Tal y como se ha venido informando en Infocop Online, recientemente ha comenzado el juicio a los presuntos responsables del atentado terrorista ocurrido en Madrid, coincidiendo con el tercer aniversario de la masacre. Esta publicación ha querido recoger algunas noticias y artículos relacionados con la intervención psicológica a las víctimas del brutal acto terrorista. En este sentido, hoy se publica el trabajo de Enrique Echeburúa, destacada figura en el ámbito de la Psicología Clínica y autor de sendos trabajos relacionados con el trabajo psicológico en el ámbito de la victimología.

Enrique Echeburúa

Universidad del País Vasco/ Euskal Herriko Unibertsitatea

Introducción

Víctima es todo ser humano que sufre un malestar emocional a causa del daño intencionado provocado por otro ser humano. Junto al elemento objetivo (el atentado terrorista), hay un componente subjetivo: las reacciones emocionales negativas (miedo intenso, depresión, rabia, sensación de inseguridad, problemas en las relaciones interpersonales, embotamiento afectivo, etcétera), que son muy variables de unas víctimas a otras.

 

Los sucesos traumáticos desbordan, con frecuencia, la capacidad de respuesta de una persona, que puede sentirse sobrepasada para hacer frente a las situaciones que se ve obligada a afrontrar. En estos casos, la persona es incapaz de adaptarse a la nueva situación y puede sentirse indefensa y perder la esperanza en el futuro, lo que le impide gobernar con éxito su propia vida.

Objetivamente, una víctima va a serlo para siempre. Pero por lo que se refiere al componente subjetivo, que es el que resulta más significativo psicológicamente, las víctimas deben dejar de ser víctimas lo antes posible, como el depresivo o el cardiópata deben dejar de serlo. La identidad de víctima a perpetuidad es contraproducente, porque prolonga el duelo de los afligidos y los lastra para comenzar un nuevo capítulo de su vida. De lo que se trata, en definitiva, es de que la víctima comience de nuevo a vivir y no meramente se resigne a sobrevivir.

¿Cuándo se requiere tratamiento?

Hay personas que han sufrido un atentado y que, sin embargo, no necesitan una ayuda psicológica o farmacológica. El equilibrio psicológico previo, el transcurso del tiempo, la atención prestada a los requerimientos de la vida cotidiana y el apoyo familiar y social contribuyen muchas veces a digerir el trauma. De este modo, estas personas, aun con sus altibajos emocionales y con sus recuerdos dolorosos, son capaces de trabajar, de relacionarse con otras personas, de disfrutar de la vida diaria y de implicarse en nuevos proyectos.

Por el contrario, otras personas se encuentran atrapadas por el suceso sufrido, no recuperan sus constantes biológicas en relación con el sueño y el apetito, viven atormentadas con un sufrimiento constante, tienen dificultades para controlar sus emociones y sus pensamientos, se aíslan socialmente y se muestran incapaces de hacer frente a las exigencias de la vida cotidiana, adoptando a veces, conductas contraproducentes (beber en exceso, comer más o menos de la cuenta, automedicarse, etcétera). Son estas personas las que, al sentirse desbordadas por el trauma, requieren una ayuda específica psicológica y, en algunos casos, también farmacológica.

Entre estas personas necesitadas de ayuda, se encuentran especialmente aquellas que cuentan con antecedentes psicopatológicos, que han sufrido secuelas graves tras un atentado terrorista, que se sienten solas, que tienen hijos pequeños a su cargo, que quedan en unas condiciones económicas precarias o que son inmigrantes en una situación irregular o inestable (Echeburúa y Corral, 2005).

