Óscar Herrero y Roberto Colom

Universidad Autónoma de Madrid

Algunas teorías han relacionado la conducta antisocial con los rasgos de personalidad. Así, por ejemplo, según la influyente perspectiva de H. Eysenck (1977) sobre la delincuencia, un alto nivel en los rasgos psicoticismo, extraversión y neuroticismo, complica el proceso normal de socialización.

Su discípulo, J. Gray (1987) señaló, por su parte, que la psicopatía se asociaba a bajos niveles de ansiedad y/o altos niveles de impulsividad.El interés por actividades física o socialmente arriesgadas se ha asociado, también de forma consistente, con diversas formas de delincuencia (Zuckerman, 1994). Krueger, Hicks, Patrick y Carlson (2002) encontraron una vulnerabilidad, común a distintos problemas psicopatológicos (drogodependencia, Trastorno Antisocial de Personalidad, abuso de alcohol, problemas de conducta en la niñez) que suponía una elevada expresión de rasgos de personalidad útiles para describir a la población general.

 

Estos autores señalaron que tanto los factores genéticos, como los no-genéticos, contribuyen a la expresión conductual de estos rasgos.

David Lykken (1995) propuso una teoría sobre la relación entre personalidad y delincuencia que recogía, a nuestro entender de manera coherente, las distintas perspectivas. Según su teoría, las personas que expresan, desde su infancia, niveles elevados de la serie de rasgos vinculados a lo que él denomina "dificultades de temperamento", son vulnerables a la conducta antisocial. En los casos más extremos se convertirán en psicópatas, aunque también se pueden identificar delincuentes con una personalidad normal, pero que han sido expuestos a muy deficientes procesos de socialización (sociópatas).

¿En qué consisten las dificultades de temperamento? Tres son los rasgos esenciales: impulsividad, ausencia de miedo y búsqueda de sensaciones. En España, Herrero, Ordoñez, Salas y Colom (2002), así como Herrero (2004) y Herrero y Colom (2006) han estudiado la viabilidad empírica de la teoría de Lykken. Originalmente se construyó un test que midiese las dificultades de temperamento, usando un formato de respuesta sugerido por Lykken. Es decir, el examinado debía elegir entre dos alternativas de respuesta, una de las cuales expresaba el rasgo evaluado y el otro una situación de contraste. Este tipo de ítems, por tanto, se alejan del formato habitual de respuesta en los inventarios de personalidad. El resultado de los estudios realizados sobre la Escala de Dificultades de Temperamento de Cantoblanco-Revisada (EDTC-R) apoya el carácter fiable y válido de las tres sub-escalas correspondientes a los tres rasgos señalados (Herrero et al., 2002; Herrero y Colom, 2006).

El siguiente paso consistió en comparar tres muestras independientes mediante la EDTC-R a. La primera muestra estuvo compuesta por 183 internos varones de dos centros penitenciarios de Madrid, la segunda por 170 chicos de un IES y la tercera por 397 varones de la población general.

La primera comparación consideró internos y adolescentes. La hipótesis de partida fue que las personalidades antisociales puntuarían por encima de los adolescentes en las tres escalas. Sin embargo, se observó que los adolescentes superaban a los internos en impulsividad y búsqueda de sensaciones, mientras que no se encontraban diferencias en ausencia de miedo. El resultado se mantenía controlando estadísticamente la variable edad.

¿A qué podía deberse este inesperado resultado? Se planteó la hipótesis de que la adolescencia supone un pico en el nivel de expresión de esos rasgos, lo que les convierte en un grupo especialmente vulnerable a la conducta antisocial. Razonamos que si evaluásemos a una muestra de adultos no delincuentes, deberíamos encontrar un nivel de expresión inferior al de los internos. Los resultados señalaron que los delincuentes puntuaban por encima de los hombres de la población general en ausencia de miedo y búsqueda de sensaciones, pero se mostraron menos impulsivos. Este último resultado contradecía una gran parte de los estudios publicados hasta la fecha.

