“Teniendo en cuenta que la valoración clínica va más allá que lo biológico, sin proximidad, la posibilidad de una buena valoración global del paciente, que incluya lo emocional y social, se ve muy afectada. Aumenta el riesgo de centrarse en lo biomédico, empeorando la calidad de la atención; ello se agrava cuando el profesional no conoce a la persona con quien se entrevista telefónicamente. Y aumenta la dificultad para detectar consultas de alta carga emocional o consultas sagradas; el profesional que no las intuya no será capaz de realizar el necesario acompañamiento que conllevan.”

Así lo advierte el Comité de ética asistencial de Atención Primaria de Bizkaia (CEAAPB) en su informe sobre el rol de la telemedicina en la Atención Primaria de la Salud, un documento a través del cual analiza bajo una perspectiva ética y práctica los pros y los contras de esta nueva vía de relación asistencial, que ha cobrado un papel fundamental entre los cambios organizativos implementados en la asistencia sanitaria tras la irrupción de la COVID-19, sustituyendo en gran medida a la consulta tradicional “cara a cara” o presencial en la práctica asistencial.

 

Autor: Anna Shvets Fuente: pexels Fecha descarga: 14/01/2021

De acuerdo con los datos, una de cada tres personas ha utilizado la telemedicina durante la pandemia, principalmente, para consultas con el médico de cabecera (73%) y solicitar información (15%). Con respecto a las especialidades, la asistencia psicológica ha sido una de las más demandadas desde el inicio de esta situación, por detrás de dermatología, pediatría, digestivo y ginecología.

Tal y como señala la CEAAPB en su documento, el cambio de la consulta presencial a una telemática o virtual está “afectando profundamente la forma en que se relacionan los pacientes con los y las profesionales sanitarios y sociales”, dificultando que se establezca un contacto “suficientemente humano” entre ambos.

De acuerdo con el informe, a pesar de que la telemedicina resulta una alternativa segura (y eficiente) en determinados aspectos de la asistencia sanitaria -tales como el poder cribar la demanda de consultas, priorizar los casos que así lo requieren, gestionar la agenda de forma más eficaz para garantizar una mejor atención (distribuyéndola adecuadamente por franjas horarias y tiempos)-, la CEAAPB advierte de que “no resulta tan segura para la inmensa mayoría del trabajo no presencial que los sanitarios están asumiendo en estos momentos, pudiendo generar algunos riesgos”, como:

  • La no presencialidad afectaría a valores y atributos de la atención primaria que resultan fundamentales y necesarios para promover un marco adecuado de relación asistencial, como la longitudinalidad, la cercanía, la comunicación, la confianza o la empatía, derivando en peores resultados en salud.

  • Dificultades para realizar una valoración clínica. En este punto, el informe pone de relieve el desgaste psicológico y distrés moral sufrido por numerosos profesionales ante el gran volumen de llamadas telefónicas y la impotencia sentida al no poder realizar una buena valoración clínica.

  • Dificultad para la valoración holística (visión biopsicosocial). Según la CEAAPB considerando que “la valoración clínica va más allá que lo biológico”, la posibilidad de realizar una buena valoración global del paciente, que incluya lo emocional y social, se ve muy afectada si no hay proximidad. A este respecto, alerta de un incremento del riesgo de centrarse en lo biomédico, con el consecuente empeoramiento en la calidad de la atención. Esta situación se agrava “cuando el profesional no conoce a la persona con quien se entrevista telefónicamente”, elevándose la dificultad para detectar consultas de alta carga emocional.

  • Con las llamadas telefónicas existe un mayor riesgo de “autoridad profesional” (al ser más fácil cortar la narración del paciente), así como de desacreditar el discurso del paciente, pudiendo cometer la llamada “injusticia epistémica” (producida cuando se anula la capacidad de la persona para transmitir conocimiento y dar sentido a sus experiencias, reduciéndose la capacidad del sanitario para comprender la experiencia social del malestar de sus pacientes).

  • Menor compromiso profesional de realizar la mejor atención sanitaria, al acostumbrarse el o la profesional de la salud a la comodidad de la no presencialidad, lo que puede derivar “en una menor implicación con el paciente ‘que no se ha explorado’ y una menor asunción de responsabilidad clínica”.

  • Dado lo expuesto en los puntos anteriores, y ante la dificultad del o de la profesional de valorar el motivo de consulta, puede llevarle a tomar decisiones poco prudentes que comprometan la seguridad clínica del o de la paciente, siendo más fácil caer en el ‘sesgo covid’, “ninguneando otros motivos de consulta y/o no viendo lo que realmente ocurre” y en la medicalización, “ofertando prescripciones o pruebas complementarias innecesarias, como sustitutivo de la provisión de una buena atención”.

  • Si bien algunos profesionales pueden no ver las limitaciones que conlleva la atención telefónica y el modo en que ello pueda afectar a la seguridad del paciente, la inmensa mayoría “siente que no llega, que no puede ofertar unos buenos cuidados o una atención segura (en línea con la medicina basada en pruebas y con las buenas prácticas), que le resulta imposible garantizar una buena asistencia, que no puede “ver” al paciente de un modo global ni es capaz de tomar decisiones prudentes ni incorporar al paciente en las mismas”, etc.  Todo ello, junto con “la incertidumbre ante una nueva enfermedad, al agotamiento físico y moral, y a los problemas de una gestión confusa, genera en el profesional sentimientos de impotencia y, en muchos casos, supone sufrimiento y frustración”.

A juicio de la CEAAPB, más allá de las ventajas que ofrece en una situación extraordinaria, como la que estamos viviendo, no se justifica un uso sustitutivo y mantenido de la relación asistencial no presencial. En este sentido, plantea diversas recomendaciones, entre ellas, las siguientes:

  • Entender la teleconsulta como una posibilidad complementaria, no sustitutiva de la medicina cara a cara.

  • Recuperar la atención presencial que garantice de nuevo una asistencia adecuada a los “olvidados en esta pandemia, a los más vulnerables” (pacientes con pluripatología crónica, personas dependientes, con discapacidades...), garantizando a su vez, unos mínimos de protección para evitar aglomeraciones en las salas de espera.

  • Valorar las repercusiones de la no atención o escasa atención sobre la salud a las personas con patologías agudas y crónicas “no covid”.

  • Prevenir el “acostumbramiento” de los profesionales a la modalidad de consulta no presencial, “que puede implicar un menor compromiso profesional”.

  • No utilizar la modalidad de consulta no presencial para rentabilizar la jornada laboral ante escasez de profesionales, poniendo en riesgo la relación médico-paciente y la calidad de la asistencia.

  • Promover un análisis riguroso sobre la repercusión de la telemedicina en la atención sanitaria (su utilidad y fundamento en el trabajo sanitario y social) y sobre los retos éticos que comporta (incluyendo aquí la opinión de la ciudadanía).

  • Valorar el modo de aprovechar las bondades de lo telemático para transformar la atención sanitaria.

Se puede acceder al informe completo a través del siguiente enlace:

LA TELEMEDICINA CARA A CARA Las consultas no presenciales durante la pandemia Covid-19, cuestiones éticas

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