Según datos de la OMS, se calcula que cerca de un millón de personas mueren por suicidio cada año en todo el mundo, no obstante, se estima que esta cifra es inferior a los casos reales, ya que se desconocen los datos de un buen número de países. Además, los efectos y el impacto de las heridas auto-inflingidas no mortales pueden llegar a ser 20 veces mayor que la cantidad de muertes informadas por suicidio.

Desde el punto de vista de la salud pública, estos datos revelan que el comportamiento suicida conlleva un gasto económico y de recursos de atención de la salud importante en todo.

Por otra parte, el suicidio entre personas que padecen alguna enfermedad mental, como la depresión o la esquizofrenia, viene a aumentar la carga que representa la atención de estos trastornos, en muchos de los casos no diagnosticados ni tratados.

A continuación, y siguiendo los datos facilitados en un documento de la World Federation of Mental Health, se recogen algunos de los factores de riesgo que más frecuentemente se han asociado con la conducta suicida, según diferentes grupos de edad.

Aunque los índices de suicidios en la niñez son generalmente bajos, según indica la WFMH, un estudio realizado por el Instituto Australiano de Investigación y Prevención del Suicidio, en el que se abarcaba un total de 32 países, ha revelado el aumento de estos casos a nivel mundial en las últimas décadas.

 

A pesar de ese considerable incremento de trastornos del estado del ánimo y las conductas suicidas en niños, las investigaciones en esta materia son prácticamente inexistentes. Así las cosas, el suicidio es la décima causa más importante de muerte en niños menores de 14 años. Se calcula además que por cada niño que consigue consumar el acto suicida, existen 50 casos de intentos fallidos.

Entre los factores que aumentan el riesgo de suicidio infantil, aparte de la enfermedad mental y, sobre todo, la depresión, se incluye la historia psiquiátrica familiar, la pérdida de un ser querido antes de los 12 años, la violencia sufrida y el deterioro de las relaciones y lazos familiares. Los intentos de suicidio previo, la existencia de personas cercanas que lo hayan intentado, un historial de hospitalización psiquiátrica previa, aislamiento social o el abuso de drogas y alcohol, son otros de los factores de riesgo que pueden provocar un suicidio en un niño.

Con respecto a los adolescentes, la WFMH señala que gran parte de los suicidios en este grupo de edad parece estar relacionado con la presencia de algún trastorno psicopatológico. Al igual que ocurre para el caso de los adultos, se estima que hasta el 90% de los adolescentes que mueren por suicidio, padecen, al menos, una enfermedad mental.

Un dato importante al respecto es que las investigaciones han mostrado que un porcentaje elevado de los adolescentes contemplan, planifican y/o intentan suicidarse sin buscar o recibir ayuda alguna.

Algunas de las razones que están detrás de la negativa a pedir ayuda por parte de los adolescentes se encuentran en el miedo al estigma, la vergüenza o a consecuencias negativas, como puede ser un ingreso hospitalario involuntario; la falta de confianza en los profesionales y personas que se encargan del cuidado, como consecuencia de experiencias negativas anteriores; y la falta de conocimiento por parte de los jóvenes de recursos especializados de ayuda, con la consiguiente dificultad para acceder a ellos, en caso de necesitarlo.

Comportamientos violentos, arriesgados y autodestructivos; vivencias de experiencias emocionales intensas producidas por la pérdida de un ser querido, por problemas en torno a la orientación sexual; la existencia de expectativas excesivamente altas consigo mismo; estar bajo la custodia de agentes de protección; o la presencia de trastorno mental (incluida la depresión), pueden aumentar considerablemente el riesgo de cometer conductas suicidas.

Con respecto a los adultos, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), las personas menores de 45 años representan, en la actualidad, más de la mitad de los suicidios que ocurren en un año. En el año 2000, el suicidio se había convertido en una de las tres causas principales de muerte entre adultos y jóvenes. Tal y como se recoge en este documento, la depresión y los intentos de suicidio previo son factores de riesgo importantes en este sector de la población.

De manera diferenciada, las mujeres parecen mostrar mayor propensión al suicidio con respecto a los hombres, cuando atraviesan por problemas graves en sus relaciones con otras personas. Para las mujeres, el estrés familiar o la violencia cumplen un papel importante en la decisión de un intento de suicidio.

Para el caso de las mujeres, algunos de los factores de riesgo mas comúnmente reseñados por las investigaciones son los siguientes: un historial previo de depresión u otro trastorno de salud mental, el abuso de sustancias tóxicas, el padecimiento de abuso sexual o físico y la presencia de trastornos de estrés postraumático, un historial familiar de trastornos mentales y de suicidio, entornos familiares problemáticos y aislamiento social, entre otros. En este documento se recomienda que los profesionales de atención primaria tengan en cuenta estos factores para prevenir situaciones que puedan llevar a una mujer a cometer un suicidio.

Aunque hay datos que apuntan a que las mujeres son más propensas que los hombres a la depresión y a los intentos de suicidio, el número de muertes de varones suele ser mucho mayor. Por ejemplo, en el año 2003, el número de casos consumados de suicidio entre los varones fue cuatro veces mayor que el de casos femeninos. Una de las principales razones utilizadas para explicar esta diferencia es que los hombres, como pauta general, buscan menos ayuda ante el padecimiento de algún trastorno del estado del ánimo. Otra de los motivos argumentados es que los hombres suelen utilizar métodos altamente letales.

 

Con respecto a los ancianos, algunas investigaciones señalan que el suicidio en personas mayores se encuentra estrechamente relacionado con la depresión, el dolor físico o la enfermedad, con el aislamiento social y familiar, la desesperanza y la culpa. Otros estudios estiman que, a pesar de que entre un 10% y un 20% de las personas mayores pueden estar padeciendo una depresión, tan sólo una pequeña proporción es diagnosticada adecuadamente o incluso, no es evaluada. Según datos aportados por la OMS, la mayoría de las personas ancianas que se suicidaron no habían tenido contacto con los servicios psiquiátricos para personas mayores con el fin de atender sus estados emocionales.

Según el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos (DHSS), a parte de una mayor prevalencia de la depresión en ancianos con respecto a los jóvenes, el asilamiento social y el padecimiento de enfermedades físicas aparece entre los factores de riesgo más comunes para este sector de la población.

Los errores en el diagnóstico de la depresión en las personas mayores, también puede ser un factor de riesgo importante. En muchas ocasiones, la depresión se diagnostica erróneamente como deterioro cognitivo, a pesar de las evidencia de un posible trastorno del estado del ánimo. Estos datos apuntan a que la atención principal para la prevención del suicidio en personas mayores debe centrarse en las mejoras del reconocimiento, tratamiento y mejora de la depresión en este rango de edad.

Como se puede apreciar, la relación entre trastornos de salud mental y más concretamente, la depresión, con la conducta suicida es un asunto de suma importancia que debe ser atendido de forma inmediata. Es por este y otros motivos que este año la OMS ha querido sensibilizar en el Día Mundial de la Salud Mental con el lema Sensibilizar y reducir los riesgos de la enfermedad mental y el suicidio.

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