaluación de la Violencia en la Escuela y en el Ocio) a una muestra representativa de 1.622 adolescentes madrileños de 14 a 18 años. En dicha medida, con un formato similar al utilizado en el estudio del Defensor del Pueblo (2006), se presentaban a los adolescentes 15 situaciones relacionadas con la violencia entre iguales, desde las perspectivas de agresor, víctima y observador. Los resultados pusieron de manifiesto que aquellos alumnos más expuestos a la violencia en la escuela también lo estaban en el ocio. Asimismo, mediante un análisis de tipologías se obtuvieron tres perfiles claramente diferenciados: "mínima exposición a la violencia" (1.126 adolescentes), "exposición a violencia psicológica" (413 adolescentes) y "situación de alto riesgo de violencia" (83 participantes).

Estos resultados señalan la necesidad de diseñar intervenciones específicas para cada uno de los grupos hallados. Situaciones que podrían surgir como problemas normales de convivencia (excluir a un compañero/a, poner motes, etc.), pueden acabar convirtiéndose en rígidos esquemas de interacción, de los cuales es difícil defenderse desde la propia inmadurez de la adolescencia. Se hace así evidente la necesidad de aplicar diferentes niveles de prevención -primaria, secundaria o terciaria-, según el tipo de grupo identificado: si nunca ha participado en situaciones de violencia hablaríamos de prevención primaria (campañas de prevención de conductas violentas, de adquisición de habilidades sociales, etc.); si el alumnado está comenzando a participar en situaciones de exclusión hablaríamos de prevención secundaria (intervenciones específicas como los programas de mediación entre iguales para enseñarles a afrontar situaciones similares por sí mismos); o si forma parte de ese tercer grupo que se encuentra peligrosamente inmerso tanto en situaciones de violencia escolar como en el ocio, hablaríamos de prevención terciaria. Probablemente el alumnado de este nivel necesite de una intervención psicológica individual y especializada, y deba ser derivado al recurso más oportuno (pero difícilmente pueda ser atendido únicamente desde el centro educativo). Esto alude a la necesidad de trabajar sobre aquel alumnado frecuentemente implicado en este tipo de situaciones y cuya conducta está probablemente asociada con otro tipo de problemas (psicopatologías personales o familiares, etc.). Asimismo, esta perspectiva más amplia de análisis del problema permite concluir que cualquier intervención escolar que no sea complementada en el ámbito familiar o del ocio, será una actuación parcial incapaz de abarcar la complejidad del problema.

Finalmente, señalar otros resultados relacionados con aquellos adolescentes en situación de riesgo de violencia. En la mayoría de estudios suele encontrarse una disminución de la participación en situaciones de violencia escolar con la edad. Sin embargo, en dichos trabajos raramente se han incluido niveles educativos como los ciclos formativos o los grupos de Garantía Social (actualmente denominados PCPI), que suelen ser las opciones para aquellos alumnos con dificultades para finalizar la secundaria obligatoria. En un estudio pionero en incluir estos niveles (Pulido, Martín-Seoane y Lucas-Molina, 2011), se observó que la trayectoria educativa se convertía en la variable más relevante. Así, se concluyó que los grupos de Garantía Social eran de especial vulnerabilidad en relación con la violencia escolar y que esta participación no decrecía con la edad sin una adecuada intervención. De hecho el mayor número de adolescentes encontrados en la tipología de riesgo mencionada anteriormente pertenecía a este perfil educativo. Estos resultados plantean la necesidad de ofrecer formación especializada a aquellos profesionales que trabajen con este alumnado, así como informarles de aquellos recursos externos más apropiados.

El trabajo completo al que hace referencia este artículo puede encontrarse en:

Pulido, R., Martín-Seoane, G., y Lucas-Molina, B. (2011). Risk profiles and peer violence in the context of school and leisure time. The Spanish Journal of Psychology, 14, 701-77711.
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