Juan Fernández (1), María Ángeles Quiroga (1), Isabel Del Olmo (1), Antonio Rodríguez (2)

(1) Universidad Complutense de Madrid y (2) Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid

Tras más de un cuarto de siglo de investigaciones con las denominadas en su momento nuevas escalas de masculinidad y feminidad, se ha realizado en este trabajo una evaluación de su fundamentación teórica y de su adecuación empírica.

Estas escalas surgieron en la década de los años 70 del siglo XX para dar solución a algunos de los graves problemas de la mayoría de los instrumentos de evaluación de la dimensión masculinidad/feminidad, tales como la falta de consistencia interna y de validez de constructo, entre otros. Buena parte de estos instrumentos habían sido elaborados al final de la primera mitad de la pasada centuria y, por desgracia, algunos psicólogos aún siguen utilizándolos, sobre todo en ciertos ámbitos clínicos como, por ejemplo, la escala correspondiente del MMPI.

 

Con las nuevas escalas se pretendía valorar una doble dimensión independiente: la masculinidad y la feminidad, definidas operativamente como instrumentalidad (persona autosuficiente, independiente, analítica, dominante) y expresividad (comprensiva, sensible a las necesidades de los otros, simpática, complaciente), respectivamente.

Estos instrumentos comparten las siguientes características básicas:

a) Parten de un modelo dualístico: el de la instrumentalidad y la expresividad, forjado en las décadas de los 50 y 60 del siglo XX.

b) Ambas escalas son consideradas independientes entre sí.

c) Esta independencia posibilita una cuádruple tipología: sujetos andróginos (los cuales puntúan por encima de la mediana o la media, según los diversos autores, en ambas escalas), masculinos (puntúan por encima del referido punto de corte en la escala de masculinidad y por debajo en la de feminidad), femeninos (lo contrario del caso de los masculinos), e indiferenciados (puntúan por debajo en ambas escalas). Es importante matizar aquí que esta tipología no se relaciona con el dimorfismo sexual, es decir, que tanto varones como mujeres pueden pertenecer a cualquiera de estas cuatro categorías con independencia de su asignación biológica con respecto al sexo.

d) Con estas escalas se pasa de la "biología" del sexo a la realidad social del género, por lo que el criterio ahora en la selección de los elementos no es la diferenciación/discriminación entre los sexos (dimorfismo sexual aparente), sino la deseabilidad social tipificada sexualmente (Bem, 1974; Spence y Buckner, 2000).

¿Qué es lo que se puede afirmar después de más de 30 años de investigación, fundamentalmente empírica (Spence, 1999), sobre estos instrumentos elaborados para valorar la masculinidad y la feminidad o la instrumentalidad y la expresividad?

Nuestras hipótesis a poner a prueba en este trabajo fueron las siguientes:

a) Que estos instrumentos son multifactoriales más que bifactoriales, tal como buena parte de la investigación de las últimas décadas ha ido poniendo de manifiesto.

b) Que muestran una insatisfactoria proporción de varianza explicada (menos del 50%), al menos en culturas que no son la estadounidense, origen de la mayoría de estas escalas, como puede ser en nuestro caso la española.

 

c) Que presentan inconsistencia entre los factores, cuando éstos son analizados a la luz del modelo dualístico original (bidimensionalidad independiente).

Con el fin de contrastar estas hipótesis, se llevaron a cabo tres estudios diferentes, aunque complementarios: 618 estudiantes universitarios participaron en el primero, 200 en el segundo y 287 en el tercero. Los instrumentos utilizados fueron los dos más conocidos y empleados internacionalmente: el Bem Sex Role Inventory (Bem, 1974) y el Personal Attributes Questionnaire (Spence, Helmreich y Stapp, 1975).

Tras los correspondientes análisis factoriales con estos dos instrumentos, los resultados pusieron de manifiesto que en ambos casos, debido a su multifactorialidad, sería pertinente hablar de múltiples dimensiones de la masculinidad y de la feminidad, más que de la bidimensionalidad propuesta originariamente. Además, en los tres estudios se mostró la escasa proporción de varianza explicada por los ítems de estas escalas (no llegó en ningún caso al 50%) y la relativa inconsistencia entre los factores.

