El colectivo de personas sin hogar (PSH) representa hoy en día uno de los casos más severos de exclusión social, propio de las ciudades del llamado Primer Mundo. Resultado de complejos procesos económicos, sociales, sanitarios, psicológicos, etc., esta problemática requiere de una atención especializada e integral por parte de las diferentes disciplinas y profesiones.

Con motivo de la celebración del Día de los Sin Techo, Infocop Online ha querido volver a entrevistar para sus lectores a Manuel Muñoz, Profesor titular de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), director del Proyecto de investigación Sin Hogar y co-director del Proyecto de estudio y seguimiento de las personas sin hogar en Madrid, dependiente del Foro técnico de Personas sin Hogar del Ayuntamiento de Madrid en el que colaboran, junto a la UCM, la Universidad de Comillas y la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED).

 

Fruto de su dilatada experiencia investigadora con este colectivo, Manuel Muñoz habla de las principales características de este heterogéneo colectivo, de sus principales necesidades y de los retos que actualmente debe asumir la red de servicios de asistencia. Así mismo, ofrece un marco amplio sobre el cual se sustenta la actual intervención psicosocial con las personas sin hogar (PSH).

ENTREVISTA

Si bien son escasos los estudios sobre personas sin hogar en nuestro país, mucho menos son aquellos que abordan de manera rigurosa y sistemática la relación existente entre salud mental y exclusión social. No obstante, usted es uno de los pocos investigadores que, desde la Psicología, se ha acercado al estudio de los factores psicológicos de las PSH desde hace ya algunos años, publicando, junto a su equipo, diversos trabajos sobre la realidad madrileña. De manera general, ¿nos podría hablar de las principales conclusiones extraídas en sus trabajos? ¿Cuáles son las características esenciales que presenta un colectivo tan heterogéneo como es el de las personas sin hogar?

La verdad es que el campo de investigación sobre las personas sin hogar (PSH) y su situación social y personal está cambiando en los últimos años. De hecho, cada vez más van apareciendo nuevas iniciativas y trabajos de investigación sobre esta temática. En este sentido, quizá el punto más importante es la colaboración que, en el marco del Foro Técnico para Personas Sin Hogar del Ayuntamiento de Madrid, venimos manteniendo la Universidad de Comillas, la UNED y nuestro propio grupo de la UCM.

Esta colaboración está empezando a dar sus primeros frutos, concretándose, por ejemplo en la realización de la Noche S (noche de recuento de personas que duermen literalmente en la calle). Igualmente, el Instituto Nacional de Estadística (INE) lleva un par de años realizando una encuesta nacional sobre las PSH y sobre los servicios de atención a las mismas, algo impensable hace diez años y que siempre fue una de nuestras "exigencias" a la Administración central.

En definitiva, creo que el campo tiene la oportunidad de avanzar hacia un escenario de investigación más adecuado a las necesidades actuales. Dicho esto, hay que señalar igualmente que siguen haciendo falta investigaciones más específicas y con mayor control y, sobre todo, sigue siendo fundamental que la información científica que vamos acumulando se traslade a los servicios y las políticas de atención.

Respecto a los principales números, se puede decir que el INE encuentra una población de alrededor de unas 22.000 personas sin hogar en España, dato que hay que matizar si se tiene en cuenta que en la encuesta del INE se incluyeron también inmigrantes recién llegados (por ejemplo, centros de Cruz Roja en Cádiz) y trabajadores temporeros alojados en albergues en los distintos pueblos, ambas poblaciones se alejan mucho del perfil habitual de PSH.

De forma mucho más específica, los resultados de la Noche S en Madrid nos indicaron que alrededor de 600 personas dormían un día concreto literalmente en la calle. Si estas personas se suman a los que dormían esa misma noche en los albergues madrileños (todos llenos al 100%), podemos obtener una cifra de entre 1.500 y 2.000 personas. Sin embargo, no debemos obsesionarnos con las cifras, ya que hablamos de una población cambiante y de muy difícil definición y localización. El caso es que hay personas en esta situación en nuestras ciudades y el sólo hecho de su existencia ya es un problema serio en nuestras sociedades.