 

a) Intervención en crisis inmediata

En los días posteriores al suceso traumático, las víctimas pueden beneficiarse de una intervención psicológica temprana -que puede ser proporcionada en las Oficinas de Atención a la Víctima-, en la que se preste atención a los siguientes aspectos: a) evaluación inicial del daño psicológico, de las variables facilitadoras del trauma (factores predisponentes, precipitantes y mantenedores), del grado de resistencia al estrés, de las estrategias de afrontamiento y, en definitiva, del grado de vulnerabilidad ante el suceso traumático; b) intervención en crisis que permita hacer frente a los síntomas más inmediatos y establecer unas medidas de higiene psicológica, basadas en la regularización de la comida y del sueño, en la recuperación de las rutinas de la vida cotidiana y en la expresión compartida de los sentimientos experimentados con amigos y familiares; y c) derivación a aquellas víctimas que muestren una mayor vulnerabilidad a padecer una cronificación de los síntomas del trastorno de estrés postraumático, o de otros cuadros clínicos, a programas terapéuticos más especializados, como los ofrecidos por los Centros de Salud Mental. De este modo, se puede prevenir, al menos en muchos casos, la aparición o cronificación de trastornos psicológicos.

b) Tratamiento psicológico posterior

Más allá de la asistencia inmediata, una víctima de un suceso traumático sólo debe buscar ayuda terapéutica cuando las reacciones psicológicas perturbadoras duran más de 4 a 6 semanas, cuando hay una interferencia negativa grave en el funcionamiento cotidiano (familia, trabajo o escuela) o cuando la persona se siente desbordada por sus pensamientos, sentimientos o conductas.

Otra indicación de la conveniencia de la terapia es la negativa de la víctima a hablar con nadie del trauma y la carencia de un apoyo social, bien porque sea ella misma la que se aísle (para evitar el sufrimiento que le produce hablar del suceso traumático, para no molestar a las demás personas con sus problemas, porque su estado anímico se encuentra bajo mínimos, etcétera), o bien porque las personas de su entorno la eviten. En estos casos, se corre el riesgo de un aislamiento emocional (relaciones íntimas) y social (red social de apoyo).

¿Cómo deber ser el tratamiento?

El tratamiento psicológico en el ámbito de las víctimas del terrorismo debe responder a una serie de características:

a) Ser inmediato

El tratamiento debe comenzar de forma lo más inmediata posible en los casos necesitados de terapia. Un tratamiento temprano impide la cronificación de los síntomas y permite a la víctima el restablecimiento de la vida cotidiana.

 

b) Tener una continuidad en el tiempo y estar ligado a una misma persona

Un tratamiento estructurado tiene que ser llevado a cabo por el mismo terapeuta y estar sujeto a una periodicidad determinada, por ejemplo, con un régimen de visitas semanal. No siempre hace falta que la terapia sea larga, pero sí continuada. Asimismo, el paciente necesita establecer una empatía emocional con el terapeuta, lo que requiere una continuidad en la relación.

Si hay un tratamiento combinado (psicológico y farmacológico), debe haber una coordinación entre los profesionales.

c) Contar con una limitación temporal

El tratamiento debe tener un punto de comienzo y un punto final, con arreglo a unos objetivos terapéuticos y tras la aplicación de unas técnicas terapéuticas derivadas de la psicología clínica basada en la evidencia.

Al margen de contar con la necesaria flexibilidad y de prestar atención a la variabilidad entre las personas, un tratamiento puede durar entre 3 y 6 meses, e incluso prolongarse a 1 año. Mantenerlo durante un tiempo superior puede resultar, excepto en casos especiales, contraproducente para el paciente, porque se tiende a perpetuarle como víctima y a crearle una dependencia emocional con el terapeuta (efectos iatrogénicos), lo que está en contradicción con los objetivos terapéuticos.

Objetivos del tratamiento

Los enfoques clínicos utilizados han oscilado entre un modelo más psiquiátrico, orientado genéricamente al tratamiento de los síntomas (depresión, ansiedad, alteraciones del sueño, etcétera), y un acercamiento más psicoterapéutico, enfocado específicamente al tratamiento del trauma, como la terapia sistémica y, más recientemente, la terapia cognitivo-conductual.

