María Jesús Cava, Gonzalo Musitu, Sergio Murgui

Universidad de Valencia

En las últimas décadas se ha constatado una creciente preocupación por la violencia escolar, un tipo de conducta transgresora que tiene lugar en escuelas e institutos y que incluye tanto actos delictivos leves, como la rotura de cristales o las pintadas, como patrones más graves relacionados con la agresión física y verbal hacia profesores y compañeros. Estas conductas impiden el normal desarrollo de la enseñanza y afectan gravemente a las relaciones interpersonales de profesores y alumnos.

 

En las últimas décadas se ha constatado una creciente preocupación por la violencia escolar, un tipo de conducta transgresora que tiene lugar en escuelas e institutos y que incluye tanto actos delictivos leves, como la rotura de cristales o las pintadas, como patrones más graves relacionados con la agresión física y verbal hacia profesores y compañeros. Estas conductas impiden el normal desarrollo de la enseñanza y afectan gravemente a las relaciones interpersonales de profesores y alumnos.

Debido a su elevada incidencia, así como a las consecuencias negativas que estas conductas tienen tanto para las víctimas como para los agresores, se ha observado un incremento en el número de estudios dirigidos a analizar qué factores influyen en su desarrollo, fundamentalmente durante la etapa de la adolescencia en la que estas conductas resultan más graves y problemáticas.

A este respecto, en muchos estudios se ha dirigido la atención hacia la familia como un factor explicativo y, de hecho, son numerosos los estudios en los que se ha constatado la influencia que la familia sigue ejerciendo en los hijos adolescentes, tanto en su adecuado ajuste psicosocial, como en su implicación en conductas problemáticas (Musitu, Buelga, Lila y Cava, 2001).

Las relaciones familiares continúan siendo, por tanto, un elemento relevante en el análisis de la conducta del adolescente. Sin embargo, nuestro conocimiento es todavía bastante limitado sobre los mecanismos concretos a través de los cuales esta influencia se produce. Así, en el caso de la violencia escolar, la influencia de la familia en la conducta agresiva del adolescente, podría estar siendo mediada por variables tales como las propias actitudes del adolescente hacia las figuras de autoridad o por su autoestima familiar y escolar. Estas actitudes podrían desarrollarse, en gran medida, en el contexto familiar e incidir posteriormente en la implicación del adolescente en situaciones de violencia escolar. Precisamente, el análisis del papel mediador de estas variables actitudinales es el objetivo de una investigación realizada con más de 600 adolescentes de la Comunidad Valenciana.

En este estudio se aportan, además, algunos datos descriptivos sobre la violencia escolar, en los que se señala la existencia de algunas diferencias de género. En concreto, se observa una mayor incidencia de las conductas violentas en los adolescentes varones, aunque es necesario señalar que el cuestionario utilizado recoge principalmente trangresiones de las normas y agresiones de tipo directo, tales como pegar, robar o insultar, y que en estudios recientes se ha señalado la existencia en las chicas de un tipo de agresión más indirecta y sutil, incluyendo conductas tales como el aislamiento o la difusión de rumores (Olweus, 2005).

No obstante, no sólo las agresiones directas son más frecuentes en los chicos, sino que también sus actitudes hacia la autoridad escolar parecen ser más negativas que las de las chicas. Las explicaciones a estas diferencias podrían estar relacionadas con diferencias de género en el manejo de determinadas reputaciones. Emler y Reicher (1995) han vinculado las actitudes ante la autoridad con el manejo de la reputación en determinados grupos de adolescentes.

 

En este sentido, ciertas reputaciones relacionadas con la transgresión de las normas podrían ser más habituales en grupos de adolescentes varones. En todo caso, ésta es una cuestión que requerirá de mayores investigaciones. En estudios posteriores debería analizarse también el grado en que estas actitudes pueden estar también relacionadas con la menor autoestima familiar y académica de los adolescentes varones, y con su percepción menos favorable sobre la valoración paterna de la escuela.

En cuanto a la influencia de las variables familiares consideradas en la violencia familiar (comunicación familiar y valoración paterna de la escuela), se constata que la influencia de la familia está mediada por la autoestima familiar y escolar del adolescente y por su actitud hacia la autoridad escolar. Tanto la autoestima del adolescente, como su actitud ante la autoridad escolar son variables que inciden en su implicación en conductas violentas en la escuela y son, además, variables que están, a su vez, influidas tanto por la calidad de la comunicación que el adolescente tiene con sus padres, como por la percepción que tienen sobre el grado en que sus padres valoran la escuela, los estudios y el profesorado.

