Jaume Masip y Nuria Sánchez

Universidad de Salamanca

Vamos a pedirle que, antes de adentrarse en la lectura de este artículo, haga un pequeño ejercicio. Concéntrese por un momento. Piense: ¿cómo cree usted que se pueden detectar las mentiras? (Pregunta 1). Anótelo si lo desea. Cuando haya terminado, prosiga con la lectura.

Bien, ahora le pedimos que haga otra pequeña tarea (la última, ¡se lo prometemos!). Piense en una mentira que haya detectado en el pasado. Piense en las circunstancias, intente recordar los detalles. Tómese su tiempo. ¿Cómo descubrió que la otra persona le había mentido? (Pregunta 2). Anótelo si lo desea.

Autor: Zichuan Han Fuente: 
pexels Fecha descarga: 12/11/2020

Si es usted como la mayoría de personas, habrá pensado en muchas claves conductuales en respuesta a la Pregunta 1 (sobre sus creencias). Éstas incluyen el comportamiento visible (gestos y movimientos), verbal (palabras con las que se expresa el mensaje), paralingüístico (tono de la voz, velocidad del habla…) y fisiológico (rubor, temblor, sudoración…) mostrado por la persona en el momento de mentir.

Sin embargo, probablemente, su respuesta a la Pregunta 2 contiene menos claves conductuales y más indicios contextuales. Estos no hacen referencia al comportamiento del mentiroso en el momento del engaño, sino a información sobre el contexto o la situación que contradice el contenido del mensaje. Por ejemplo, lo que cuenta el mentiroso discrepa de nuestro conocimiento de los hechos. O, al cabo de un tiempo, descubrimos pruebas de que el mensaje era falso. O una tercera persona nos da una información que contradice el mensaje. O el propio mentiroso confiesa su engaño.

Los estudios de laboratorio sobre detección de mentiras se han centrado sobre todo en claves conductuales del engaño. Sin embargo, en un trabajo ya clásico, Park et al. (2002) demostraron que, fuera del laboratorio, las mentiras no suelen detectarse a partir de tales claves, sino a partir de indicios contextuales. De hecho, la investigación muestra que mentir no se asocia con reacciones conductuales específicas (Luke, 2019) y que, fuera del laboratorio, el detector tiene acceso a indicios más fiables del engaño.

Sin embargo, ante la pregunta “¿cómo cree usted que se pueden detectar las mentiras?”, las personas de todo el mundo mencionan sobre todo claves conductuales (Global Deception Research Team, 2006). Un trabajo de Masip y Herrero (2015) mostró que las mismas personas que, al recordar una mentira detectada en el pasado, aludieron principalmente a indicios contextuales, mencionaron no obstante claves conductuales cuando se les preguntó cómo creían que se pueden detectar mentiras. Es decir, la creencia de que la mentira se desvela en la conducta es tan fuerte que resulta inmune a la propia experiencia personal.

Las dos preguntas del principio de este artículo están tomadas casi literalmente del trabajo de Masip y Herrero (2015). ¿Coinciden sus respuestas con sus resultados?

¿Por qué es tan fuerte la creencia de que la mentira se refleja en la conducta? Posiblemente, porque nos la han inculcado desde la infancia. Todas las sociedades del mundo rechazan la mentira y educan a sus descendientes para que sean sinceros. Transmitimos a nuestros hijos la idea de que, si mienten para ocultar alguna mala acción, es inútil que lo nieguen, pues su conducta (nerviosismo, titubeos, rubor…) les delatará. De este modo, pretendemos que se conviertan en adultos sinceros (Global Deception Research Team, 2006). Sin embargo, también les inducimos la creencia de que la mentira se puede detectar a partir del comportamiento.

