Cada 16 segundos nace muerto un bebé. Esto supone cerca de 2 millones de muertes fetales cada año. Esta pérdida va mucho más allá de la pérdida de vidas: los costes psicológicos, como la depresión materna, son profundos, sin mencionar los costes económicos tanto para las familias como para la sociedad a largo plazo. Sin embargo, aunque el impacto en las familias, y más especialmente en las mujeres, es severo y duradero, el estigma y el tabú llevan a ocultar el sufrimiento ocasionado por la pérdida de un bebé, incluso en países de altos ingresos.

Así lo advierte el informe A Neglected Tragedy: The Global Burden of Stillbirths (Una tragedia desatendida: la carga global de la mortalidad fetal), un documento publicado por el Grupo Interinstitucional de las Naciones Unidas para la estimación de la mortalidad infantil (grupo constituido por la Organización Mundial de la Salud, UNICEF, el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), el Grupo Banco Mundial y la División de Población de las Naciones Unidas), a través del cual se pretende solventar la escasez de datos a nivel mundial en torno a esta trágica pérdida de vidas, mejorando así la atención sobre este grave problema e impulsando su reconocimiento público y políticas en torno al mismo.

Autor: freestocks.org Fuente: pexels Fecha de descarga: 09/10/2020

De acuerdo con los autores del informe, la falta de datos sobre muertes fetales conlleva que este tema continúe siendo olvidado e invisibilizado en las políticas, a pesar de constituir un problema de salud pública creciente y “cada vez más crítico”.

A este respecto, según los datos disponibles, en el año 2000, la relación entre el número de muertes fetales y perinatales y el número de muertes de menores de cinco años fue de 0,30 millones; en 2019, habría aumentado a 0,38. En la región del África subsahariana esta cifra se está incrementando, pasando de 0,77 millones en 2000 a 0,82 en 2019. Si bien la inmensa mayoría de las muertes fetales -un 84%-, se producen en los países de ingresos medios y bajos, en algunos países de ingresos altos, se registran más muertes perinatales que infantiles, incluso superando el número de estas últimas.

Tal y como alerta el informe, en las últimas dos décadas el mundo ha sufrido un total de 48 millones de muertes fetales y, si continúan las tendencias actuales, se producirán otros 20 millones de muertes antes de 2030, lo que ejercerá una presión inmensa e injusta sobre las mujeres, las familias y la sociedad en general.

Las tasas de mortalidad fetal no se registran de manera uniforme entre países: las tasas en todo el mundo oscilaron entre 1,4 y 32,2 muertes fetales por cada 1.000 nacimientos totales en 2019. Esta diferencia no sólo se observa entre países y regiones, sino también dentro de los propios países.

Según recoge el informe, hay una serie de factores que estarían influyendo en el incremento y variación de estas tasas, tales como, la ausencia o mala calidad de la atención durante el embarazo y el parto, la falta de inversión en intervenciones preventivas y personal sanitario, un reconocimiento social inadecuado de la muerte fetal como una carga para las familias, importantes lagunas de datos y problemas para analizarlos, ausencia de liderazgo mundial y nacional, y metas globales no establecidas, como los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

Otros factores expuestos en el documento son el nivel educativo de la madre (que constituye uno de los principales vectores de la desigualdad en los países de altos ingresos), la zona donde se vive (en los entornos tanto de bajos como de altos ingresos, las tasas de mortalidad fetal son más elevadas en las zonas rurales que en las zonas urbanas) y el nivel socioeconómico (asociado con una mayor incidencia de las muertes fetales).

Asimismo, lo que hace que estas muertes sean aún más trágicas es que, en la mayoría de casos, podrían haberse evitado con un control y una atención de calidad antes del parto y al nacer.

Por ello, la comunidad sanitaria reconoce la urgente necesidad de prevenir la muerte fetal, siendo fundamental en las iniciativas y objetivos mundiales de supervivencia infantil.