 

Esta última variable, la percepción que el adolescente tiene sobre el grado en que sus padres valoran el sistema educativo, apenas ha sido considerada en los estudios sobre violencia escolar y creemos que sería interesante concederle una mayor atención. Se trata de una variable relevante, puesto que la valoración paterna de la escuela incide, no sólo en la actitud del adolescente hacia la escuela, sino también en su autoestima académica.

En este sentido, mejorar la percepción que algunos padres tienen de la institución educativa y de los profesores, incrementando la comunicación y la mutua colaboración entre padres y profesores, podría ser también un medio eficaz para facilitar la integración escolar de los alumnos y para favorecer así en ellos una actitud más favorable hacia la institución escolar.

La potenciación de la relación y colaboración mutua entre padres y profesores podría integrarse como objetivo en los programas de intervención elaborados con la finalidad de reducir la violencia escolar.

En cuanto a la relación entre autoestima y conductas violentas en el contexto escolar, cabe señalar que aunque esta variable generalmente es considerada como un factor protector ante problemas emocionales y conductuales (Harter, 1990), en el caso de las conductas violentas, no en todos los estudios se ha constatado que los adolescentes implicados en estas conductas tengan una autoestima más baja. A este respecto, Estévez, Martínez y Musitu (en prensa) señalan que los adolescentes agresivos tienen una percepción de sí mismos alta en las dimensiones de autoestima social y emocional, y baja en las dimensiones académica y familiar.

Los resultados de nuestro trabajo vendrían a confirmar la existencia de una relación negativa entre las dimensiones familiar y académica de la autoestima y la violencia escolar, resaltándose así la relevancia que tienen estas dos dimensiones concretas de la autoestima en el adecuado ajuste psicosocial de los adolescentes.

Esta influencia favorable no está, sin embargo, tan clara en el caso de otras dimensiones de la autoestima, lo que ha llevado a Wild y colaboradores (2004) a señalar la utilidad de centrar los programas de prevención de conductas de riesgo en la adolescencia precisamente en estas dos dimensiones. Estos programas, probablemente, no deberían dirigirse a potenciar la autoestima de los adolescentes en general, puesto que algunas de sus dimensiones parecen relacionarse positivamente con su mayor implicación en conductas de riesgo (Estevez et al., en prensa; Wild, Flisher, Bhana y Lombard, 2004).

Por último, se resalta también la importancia de la actitud del adolescente hacia la autoridad escolar como un factor decisivo en la explicación de la violencia en los centros escolares. Unas actitudes en cuyo desarrollo y mantenimiento parecen incidir la valoración paterna de la escuela, la calidad de la comunicación entre padres e hijos y la autoestima académica del adolescente. Estas actitudes negativas hacia la autoridad institucional desempeñan un papel crucial en la implicación en conductas violentas de los adolescentes y, por tanto, podría ser también interesante incluir intervenciones dirigidas a mejorar las actitudes de los adolescentes hacia el profesorado y hacia la institución escolar como un medio útil para reducir la incidencia de la violencia escolar.

Para consultar las referencias del artículo aquí.

La versión completa de este trabajo puede encontrarse en la revista Psicothema: Cava, M.J., Musitu, G. y Murgui, S. (2006). Familia y violencia escolar: el rol mediador de la autoestima y la actitud hacia la autoridad institucional. Psicothema, 18 (3), 367-373.

Sobre la autora y autores:

María Jesús Cava es Profesora Titular de Psicología Social en la Universidad de Valencia. Su interés investigador se centra en el análisis de la autoestima y de la integración social como elementos favorecedores de la convivencia en el ámbito escolar, dedicando especial atención al desarrollo de programas de intervención en este contexto.

Gonzalo Musitu es Catedrático de Psicología Social de la Familia por la Universidad de Valencia y director del proyecto de investigación "Violencia e integración escolar: aplicación y evaluación de un programa de intervención en la escuela". Actualmente, realiza una comisión de servicios en la Universidad Pablo Olavide de Sevilla. Es autor de numerosos artículos publicados en el ámbito nacional e internacional y de libros como Psicosociología de la familia, Familia y adolescencia, La convivencia en la escuela y La potenciación de la autoestima en la escuela, entre otros.

Sergio Murgui es Doctor en Metodología de las Ciencias del Comportamiento por la Universidad de Valencia. Su trabajo se ha centrado en la distinción entre los efectos mediadores y moderadores en estudios sobre los adolescente, la familia y la escuela. También está interesado en los procesos de categorización y de identificación, objeto de su tesis doctoral, y su relación con los procesos de aprendizaje.

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