El comportamiento suicida está relacionado con numerosos factores complejos que interactúan entre sí. Comprender adecuadamente este problema exige reconocer que, en la mayoría de casos, los factores biológicos, psicológicos, sociales y culturales tienen un importante impacto en el riesgo de suicidio, de manera que identificar estos factores y comprender su función va a ser central para prevenir el suicidio.

Así como los problemas laborales o legales, el desempleo, la pérdida de seres queridos o las rupturas de relaciones, pueden, de manera general, aumentar el riesgo de suicidio en aquellas personas que presentan una cierta vulnerabilidad; otros como una alta autoestima, buenas relaciones sociales con familiares amigos, el apoyo social, o profesar alguna religión, parecen proteger a las personas contra este tipo de acciones.

 

La Federación Mundial de la Salud Mental (World Federation of Mental Health –WFMH-) apunta que la enfermedad mental sobresale como el principal factor de riesgo para el suicidio y cita que los expertos coinciden en que padecer una enfermedad mental grave aumenta notablemente las probabilidades de que una persona muera por suicidio. Indica, igualmente, que diferentes estudios con poblaciones occidentales señalan que más del 90% de las personas que se quitaron la vida sufrían una o más enfermedades mentales en el momento de su muerte.

Sin embargo, las tendencias suicidas y los trastornos mentales, tal y como aclara la WFMH, en línea con el informe sobre depresión (The Depression Report – A new deal for Depression and Anxiety Disrorders), presentado por el Grupo de Política de Salud Mental del Centro de Actuaciones Económicas de la Escuela de Economía de Londres (The Centre for Economic Performance’s Mental Health Policy Group, London School of Economics), se pueden prevenir y tratar. En este sentido apuntan que si bien es cierto que determinados fármacos pueden ayudar a afrontar algunos síntomas de los trastornos mentales, la administración de fármacos no es suficiente para tratar a personas con trastornos mentales o tendencias suicidas, y resaltan que la psicoterapia proporciona una relación de apoyo indispensable para reducir el riesgo de suicidio, siendo las terapias psicológicas cognitivo conductuales (TCC) particularmente eficaces para abordar este tipo de problemáticas.

Las personas que intentan suicidarse y lo logran, a pesar de haber recibir un tratamiento inadecuado o ningún tratamiento, generalmente han tenido algún contacto con algún agente médico poco tiempo antes de sus muertes o intentos de suicidio. Esto significa que existen oportunidades importantes para facilitar un servicio de atención adecuado y, quizás, prevenir muchos intentos de suicidios y muertes. Según la WFMH entre un 50 a 70% de aquellas personas que se suicidan han tenido contacto con algún agente médico en los días y meses previos a su muerte. Por tanto, sería muy interesante que los agentes implicados en la detección y abordaje de estos trastornos, así como el público general, conociesen las señales que pueden estar alertando sobre el riesgo de suicidio. Entre éstas, la WFMH señala, de manera general, las siguientes:

• Hablar acerca de suicidio (quitarse la vida)

• Hablar o pensar siempre en la muerte

• Hacer comentarios acerca de sentirse desesperanzado, desamparado o despreciable

• Decir cosas como "Sería mejor que no estuviera aquí" o "Quiero escapar"

• Depresión (tristeza profunda, pérdida de interés, problemas para dormir o comer) que empeora

• Cambio repentino e inesperado; pasar de estar muy triste a estar muy calmado o parecer estar feliz

• Tener un deseo "mortal", tentar al destino tomando riesgos que podrían llevar a la muerte.

• Perder interés en cosas que solían importarle

• Visitar o llamar a personas para despedirse

• Poner fin a ciertos asuntos, atar cabos sueltos, cambiar un testamento

• Preocuparse por buscar información sobre los medios y cómo suicidarse (por ejemplo en Internet), así como también buscar la forma de matarse

Cuando un individuo muestra algunas de estas conductas, es posible que necesite asesoramiento profesional. Sin embargo, existen algunos obstáculos importantes que dificultan o impiden que las personas reciban un tratamiento de salud mental eficaz. Según indica el informe de depresión al que se aludía con anterioridad, alrededor de dos tercios de las personas con trastornos mentales diagnosticables no reciben ningún tipo de tratamiento.

Las razones son múltiples, y van desde la vergüenza y el estigma social que conlleva, en muchos casos, padecer una enfermedad mental, hasta la dificultad o imposibilidad de acceso a los servicios de salud (y particularmente de salud mental) y las largas listas de espera.

Dado que el suicidio está muy ligado a las enfermedades mentales y al abuso de sustancias, y puesto que existen tratamientos eficaces para ambos trastornos, resulta difícil entender que las autoridades competentes no se comprometan y adopten las medidas necesarias en las estrategias nacionales de salud y en los planes específicos de intervención.

En un manifiesto presentado por el Consejo General de Colegios Oficiales de Psicólogos, el pasado mes de junio, se apuntaba precisamente la necesidad de incorporar profesionales de la Psicología al Sistema Nacional de Salud, tanto en el nivel de atención primaria como en el de atención especializada, con el fin de mejorar la atención a los pacientes, tanto desde el punto de vista preventivo, como terapéutico y/o rehabilitador.

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