El estudio de Masip y Herrero (2015) se hizo con personas de mediana edad, en su mayoría varones. Convenía replicarlo con muestras distintas. Además, la Pregunta 1 (creencias) era general, mientras que la Pregunta 2 (indicios reveladores de engaño) era específica, pues inquiría sobre una mentira concreta. En un trabajo publicado recientemente en Psicothema, abordamos estas dos cuestiones. Participaron 70 jóvenes, en su mayoría mujeres, que contestaron a la Pregunta 1 y a una de tres variantes de la Pregunta 2. Una de estas variantes se refería a una mentira concreta, la otra a diversas situacionesen las que los participantes hubieran detectado una mentira y, mediante la tercera, se pedía a los participantes que indicaran cómo, en general, descubren las mentiras en su vida cotidiana.

Globalmente, los resultados coinciden con los de Masip y Herrero (2015). Primero, en respuesta a la Pregunta 1 (creencias), se mencionaron más indicadores conductuales que contextuales. Segundo, al responder a la Pregunta 2 (indicios reveladores), se mencionaron menos claves conductuales y más indicios contextuales que al responder a la Pregunta 1. Un hallazgo importante es que este patrón de resultados sucedió con independencia de la versión de la Pregunta 2 empleada.

Un hallazgo inesperado fue que, incluso en respuesta a la Pregunta 2 (indicios reveladores), se mencionaron más indicadores conductuales que contextuales. La razón parece ser que los participantes incluyeron no solo indicios que les habían permitido detectar la mentira, sino también otros que meramente habían despertado una sospecha inicial. Las claves conductuales son más frecuentes entre los indicios de sospecha que entre los que realmente desvelan el engaño (Masip y Sánchez, 2019). La mayoría de participantes eran estudiantes de criminología entusiasmados por cuestiones criminológicas, lo cual pudo inflar la cantidad de indicadores aportados (que, de hecho, fue superior a la de estudios previos), de modo que incluyeran indicios de mera sospecha.

¿Incluye su respuesta a la segunda pregunta indicios solo de sospecha? ¿Son estos conductuales o contextuales?

Esta línea de investigación plantea algunos interrogantes. Por ejemplo, en los estudios mencionados se preguntó a los participantes cómo habían descubierto una mentira, pero no todo lo que habían hecho para descubrirla. ¿Intenta la gente descubrir la mentira a partir de claves conductuales, pero resulta vana esta estrategia? Nuestra investigación actual intenta responder a ésta y otras preguntas.

Financiación

Este trabajo forma parte de un proyecto de investigación financiado por la Consejería de Educación de la Junta de Castilla y León (SA041G19).

El artículo completo puede encontrarse en Psicothema:

Sánchez, N., & Masip Pallejá, J. (2020). Do people detect deception the way they think they do? Replication and extensionsPsicothema32(3), 329-336. 

Referencias:

Global Deception Research Team (2006). A world of lies. Journal of Cross-Cultural Psychology, 37, 60-74.

Luke, T. J. (2019). Lessons from Pinocchio: Cues to deception may be highly exaggerated. Perspectives on Psychological Science, 14, 646-671.

Masip, J. y Herrero, C. (2015). Police detection of deception: Beliefs about behavioral cues to deception are strong even though contextual evidence is more useful. Journal of Communication, 65, 125-145.

Masip, J. y Sánchez, N. (2019). How people really suspect lies: A re‑examination of Novotny et al.’s (2018) data. Journal of Nonverbal Behavior, 43, 481-492.

Park, H. S., Levine, T. R., McCornack, S. A., Morrison, K. y Ferrara, M. (2002). How people really detect lies. Communication Monographs, 69, 144-157.

 Jaume Masip es Profesor Titular de Universidad en el Departamento de Psicología Social y Antropología de la Universidad de Salamanca. Actualmente dirige el Grupo de Investigación Reconocido “Psicología Jurídica” de dicha universidad. Su área principal de investigación es la detección del engaño.

Nuria Sánchez es Graduada en Psicología por la Universidad de Salamanca y Máster en Psicología del Trabajo y las Organizaciones, Psicología Jurídico-Forense e Intervención Social por la Universidad de Santiago de Compostela. Ha trabajado como técnica de investigación en las universidades de Salamanca, Jaén y Granada. Actualmente es alumna del Doctorado en Psicología de la Universidad de Salamanca y tutora de trabajos de fin de grado en la Universidad Pontificia de Comillas.

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