Durante el primer pico de la pandemia, los pacientes con un trastorno mental grave han reducido su acceso a los servicios de salud mental y el contacto directo con los profesionales. El manejo psiquiátrico ha consistido en salvaguardar su salud física y mental a través de la telepsiquiatría, apoyo psicológico y social a distancia y monitorización de síntomas del coronavirus. La mayoría de los servicios de salud mental no estaban preparados para desarrollar servicios especializados a distancia ni para pacientes en confinamiento comunitario. Como resultado las necesidades de los pacientes psiquiátricos más graves han podido infravalorarse o sustituirse por meros “acompañamientos” durante la pandemia.

Con esta advertencia se presenta un estudio realizado en los servicios y centros de rehabilitación psicosocial de personas con trastorno mental de Grupo 5, a través del cual se analizan las necesidades de atención social y sanitaria de estas personas durante el pico de la primera ola de la pandemia, así como el grado en el que fueron cubiertas, y se ofrece una guía de planificación de recursos, programas e intervenciones dirigidas a cubrir estas necesidades.

Foto: Edward Jenner Fuente: pexels Fecha descarga: 25/01/2021

El estudio recoge las siguientes conclusiones:

  • En relación con los servicios sanitarios de salud mental, se detecta una reducción de la calidad en el seguimiento psiquiátrico desde estos servicios: la mitad de las personas usuarias han percibido una mala o difícil accesibilidad a los mismos y un número importante no ha tenido ningún tipo de seguimiento psiquiátrico durante ese tiempo. Asimismo, se registra un predominio de una respuesta farmacológica: el 20% ha requerido aumentar la medicación para afrontar los problemas emocionales y las descompensaciones, lo que implica, según sus autores, “más efectos somáticos colaterales secundarios, más gasto sanitario y el uso de una estrategia poco eficaz para solucionar estos problemas a largo plazo”.

  • La pandemia está suponiendo un reto que requiere adaptar los modelos de intervención tradicionales de Psicología, Terapia Ocupacional, Trabajo Social, Psiquiatría, y la continuidad de cuidados de los pacientes más graves.

  • Con respecto a la intervención psicológica y social, se observa una deriva o renuncia a los programas propios de la rehabilitación psicológica y social, tales como el entrenamiento en habilidades, psicoeducación y acompañamiento a la comunidad, lo que pone de relieve la mayor necesidad de programas de apoyo psicológico y social para esta población.

  • Si bien el teletrabajo ha sido bien valorado, no ha sido una estrategia suficiente para sustituir a este tipo de intervención que es la propia de los servicios y centros de atención psicológica y social a personas con trastorno mental grave.

  • De acuerdo con los autores, la teleasistencia es válida para acompañar y detectar pacientes en riesgo, pero mucho menos válida para intervenir en la capacitación o reducción de las discapacidades.

    No se ha garantizado una atención adecuada a los cuidadores y familias, a través de programas educativos presenciales u online orientados a aumentar la comprensión de sus familiares y sus problemas emocionales, ni se ha puesto el foco de la manera que merecía en la identificación del aumento del riego de suicidio.

  • El documento insiste en la trascendencia de reforzar los sistemas de seguimiento profesional y acompañamiento para personas que viven solas, que supone un porcentaje importante de las personas usuarias de salud mental.

  • La intervención con familias ha sido la peor valorada por su escasez o ineficacia percibida en mejorar la comprensión hacia las personas usuarias con las que convive el cuidador principal.

  • Las necesidades con mayor incidencia han sido los síntomas negativos en forma de lentitud o inactividad, la ansiedad y los problemas en la estructuración del sueño. Se evidencian unos altos índices de problemas no cubiertos de ansiedad y depresión, lo que, en palabras de los autores, sugiere “ausencia de programas de gestión y autocontrol emocional”. Concuerda con los datos de sobremedicación como principal respuesta para evitar descompensaciones, tanto en personas usuarias de servicios residenciales como ambulatorios.

  • El informe destaca la presencia de mayores necesidades en el área de habilidades y destrezas psicológicas y sociales, seguida de los síntomas y comportamientos clínicos y los apoyos sociales y familiares. Subraya la imposibilidad de brindar apoyos sociales y familiares en un número importante de personas usuarias de residencias. Las prestaciones y programas más necesarios son los relacionados con el ocio, programas de rehabilitación psicológica y social, entrenamiento en actividades en la vida diaria e intervención con familias. En el estudio se observan diferencias de necesidades en cuanto al género, algo que, a juicio de sus autores, “es necesario tener en cuenta en el diseño de los programas de intervención”.

El documento finaliza con una serie de retos en el ámbito de la atención a personas con trastorno grave de salud mental y oportunidades de cambio. Entre ellos, la necesidad de incrementar las intervenciones psicoterapéuticas, recordando que el tratamiento farmacológico no debe ser un sustituto del psicoterapéutico dado que “aumenta los problemas físicos y no resuelve los problemas emocionales, la importancia de establecer mecanismos de seguimiento de la sintomatología más graves (psicótica negativa) para los grupos más vulnerables, así como la urgencia de identificar personas en riesgo de suicidio y desarrollar la intervención breve de Planes de Seguridad (SP) que permitan abordar el riesgo de manera rápida.

Se puede acceder al documento a través del siguiente enlace:

Estudio de necesidades post COVID-19 en personas con trastorno mental 

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