En este sentido, la Estrategia mundial de las Naciones Unidas para la salud de las mujeres, los niños y los adolescentes (2016-2030) incluye la muerte fetal intrauterina en su objetivo, “Poner fin a las muertes prevenibles de la madre, el recién nacido, el niño y la adolescente y la muerte fetal intrauterina”, e insta a que se dé prioridad a la muerte fetal intrauterina.

El informe insta a las organizaciones internacionales y a los Gobiernos a actuar con premura para evitar las muertes fetales y reducir las tasas de mortalidad fetal así como las discrepancias de tasas en los países de ingresos bajos, medianos y altos, estableciendo para ello las siguientes recomendaciones: garantizar que todas las mujeres reciban apoyo durante el embarazo y el parto por parte de proveedores de atención médica capacitados; apoyar los vínculos con la comunidad para empoderar a las mujeres y las familias a exigir servicios de salud de calidad y fortalecer los sistemas sanitarios para ofrecer atención de alta calidad; brindar la atención prenatal necesaria a las poblaciones con poco o ningún acceso, impulsando la cobertura sanitaria universal; aumentar la conciencia de la comunidad sobre los factores de riesgo modificables; reducir el estigma, el tabú y los conceptos erróneos; apoyar a mujeres y familias en duelo; mejorar el acceso a servicios integrales de planificación familiar; promover la salud de los y las adolescentes; prevenir y controlar enfermedades infecciosas, obesidad, diabetes e hipertensión; garantizar vías de derivación y eliminar barreras a la atención especializada.

De forma específica, el duelo que resulta de una muerte fetal se ha descrito como complejo y único, en parte debido a la falta de aceptación o legitimación del proceso de duelo por parte de la sociedad. Las mujeres y sus parejas que experimentan muerte fetal tienen tasas más altas de depresión, ansiedad y otros síntomas psicológicos que pueden ser duraderos.

Para muchas mujeres, la pérdida de un hijo y la atención que reciben afectará su enfoque de la vida y la muerte, en su autoestima e incluso en su propia identidad. Pueden sentirse menos valoradas como miembros de la sociedad y estigmatizadas. Muchas de ellas, pueden llegar a evitar realizar actividades sociales o interaccionar con otras personas, aislándose socialmente y agravando aún más los síntomas depresivos a corto y largo plazo.

Según advierten los autores, estos efectos psicológicos negativos pueden continuar en embarazos posteriores, incluso después del nacimiento de un niño sano, por lo que es clave contar con políticas de atención individualizada en caso de embarazos posteriores.

Los estudios evidencian que los servicios profesionales, el apoyo a la familia y las redes sociales locales que permiten a los padres compartir sus experiencias, pueden reducir las tasas de depresión y mejorar la salud mental. En países de ingresos bajos y medianos, algunos informes muestran que los principales mecanismos de apoyo eran familias y comunidades religiosas locales, en lugar de profesionales de la salud y la sociedad en general, a diferencia de los países de ingresos altos. En todos los entornos, la creación de redes y las intervenciones de apoyo que promueven la pertenencia son mecanismos importantes para mejorar el bienestar de las mujeres después de una muerte fetal.

Es trascendental desarrollar un paquete de atención para el duelo que pueda adaptarse a diferentes entornos culturales, ofrecer capacitación para el duelo como parte esencial de la formación en obstetricia y partería, y preparar a los trabajadores de la salud para brindar atención respetuosa al duelo y derivar a servicios de salud mental apropiados en caso necesario.

En el contexto actual de pandemia por la COVID-19, se está privando a muchos padres de un sentido de control sobre su cuidado y experiencias en torno al nacimiento de un bebé. Esto es aún más pronunciado para aquellos y aquellas cuyo hijo ha nacido muerto: ya hay evidencia de cómo esta situación está afectando a las mujeres -y a sus parejas- que han sufrido una muerte fetal, debido en su mayor parte al aislamiento forzado de las madres que dan a luz en las instalaciones y a la atención al duelo reducida e incluso ausente después de esta trágica pérdida. En este punto, los autores del informe subrayan las graves y duraderas consecuencias para la salud mental resultantes de esta situación.

Se puede acceder directamente al informe a través del siguiente enlace:

A Neglected Tragedy. The global burden of stillbirths 

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