Un enfoque novedoso en el tratamiento del trauma es la terapia de exposición a los estímulos traumáticos. Tratar de eludir y enterrar en el olvido una realidad intolerable para mantener el equilibrio emocional y la cohesión social es una reacción protectora natural. Por ello, el silencio y la distracción, junto con el paso del tiempo y la reanudación de la vida cotidiana, constituyen, a veces, una estrategia útil. La víctima prefiere no pensar en la experiencia vivida y no hablar con otras personas de lo ocurrido para no revivir el sufrimiento ni cargar a los demás con su drama. Sin embargo, no siempre ocurre así. Por ello, si las víctimas presentan síntomas de reexperimentación (pesadillas reiteradas o pensamientos o imágenes recurrentes de las experiencias vividas) o conductas de ira más allá de los primeros meses después del suceso, la evitación constituye una estrategia contraindicada. En estos casos, el tiempo no lo ha curado todo por sí solo y el intento por olvidar los malos recuerdos ha resultado infructuoso. Si hay reexperimentación o irritabilidad manifiesta, se trata, en cierto modo, de un asunto no cerrado.

En estos casos, exponerse a las imágenes del atentado bajo el control del terapeuta (es decir, pensar y hablar sobre el suceso) ayuda a digerir emocionalmente el empacho emocional que una persona ha sufrido. Así, recordar y verbalizar lo ocurrido en un ambiente de apoyo, facilita la transformación de las imágenes caóticas y fragmentadas del trauma, mantenidas en la memoria emocional, en sucesos ordenados espacial y temporalmente bajo el control de la memoria verbal.

En cierto modo, se trata de poner nombre a lo que la víctima ha vivido y de guardar los recuerdos en el archivador correspondiente, para que la persona pueda ejercer un cierto control sobre ellos. Es en este proceso de transformación de las vivencias en recuerdos y en la reintegración de éstos, ya digeridos, en la biografía de la persona, cuando la víctima puede experimentar un alivio de los síntomas y una recuperación de la capacidad de control.

En resumen, hablar del trauma es bueno para las personas que necesitan hacerlo, siempre que no se haga de forma reiterada para que no distraiga de la atención necesaria a los hechos presentes y futuros, y no produzca rechazo en los demás. Pero para las que no lo necesitan, la disposición activa al olvido y la implicación en actividades gratificantes pueden ser suficiente: las nuevas vivencias tienden a debilitar a las antiguas.

 

La modalidad grupal puede ser también adecuada en el tratamiento de las víctimas de terrorismo. El apoyo individual es necesario, pero puede resultar insuficiente para hacer frente a los problemas interpersonales planteados. Los beneficios obtenidos con un enfoque grupal pueden ser los siguientes: a) superar la resistencia de las víctimas a hablar del atentado o la tendencia a hacerlo con una desconexión emocional entre lo ocurrido y lo sentido; b) explicar y comentar las consecuencias psicológicas de un hecho traumático, así como señalar la normalidad de las reacciones experimentadas ante un hecho anormal; c) romper el aislamiento en el plano familiar y social, que es consecuencia, a su vez, de la incapacidad para hablar emocionalmente del acontecimiento traumático; y d) ayudar a los demás miembros del grupo, lo cual contribuye a la recuperación de la autoestima. Por otra parte, la pertenencia al grupo puede contribuir a reducir el victimismo o la rabia por el sentimiento de abandono que aparecen con frecuencia en este tipo de víctimas.

Indicadores positivos y negativos de recuperación

a) Indicadores positivos

Una primera señal de recuperación básica es que la persona recobre las constantes biológicas en relación con el sueño y el apetito. Asimismo, un indicador positivo del proceso de mejoría de la víctima es cuando se recupera la expresión verbal de los sentimientos y se pone orden en el caos de las imágenes y recuerdos del suceso traumático. A veces, y más allá de las palabras, la reaparición de expresiones de afecto gestuales, como sonrisas; o físicas, como abrazos o besos, es una señal de recuperación.