 

Los perfiles siguen siendo los mismos que hace unos años con el único cambio, aunque importante, de la aparición de un número de inmigrantes bastante considerable. Es decir, hablamos de una mayoría de varones (85%), con una edad media en torno a los 40 años, con un consumo de alcohol muy elevado (50%), con problemas de drogas (20%) y de enfermedad mental grave (10%). En este sentido, me gustaría remarcar el hecho de que en Madrid se ha avanzado mucho en el abordaje de los problemas de salud mental de esta población con la puesta en marcha de los equipos de calle de atención a la salud mental; sin embargo, no se ha avanzado en igual medida en el campo del alcohol, un problema que sigue presente y cuyas soluciones siguen aún siendo escasas.

Me gustaría comentar algunos resultados de un estudio reciente realizado en el marco del Foro Técnico para Personas Sin Hogar del Ayuntamiento de Madrid al que antes aludía. En este trabajo analizábamos el papel del tiempo en la situación sin hogar como elemento de cronificación y los datos nos dicen que, en resumen, se podría caracterizar al colectivo de PSH recientes como con una alta presencia de inmigrantes y un importante papel de los problemas económicos como principal estresor.

Por otro lado, como aspectos positivos, me gustaría señalar el mantenimiento del contacto familiar y con amigos (incluso con apoyo económico) y mayores recursos psicológicos personales. Los factores que parecen relacionarse de forma directa con la cronificación de la situación sin hogar están relacionados principalmente con el alcohol, la victimización, los procesos traumáticos y los cambios de relaciones sociales que se trasladan de la familia y amigos a otras personas sin hogar; es decir, las personas entran en los "circuitos" de sinhogarismo y esto hace que la situación tienda a mantenerse.

Los problemas de salud mental graves se encuentran presentes en todos los grupos y aunque juegan un papel indiscutible en los procesos de cronificación, parecen disponer de mejores recursos de tratamiento, lo que hace que la presencia de personas con enfermedades graves en los grupos crónicos no sea necesariamente mayor que en los más recientes. Los grupos de más larga duración se caracterizan, pues, por la presencia de graves problemas de salud física y mental, de consumo de alcohol y otras drogas, de discapacidad y con pobres relaciones sociales y muy escasos recursos personales. En estos grupos, se observa una menor presencia de inmigrantes (no justificada exclusivamente por los momentos temporales de los muestreos) que, cuando se cronifican, parecen tener unas características muy similares a las de los españoles en las variables estudiadas.

En relación con estas características, ¿cuáles considera que serían las principales necesidades socio-sanitarias del colectivo en estos momentos?

Si nos preguntamos sobre los servicios que necesitamos para los próximos años, tenemos la impresión de encontrarnos ante una nueva generación de recursos que aborde de forma más concreta las necesidades individuales de cada persona en la situación sin hogar. Por ejemplo, a la vista de los datos, puede concluirse que existen diferencias en función del tiempo en la situación sin hogar que justifican un acercamiento diferencial.

Estas diferencias deberían ser tenidas en cuenta a la hora de diseñar programas de intervención que respondan de forma específica a las necesidades diversas y cambiantes de las PSH en función de sus problemáticas y del tiempo de permanencia en dicha situación. Así, parece fundamental que la intervención se organice en función de dos ejes principales: tipos de problemas principales y tiempo en la calle. De este modo, se podría pensar en un esquema básico que pudiera organizar los tipos de intervención como el que aparece en el siguiente cuadro:

 

Ejemplos de intervenciones en función de los problemas y la duración de la situación sin hogar

Como se observa, las intervenciones van perdiendo eficacia y resultados según avanza el tiempo que la persona ha pasado en la calle. Todo ello nos hace reflexionar sobre la enorme importancia de, por un lado, la prevención de grupos de riesgo y, por el otro, la intervención temprana en los momentos más próximos posibles a las situaciones de ruptura o crisis. Es decir, sería muy deseable poder contar con servicios de atención inmediata (no de urgencias) que pudieran afrontar las situaciones de crisis personal de los diferentes grupos de riesgo: mujeres maltratadas, niños abandonados o maltratados, personas que salen de instituciones (hospitales, cáceles, orfanatos), etc.