Por tanto, la hipótesis se confirmaba sólo parcialmente. El grupo con mayor nivel de expresión de dificultades de temperamento correspondía a los adolescentes. El siguiente grupo comprendía a los delincuentes adultos. Por último, encontramos a los hombres no delincuentes, salvo en lo relativo a la impulsividad.

 

Si se contempla la personalidad desde una perspectiva longitudinal, los resultados pueden ser relativamente coherentes. Los adolescentes expresan a un alto nivel las dificultades de temperamento. Además, como grupo, muestran considerables diferencias individuales, es decir, algunos adolescentes son más vulnerables que otros. La maduración biológica y la socialización atenúan esa expresión, llegando a alcanzar con el paso del tiempo, la mayor parte de los adolescentes, un nivel de expresión equiparable al del grupo de adultos no delincuentes.

Los casos más extremos, en cambio, presentarían una mayor probabilidad de implicarse en un estilo de vida con problemas más o menos estables para adaptarse a la sociedad. Estos problemas pueden suponer conductas de carácter delictivo. Pero incluso aquellos con personalidades más difíciles madurarán biológicamente y se verán expuestos a los procesos de socialización. Por esa razón, los delincuentes adultos puntúan por debajo de los adolescentes en la EDTC-R, pero por encima de los adultos no delincuentes.

Los resultados sobre la impulsividad pueden verse de distinta forma. Por una parte, han de contrastarse en sucesivos estudios y con otras escalas, de cara a confirmar que no se pueden atribuir a alguna limitación metodológica. Por otra parte, el hecho de que no se confirme la opinión generalizada de que los delincuentes son más impulsivos, puede estar hablándonos de la naturaleza heterogénea de ese grupo, en la que puede ser preciso distinguir distintos perfiles. Muchos estudios sobre personalidad y delincuencia han empleado a internos psicópatas o, cuando menos, a individuos que cumplían condena por delitos violentos. Quizás los resultados obtenidos con estos grupos no sean generalizables a la población de internos. Y, si esta segunda interpretación es correcta, entonces carecería de sentido declarar que los delincuentes son, por definición, más impulsivos.

¿Qué consecuencias prácticas pueden derivarse?

Quizá la principal lección es que debe aceptarse abiertamente, por parte de la comunidad, el hecho de que la población delincuente muestra diferencias significativas en algunos rasgos de personalidad. Siendo esto así, el diseño y evaluación de programas de intervención, dentro de las prisiones, no puede ignorar la personalidad de los individuos sobre los que se desea incidir. Además, las valoraciones de riesgo rutinarias de cara a excarcelaciones definitivas o temporales, tampoco deberían darle la espalda a esa realidad. Y, con respecto a la relación edad-delincuencia, se impone el papel de la prevención durante la etapa de la enseñanza secundaria. La curiosidad por conductas arriesgadas, y el poco miedo a llevarlas a cabo, pueden facilitar la aparición de problemas severos que, con el paso de los años, pueden agravarse y dificultar que las intervenciones tengan éxito.

Ver referencias bibliográficas.

La investigación original sobre la que se basa este artículo puede encontrarse en la revista Psicothema: Herrero, O. Y Colom, R. (2006) ¿Es verosímil la teoría de la delincuencia de David Lykken?. Psicothema, 18 (3), 374-377.

Sobre los autores:

Óscar Herrero es doctor en psicología por la Universidad Autónoma de Madrid. Psicólogo del cuerpo Superior de Técnicos de Instituciones Penitenciarias. Desempeña su actividad profesional en el Centro Penitenciario de Cáceres, donde es el psicólogo responsable del Programa para el Control de la Agresión Sexual.

 

El Dr. Roberto Colom es Profesor de Personalidad, Evaluación y Tratamiento Psicológico en la UAM, y especialista en el estudio de la inteligencia y la personalidad humanas. Es miembro de varias asociaciones internacionales, colabora desde hace años con reconocidos investigadores nacionales e internacionales, y su producción científica posee un fuerte impacto dentro y fuera del país.

 

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