En definitiva, un trauma se supera cuando la persona, aún con dolor, es capaz de integrar el suceso traumático como algo pasado que forma parte de su historia personal, sin la presencia excesiva de emociones negativas (como odio, rabia o impotencia), puede vivir con normalidad el día a día y utiliza unas estrategias de afrontamiento positivas.

b) Indicadores negativos

 

En general, el factor más problemático para la recuperación de la víctima es la inestabilidad emocional anterior al suceso. Además, cuando ocurre un atentado, el riesgo más alto de sufrir una cronificación de los síntomas es cuando la víctima muestra respuestas de embotamiento afectivo (anestesia emocional). Son asimismo indicadores negativos de recuperación del trauma el haber sido hospitalizado por heridas relacionadas con el suceso traumático, así como haber sido victimizado anteriormente y haber mostrado una mala capacidad de adaptación a diferentes situaciones en la vida anterior.

Pero, en general, la evolución de la recuperación depende de las estrategias de afrontamiento utilizadas para superar el trauma. En concreto, el pronóstico es más sombrío cuando la víctima, en lugar de encarar el problema adecuadamente, adopta estrategias de afrontamiento negativas (como beber alcohol en exceso, automedicarse con tranquilizantes o volcarse en el trabajo de una forma compulsiva), mantiene una baja laboral indefinida, se implica en una serie de reclamaciones judiciales sin fin, se refugia en el pasado o alienta sentimientos de venganza. Otras veces, la evolución negativa depende de la presencia de sentimientos intensos de odio o de venganza, de la aparición de circunstancias vitales adversas (divorcio, pérdida de empleo, etcétera) o de la persistencia de secuelas físicas que impiden retomar la vida anterior.

Conclusiones

Un reto de futuro es detectar a las personas realmente necesitadas de tratamiento, establecer programas eficaces protocolizados de intervención para víctimas de terrorismo e integrar los recursos terapéuticos existentes (Centros de Salud Mental, Asociaciones de Víctimas, asistencia privada, etcétera).

Un tratamiento psicológico requiere el establecimiento de una relación de empatía, de confianza básica, entre el paciente y el terapeuta. Por ello, hay que ser especialmente respetuoso con el sistema de creencias de la víctima, lo que supone una actitud de neutralidad por parte del terapeuta y una renuncia a utilizar a la víctima para otro tipo de objetivos.

Referencias bibliográficas básicas

 

Sobre el autor:

Enrique Echeburúa es Catedrático de Psicología Clínica de la Universidad del País Vasco y presidente de la Sociedad Vasca de Victimología. Es autor, del libro, publicado recientemente, Superar un trauma (Pirámide, 2004) y coautor, junto con Enrique Baca y Josep Tamarit, del Manual de Victimología (Tirant lo Blanch, 2006).

 

Artículos Relacionados
HERIDAS AÚN ABIERTAS, TRES AÑOS DESPUÉS: LAS SECUELAS PSICOLÓGICAS DEL 11-M
EL COP MADRID OFRECE ACOMPAÑAMIENTO PSICOLÓGICO A LAS VÍCTIMAS DEL 11-M DURANTE EL PROCESO JUDICIAL
A TRES AÑOS DEL BRUTAL ATENTADO: LAS SECUELAS PSICOLÓGICAS DEL 11-M
ESPECIAL 11M: ENTREVISTA A LUCÍA SUTIL, PSICÓLOGA DE LA ASOCIACIÓN 11M - AFECTADOS DE TERRORISMO
ALTO COMISIONADO DE APOYO A LAS VÍCTIMAS DE TERRORISMO: “ESTUDIAMOS QUE SE CREE UN CUERPO DE PSICÓLOGOS ESPECIALIZADO EN VÍCTIMAS DEL TERRORISMO”
LA EMISIÓN DE IMÁGENES DEL 11-M PROVOCA NUEVAS CRISIS A LAS VÍCTIMAS
A TRES AÑOS DEL 11-M – ENTREVISTA CON LA PSICÓLOGA DE LA ASOCIACIÓN DE AYUDA A LAS VÍCTIMAS DEL 11-M