En esos primeros momentos, se hace especialmente importante que las acciones sean muy rápidas y eviten el inicio del deterioro y cronificación en los circuitos de atención a las personas sin hogar. Los centros de atención en crisis son recursos que reúnen estas características y que ya existen en otras ciudades europeas con éxitos notables (Berlín o París pueden ser muy buenos ejemplos). En Madrid se ha optado por servicios concretos para algunas de las poblaciones mencionadas, pero no existe un recurso que cubra este tipo de necesidad ya que los recursos sociosanitarios no llegan a poder abordar este tipo de problemas.

Por otro lado, los recursos dirigidos a aquellas personas que llevan cierto tiempo en la calle pero que mantienen expectativas de rehabilitación razonables, deberían contemplar la intervención integral y de momentos críticos (esperar a que la persona dé los primeros pasos en el proceso de cambio y en ese momento intervenir de forma masiva con todos los recursos disponibles y de forma mantenida en el tiempo) para conseguir un mayor impacto que imposibilite la cronificación de la situación y amortigüe sus efectos sobre la persona y su medio social.

 

En estos casos, una vez iniciado el proceso rehabilitador desde un punto de vista psicológico, se hace necesaria una rápida respuesta fundamentalmente a las necesidades económicas, laborales y de alojamiento de estas personas, que contenga y detengan el deterioro e impidan la cronificación. Buenos ejemplos son los puestos en marcha en los Estados Unidos con notable éxito en la recuperación psicológica, laboral y residencial de las personas sin hogar. Es de destacar el papel que variables como el consumo de alcohol, la ruptura de la red social o los procesos de victimización pueden jugar en estos momentos. Las intervenciones sociales de corte laboral o formativo deberán, en la mayoría de los casos, supeditarse, a un avance en la recuperación psicológica del individuo para poder generar beneficios claros.

Los trabajos actuales destacan la importancia del alcohol en el proceso rehabilitador y como factor predictor de la cronicidad. Esto apunta a la necesidad de potenciar las acciones dirigidas al control del consumo de alcohol, abarcando desde su prevención hasta el hecho de que en el colectivo más crónico se incluyan aspectos relacionados con el consumo de drogas y especialmente alcohol, y que se consideren las discapacidades de sus usuarios. Todos estos factores son de especial relevancia a la hora de elaborar las intervenciones fundamentadas en los planes individualizados de intervención.

Se hace necesario, por tanto, que la intervención con estas personas sea llevada a cabo en recursos de alojamiento de larga duración, con un número muy reducido de plazas, aproximadamente unas 20 ó 30. De forma paralela, se hace necesario contar en estos recursos con profesionales de diferente tipo (de lo social, pero también de lo sanitario), los cuales estén especialmente formados tanto en el tratamiento de alcohol, drogas y discapacidad, como en el abordaje de estas problemáticas adecuadas al colectivo en cuestión y a la gravedad de tales problemas (por ejemplo, programas de reducción del daño).

Resultaría muy útil, para facilitar el acceso de aquellas personas que se encuentran literalmente en la calle durante años, que los recursos de baja exigencia contemplen de manera central la dificultad que las PSH encuentran para adaptarse a unas normas rígidas de organización, propias de otros recursos de asistencia sociosanitaria. No habría que olvidar el trabajo para fomentar la autonomía de estas personas, así como los hábitos más básicos para la vida independiente: asumir responsabilidades en la elaboración de su comida, lavado de ropa, higiene personal, etc.

