Comunicado del COP

María Rosa Álvarez Prada, vocal de la Junta de Gobierno del COP y coordinadora del Grupo de Trabajo de Psicología e Igualdad de Género

Suele tener como punto de partida una consulta médica con la pregunta: “¿queréis saber el sexo del bebé?”. Con esa revelación empieza a construirse el género antes del mismo nacimiento de la criatura, cuyo entorno comienza a proyectar y condicionar, inconscientemente, la incipiente vida en función del género. Una retahíla de tópicos pintados de rosa y azul que determinará el resto de su vida mucho más allá de la diferencia anatómica de los sexos.

Se ha instalado el discurso igualitario y si bien se han suavizado algunas discriminaciones sexistas, la traslación real a la sociedad dista mucho de lo que sería deseable. El género no es algo casual ni inocuo, sino que es uno de los principales engranajes de la organización social, que nos asigna necesidades, roles y deseos diferentes. La forma de vivir, pensar y sentir de la juventud difiere mucho de la de generaciones precedentes: hoy en día un embarazo fuera del matrimonio no significa lo mismo que hace 50 años, por ejemplo. Muchas oportunidades, actitudes y comportamientos se han ido acercando. Pero distintos estudios conocidos este año nos dejan ver cómo entre la juventud se perpetúan modelos machistas y la brecha entre lo masculino y lo femenino sigue existiendo y perjudicando a las jóvenes.

Un estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) publicado en 2015 nos ofrece cifras inquietantes. Uno de cada tres jóvenes de entre 15 y 20 años (tanto varones como mujeres) consideraba normal ejercer un control sobre su pareja en cuanto a horarios, las relaciones con sus amistades o su familia. Un control que se extiende a temas como los estudios o el trabajo, o incluso a decirles lo que pueden o no hacer. Además, su percepción de las desigualdades entre los géneros es menor que la del resto de la población. Esto nos indica un desconocimiento y una normalización de comportamientos que no deben ser aceptados y nos conducen a un contexto en el que la violencia de género se justifica y se tolera, en el que se perpetúa la identificación de la mujer con actitudes abnegadas, sumisas y pasivas.

Centrándonos en edades más tempranas, otro estudio nos arroja unos datos más preocupantes todavía: el informe Jóvenes y género. El estado de la cuestión, publicado por el Centro Reina Sofía en febrero de este año. Uno de cada tres varones de entre 12 y 24 años justifica en cierto grado las agresiones machistas como consecuencia de la provocación de la víctima, una proporción que se mantiene entre aquellos que creen que la violencia contra la mujer pertenece al ámbito familiar y no debe salir de ahí. Una cuarta parte de ellos opina que si una mujer maltratada por su pareja no corta la relación es porque no le disgusta del todo esa situación, y un 31% estima que un buen padre debe hacer saber al resto de su familia quién manda.

No debemos minimizar el trabajo en la lucha contra la violencia de género en la adolescencia, ya que entre los 18 y los 29 años es cuando la cantidad de víctimas se incrementa de forma progresiva, muy especialmente desde los 19 años. Entre los 12 y los 24 años, un 5% de las mujeres han sido agredidas si no hacía cosas que no quería, un 3% han sido golpeadas en alguna ocasión por su pareja, un 8% intimidadas con frases o insultos de carácter sexual, a un 4% le han difundido fotos o mensajes por internet o por móvil sin su consentimiento, y a un 6% las han presionado para actividades sexuales que no deseaban practicar. Porcentajes nada desdeñables, a los que se unen otros como estos: a un 30% la han intentado controlar diciendo por ella hasta el más mínimo detalle, a un 25% la han intentado controlar a través del móvil, a un 23% la han insultado o ridiculizado y a un 22% han intentado aislarla de sus amistades.

La Encuesta de Población Activa de 2010 indicaba que prácticamente el doble de mujeres jóvenes dejan su empleo o reducen la jornada para asumir el cuidado de un familiar (63% frente a un 37%). Vemos así cómo se perpetúan los roles de cuidadoras y renuncian a una carrera profesional, cuando además las mujeres son mayoría en la educación superior (3 de cada 5). La elección de estudios universitarios sigue respondiendo a un sesgo en cuanto al género: los hombres escogen carreras de ciencias o ingenierías mientras que las mujeres optan por las humanidades, ciencias sociales, arte o educación, según datos de la OCDE de 2012.

Los estereotipos sexistas tradicionales permanecen, por ejemplo, en la percepción distinta de la libertad sexual de unos y otras. Mientras que no dudan de tildar como “prostitutas” a aquellas jóvenes que mantienen relaciones con varios hombres, en el caso contrario es un éxito admirable. Se continúa asociando la infidelidad como algo propio de la naturaleza masculina, una mayor pulsión sexual, mientras que en el caso de las jóvenes se considera una traición y una desviación de la norma.

La feminidad y la masculinidad son aprendidas, no adquiridas por poseer cuerpos sexuados diferentes. Y ese aprendizaje se produce de forma más intensa en la adolescencia y en la juventud. Por eso el trabajo en la infancia y sobre todo en la etapa de Educación Secundaria Obligatoria es crucial para atajar la problemática de la desigualdad de género. Una brecha que sustenta la violencia contra la mujer y que año a año vamos comprobando cómo la legislación actual está siendo ineficaz, en parte por ignorar deliberadamente la prevención a través de la promoción de valores de igualdad.

La prevención y la educación en las edades tempranas es la única salida contra la desigualdad entre hombres y mujeres, y por supuesto, para erradicar la violencia machista. Mientras vemos con estupefacción como la espiritualidad e incluso la oración tienen espacio en los currículos educativos, valores como la igualdad quedan diluidos y minimizados en los centros escolares, dependiendo de la buena voluntad, del compromiso y de la implicación del cuerpo docente. No existen adjudicaciones horarias ni desarrollos curriculares concretos en igualdad. La figura del psicólogo o psicóloga educativa sería un medio excelente para desarrollar esta labor en los centros escolares, trabajando aspectos como la educación afectivosexual, la igualdad, la gestión de las emociones, etc., algo que venimos demandando hace años desde el Consejo General de la Psicología. Solo educando en valores de igualdad desde la infancia conseguiremos superar los comportamientos sexistas.

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