En los últimos meses se celebraba, como parte del programa de verano ofertado por la Universidad del País Vasco, el curso Muerte, Duelo y Esperanza, coordinado por el psicólogo Patxi Izagirre Ormazabal, experto en la materia.

La muerte y el duelo se han convertido hoy por hoy, en nuestra sociedad, en temas tabú de difícil abordaje. Parece haber surgido un miedo, socialmente promovido, al dolor y a la pérdida, que obliga, con demasiada frecuencia, a anestesiar las emociones que sobrevienen cuando se da un acontecimiento de esta naturaleza, dejando al doliente pocas opciones para la recuperación y el proceso de cierre natural. Esta angustia y temor se agudizan cuando, además, la muerte conlleva transmitir a un niño la pérdida de un ser querido. Izaguirre aborda en este pequeño artículo algunas cuestiones relacionadas con estos aspectos.

Patxi Izaguirre Ormazábal

¿Qué es el duelo? Es el proceso de asimilar una pérdida. Podríamos decir que desde la angustia inicial perseguimos la esperanza de recordar al difunto con agradecimiento y que el dolor se trasforme en recuerdo inspirador de vida.

 

Imaginar que alguien queda ciego en la edad adulta. La esperanza de aprender a vivir con la ceguera y disfrutar de la vida, desarrollando recursos como el tacto, el oído, olfato, gusto, autoestima…, serán el motor del proceso de duelo. No podrá ver más un amanecer, pero sí recordarlo con cariño y no bloquearse en la queja y el lamento. ¿O es que ya no tiene sentido la vida? Habrá que darle un nuevo sentido y la actitud personal es muy importante.

Partiendo de la hipótesis de que el duelo no es una patología, vamos a gestionar la angustia derivada de una pérdida desde una perspectiva integrativa y nos basaremos en la teoría de los vínculos afectivos (apego). La brecha que separa la vida de la muerte es siempre brusca, independientemente de la edad y circunstancias de la muerte.

Tres facetas de la vida que organizan el equilibrio emocional de una persona son el sentir, el pensar y el hacer. Ante una experiencia traumática como es la muerte de un ser querido, puede que esa armonía se vea alterada por una preponderancia de una de ellas. Son reacciones naturales de defensa ante algo que nos incomoda o nos hace sufrir, negar lo que sucede a nuestro alrededor.

Cuando lo que sobresale es el pensar, la racionalidad, la muerte se niega en términos racionales; pensar que no hay que sentirse triste es otra forma de reprimir la tristeza natural de haber perdido a un ser querido.

Si es el sentir el que prepondera, seguramente nos refiramos a revivir el pasado una y otra vez, sentir la muerte como algo doloroso e interno de lo que no hay que olvidarse jamás, y perpetuar el sentimiento de tristeza como única forma posible de seguir viviendo tras la pérdida.

Al enfocar la dificultad en el hacer, nos referimos a la acción, no parar para no ser conscientes del duelo. Así, las batallas judiciales que se suceden tras las muertes en situaciones extrañas son otro síntoma más de la no aceptación de la muerte. «Pensar para no sentir y hacer para no padecer» puede ser una buena síntesis de este equilibrio roto. Estos tres puntos citados se convierten en núcleos de resistencia donde el dolor se enquista.

A menudo se dan una serie de obstáculos predominantes en todos los procesos de duelo, que pueden resumirse de la siguiente manera:

La culpa, el sentimiento de deuda y la necesidad de reparación. Caminar hacia la humildad y el reconocimiento de nuestras equivocaciones.

Resentimiento, es la culpa puesta fuera de nosotros. El equipo médico, el conductor, Dios… Es decir, el tiempo avanza rumiando la impotencia y fantaseando represalias.

Idealización, es pensar que nada más tiene sentido y que aquél que se fue era lo máximo. Aquí la tarea es no enterrar el sentido de sus vidas junto a los muertos.

Negación, es un vano intento para evitar el sufrimiento. En ocasiones se guardan todos los objetos y sin tocarlos. Y en otras ocasiones, se racionaliza el sufrimiento, evocando un estado de cierta euforia espiritual.

Victimismo, es el movimiento hacia la queja y el lamento. En ocasiones existe una búsqueda de protagonismo egocéntrico que puede incomodar a los demás dolientes: familia, grupo…

Comparación, todo duelo es un proceso personal y por tanto, no caben las comparaciones en el tiempo, ni las circunstancias de la muerte… A veces, se cree que un tipo de muerte puede ser más llevadera que otra. Que un suicidio es más dramático que un accidente o que el ser una viuda joven le resta profundidad a su dolor.