Si bien contamos ya con buenas propuestas de intervención, la falta de adecuación de los dispositivos de la red de asistencia pública (que dificultan el acceso de las PSH a los diferentes recursos), tal y como está indicando, sigue siendo un gran reto para el sistema socio-sanitario. De manera general, ¿considera usted que contamos en la actualidad con dispositivos adecuados para atender a estas personas de forma eficiente? En caso contrario, ¿qué se podría hacer para paliar, en alguna medida, esta situación?

La respuesta a esta pregunta redunda en la información anterior, solamente vale la pena destacar la oportunidad que la denominada Ley de Dependencia nos ofrece para el abordaje de algunos de los problemas que afectan a las personas en situaciones extremas de exclusión social. Desgraciadamente, no parece que hasta el momento la citada ley y los recursos disponibles vayan a llegar a las personas en estas situaciones, pero no hay que desesperar tan pronto; todo lo contrario, hay que iniciar acciones de presión y oferta tecnológica para que las administraciones puedan llegar a replantear este tipo de actuaciones en sus políticas de lucha contra la exclusión y en sus políticas de dependencia.

En base a sus estudios, y centrándonos en los aspectos sociales y psicológicos, ¿qué se podría hacer desde una perspectiva preventiva para evitar que el número de personas sin hogar pueda aumentar en las calles de las grandes ciudades?

Como ya he mencionado, el campo de la prevención es, sin duda, el elemento clave de la eficacia en este campo. Es imprescindible abordar políticas de prevención en campos como las rupturas familiares (malos tratos, abuso, abandono, negligencia, etc.) que disminuyan el número de niños abandonados y que palien los efectos cuando el abandono es irremediable.

En segundo lugar, los tránsitos a la salida de la cárcel, de los hospitales, orfanatos y en general de todo tipo de instituciones, suele ser un momento crítico. De forma más general, la prevención de los efectos del consumo de alcohol y otras drogas es un campo en continua necesidad en nuestro país.

El precio de la vivienda es otro factor determinante que no parece tener freno y que está haciendo imposible acceder al mercado a un número cada vez mayor de personas. Finalmente, no debe olvidarse que el factor más importante de integración durante la edad adulta es el trabajo; los programas de inserción laboral tienen un papel protagonista en este sentido.

Las investigaciones que ha llevado a cabo su equipo han puesto de manifiesto la relación existente entre los llamados sucesos vitales estresantes, salud mental y exclusión social. Desde su punto de vista, ¿qué ha aportado y puede aportar la Psicología tanto a la investigación de los procesos de exclusión social, como a la hora de implantar programas de intervención eficientes con estas personas?

La Psicología puede aportar, y lo está haciendo, modelos de estudio y teóricos, técnicas de evaluación e intervención (drogas, alcohol, estrés post-traumático, etc.), evaluación de la efectividad de los programas y un largo etcétera difícil de concretar en unas palabras. Considero que lo más importante en este sentido es simplemente el hecho de hacer visible para la Psicología este problema y hacer ver a los psicólogos y psicólogas que nuestra disciplina tiene herramientas muy útiles en este contexto, demasiadas veces olvidado (excluido) de nuestros libros, programas, planes de estudio e, incluso de nuestro pensamiento.

 

¿Le gustaría añadir alguna otra cuestión?

Solamente decir que nos encontramos en un momento clave. Después de conseguida la presencia de las PSH en el contexto político, social y científico, hay que avanzar en los servicios, en la prevención desde todos los niveles: incluso personales y familiares. Hay que abrir paso a una nueva generación de servicios centrados en la persona y ajustados a las necesidades de cada uno.

De hecho, en un futuro próximo quizá no hablemos de PSH o no lo hagamos sin adjetivos que maticen los distintos tipos de problemas que conviven bajo este epígrafe general, ya demasiado general. No debemos ensimismarnos en los éxitos conseguidos, sino pensar que lo realizado hasta ahora es sólo el principio y debe servirnos para tomar impulso, para que en un futuro inmediato nuestras sociedades ganen en dignidad. Este aspecto es fundamenta ya que ¿cómo podemos considerar digna a una sociedad que excluye a las personas más débiles?

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