 

A la luz de estos datos, cabe afirmar que tal vez la situación de las escalas de masculinidad/instrumentalidad y feminidad/expresividad, a comienzos del siglo XXI, sea bastante semejante a lo que les ocurría a las escalas más clásicas a mediados de la década de los años 70 del pasado siglo; tal cual certeramente puso de manifiesto Constantinople (1973), a saber: que no son razonablemente válidas para evaluar lo que sus autores/as dicen que valoran -masculinidad y feminidad (Bem, 1974) e instrumentalidad y expresividad (Spence et al., 1975).

Asumida la multidimensionalidad y contando con que la proporción de varianza explicada no es satisfactoria, ¿qué interpretación puede darse a las dimensiones encontradas? Tal vez la menos mala sea la que se deriva del modo de selección de los elementos: lo que se estaría valorando sería la deseabilidad social tipificada sexualmente. De ahí esa yuxtaposición de dimensiones, que se asemeja mucho a la yuxtaposición encontrada con las escalas clásicas de la primera mitad del siglo pasado.

Al fin y al cabo, el modo de selección de ítems de unas y otras no es tan diferente. Es más, existe un claro denominador común básico entre ellas, el cual se asemeja a una red echada al mar que va recogiendo todo tipo de peces, en función de las características de dicha red, en este caso, la deseabilidad social tipificada sexualmente. ¿Tendrían algo en común estos peces? Muy probablemente tan poco como lo que se ha obtenido con las dimensiones aquí señaladas. Por tanto, ¿cabría suponer un horizonte algo más halagüeño en el análisis de los asuntos aquí estudiados? Ante todo, no parece conveniente identificar la masculinidad con la instrumentalidad y la feminidad con la expresividad, tal cual ahora se está haciendo.

Si tiene algún sentido hablar de masculinidad y feminidad, parece que éste reside en la reflexión (más concretamente, en el resultado de ésta) que a lo largo de la historia de la humanidad, las personas y las sociedades han realizado sobre la posible significación del hecho de ser varón frente al de ser mujer; es decir, sobre el dimorfismo sexual. Dicha reflexión, a su vez, necesariamente va a estar condicionada por los sistemas de creencias predominantes en cada sociedad concreta, por lo que es previsible e hipotetizable que lo que se entiende por masculinidad y feminidad va a ir sufriendo cambios a lo largo de la historia, pero en cualquier caso con contenidos bastante diferentes a los de la instrumentalidad y la expresividad. De ahí que sea tarea ineludible elaborar una nueva manera de evaluar la masculinidad/feminidad.

Referencias

Bibliografía complementaria para profundizar en el tema

El artículo completo en el que se basa este trabajo puede encontrarse en la revista Psicothema: Fernández, J., Quiroga, Mª A., del Olmo, I., Rodríguez, A. (2007). Escalas de masculinidad y feminidad: estado actual de la cuestión. Psicothema, Vol. 19 (3), 357-365.

Sobre los autores y autoras:

Juan Fernández Sánchez es Catedrático del Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad Complutense de Madrid. Una de sus líneas de investigación, iniciada en los comienzos de 1980 y que continúa hasta nuestros días, es la de la doble realidad del sexo y el género a lo largo de todo el ciclo vital. Algunos de sus libros y artículos más destacados pueden encontrarse en la bibliografía complementaria incluida en este trabajo.

Mª Ángeles Quiroga Estévez es Profesora Titular del Departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos II (Psicología Diferencial y del Trabajo) de la Universidad Complutense de Madrid. Se ha integrado recientemente en la línea anteriormente mencionada como experta en análisis de datos, siendo su principal línea de investigación la de los estilos cognitivos.

Isabel del Olmo Benito es Doctora en Psicología, Profesora Asociada dentro del Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad Complutense de Madrid. Es, así mismo, Jefa de la Unidad Clínica de Aprendizaje y Logopedia del Hospital Universitario "Niño Jesús" de Madrid.

Antonio Rodríguez González es Doctor en Psicología. Trabaja como profesional docente dentro de la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid. Su tesis de doctorado versa sobre las posibles relaciones entre la realidad del género (masculinidad y feminidad) y la del sexo (atracción sexual).

 

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