Escenas temidas, las relacionamos con las circunstancias de la muerte y en ocasiones es necesario elaborar adecuadamente el impacto de la imagen traumática.

Fidelidad, la renuncia de la propia vida como ofrenda al ser fallecido. Pensar que la ilusión es sinónimo de desamor. 

Miedo, entendiéndolo como la polaridad del amor. Caminar hacia la aceptación serena desde la resignación angustiosa. Recordar la memoria del fallecido desde el amor agradecido.

También puede hablarse de tres ámbitos de actuación primordiales, de interés a la hora de abordar un duelo y para los que hay diferentes sugerencias de trabajo:

Social

Vivimos en una sociedad en la que impera la cultura del culto a lo estético, desarrollando así el individuo hedonista que busca el placer inmediato, atrofiándose de la capacidad de posponer el placer. Nos hablo Platón de las tres virtudes, "Bondad, belleza y verdad". Pues bien, impera la belleza, sólo que de plástico.

 

La verdad se ha maquiavelizado y la bondad se ha malinterpretado al pensar que bueno es igual a tonto. Sin duda, la ética está en crisis desde la perestroika católica. Ante la muerte de un ser querido, surge el estruendo del tabú de la muerte: no saber qué decir, las esquelas y sus tamaños, el color de la ropa, el silencio impotente… Echamos mano de nuestros mimbres de esperanza y resulta que, a menudo, los tenemos infantilizados y nos sentimos como en pañales ante el único acontecimiento vital que conocemos con un cien por cien de fiabilidad y sin margen alguno de error. Una sociedad occidental afectada por el narcisismo en la que, como rasgos característicos, encontramos el egocentrismo y la omnipotencia, necesita recuperar la humildad de nuestra realidad humana: mortal y frágil.

Educativo

Resulta llamativo como en la mayoría de centros educativos existe un protocolo de incendios y no existe apenas un protocolo a seguir cuando muere un alumno. Las estadísticas hablan de un mayor porcentaje de muerte que de incendios en colegios. Además, se puede y debe tratar la muerte como parte de la vida y no dejándolo para una intervención en crisis. El juego simbólico no ayudará a que el alumnado genere sus propios recursos ante la angustia de separación.

La capacidad de asimilación cognitiva por debajo de los 7 años está sin desarrollar, por lo que la comprensión queda congelada y los "por qué" se sucederán incesantemente. Los niños y las niñas necesitan enfrentarse y saber que vivir no es sólo ser feliz, que el dolor y el sufrimiento forman parte de la existencia. No mentir es esencial. La muerte no tiene retorno y eso lo deben saber. «La muerte no es un largo sueño, ni un largo viaje, como tampoco es una especie de castigo del cielo por una mala acción».

En ocasiones son los propios menores quienes encajan de forma más natural una pérdida, y somos los adultos quienes les inoculamos nuestros temores. Necesitamos ayudar a crear protocolos de intervención para educadores y materiales didácticos que aborden un tema tan radical como lo es la muerte

Sanitario

El dolor por una pérdida significativa no aparece en una radiografía, pero se considera el acontecimiento vital de mayor estrés ¿Qué hacer entonces?

En medicina se forma para curar y ante la muerte anunciada (Oncología) o inesperada (UCI), la impotencia del profesional y la no atención del duelo en paciente y familia, provocan una sobremedicación y un presuponer que los propios recursos del doliente (familia, amigos, vecinos) bastarán para reestablecer el equilibrio psíquico.

 

La realidad es en muchos casos bien distinta y la herida se cierra en falso, infectándose y derivando en patologías de tipo depresivo, ansioso o psicosomático. No se trata de evitar el dolor y olvidar. Desde el modelo dual de afrontamiento en el duelo, favorecemos los mecanismos de expresión (fotos, cartas…), combinándolos con la evitación del dolor (vuelta al trabajo, ejercicio físico...).

Opino que es muy importante la intervención a modo de apoyo psicológico durante el primer año posterior a la pérdida, para evitar así posibles enquistamientos. Además, nos ayudará a detectar posibles fisuras de la estructura de la personalidad previas en el sujeto, que pudiesen entorpecer el transcurso del proceso de duelo.

El profesional también necesita de un adecuado trabajo personal que le prevenga del burnout y que le ayude a manejar la contratrasferencia, para poder humanizarse en la relación con los pacientes y familiares. La figura de psicólogo en los equipos multidisciplinares de los centros hospitalarios, tendrá como objetivos facilitar la expresión emocional del propio equipo y actuar de puente entre el equipo y pacientes-familia; además de velar por los criterios bioéticos de no maleficencia y beneficencia en la praxis médica.

Referencias bibliográficas.

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