Joaquín T. Limonero 1, Joaquín Tomás-Sábado 2 y Jordi Fernández-Castro1

1Universidad Autónoma de Barcelona y 2Escuela Universitaria de Enfermería Gimbernat de Barcelona

Desde hace aproximadamente un par de décadas se ha producido el resurgimiento del estudio de las emociones dentro de la Psicología Científica, enfatizando el papel que las mismas (positivas y negativas) pueden tener en los procesos de adaptación humana, al influenciar las reacciones individuales y el procesamiento de la información contextual que realizan las personas.

En este contexto concreto, la Psicología Positiva desarrolla un conjunto de teorías e investigaciones en las que se destaca el papel positivo que las emociones ejercen en el bienestar humano y en la salud, al mediar en los procesos de adaptación. Es en este ámbito donde nace el concepto de Inteligencia Emocional de la mano de Mayer y Salovey, posteriormente popularizado por los trabajos divulgativos de Goleman.

En los últimos años, la Inteligencia Emocional (IE) ha adquirido una considerable popularidad, tanto a nivel social como profesional. Esta inteligencia implica un conjunto de habilidades para controlar las propias emociones y las de los demás, así como la capacidad de discriminar entre ellas y utilizar la información como guía de los pensamientos y acciones. La IE puede ser reforzada (mejorada) por el aprendizaje y la práctica de habilidades y capacidades que la forman, enfatizando la conveniencia de desarrollar, en la medida de lo posible, este tipo de inteligencia para interactuar eficazmente con los demás y hacer frente a un entorno social y cultural cada vez más cambiante, complejo y competitivo.

Diversas investigaciones han puesto de manifiesto que la IE es un buen predictor de las estrategias adaptativas de afrontamiento a las vicisitudes de la vida que utilizan las personas. De este modo, la IE sería una variable mediadora entre los acontecimientos vitales y las consecuencias que estos sucesos pueden tener sobre el bienestar y la salud personal, tal y como se ha puesto de manifiesto en investigaciones que han analizado la influencia de la IE sobre la satisfacción vital, las estrategias de afrontamiento, la depresión, la calidad de vida, el éxito académico, las relaciones interpersonales, el ajuste psicológico en adolescentes, la ansiedad ante la muerte, la felicidad, etc. En otras palabras, la IE estaría relacionada con los procesos de adaptación, facilitando las respuestas adecuadas a los diferentes acontecimientos que una persona ha de afrontar en su vida diaria, disminuyendo las reacciones emocionales desadaptativas, facilitando la experimentación de estados de ánimo positivos y reduciendo la incidencia de los negativos.

En el estudio que llevamos a cabo, nos planteamos que, dado que la IE tiene efectos o influencia sobre otras esferas de la vida de la persona, también podría intervenir en el consumo de tabaco y/o de cannabis en jóvenes universitarios. De este modo, el objetivo de este estudio consistió en analizar el posible papel mediador que la Inteligencia Emocional podría tener en el consumo de tabaco y/o cannabis en estudiantes universitarios de Psicología (114 mujeres y 19 hombres) de la Universidad Autónoma de Barcelona con una edad media de 21,52 años (DE: 5,42).

Los estudiantes respondieron a un cuestionario que contenía, entre otros instrumentos, una versión abreviada del Trait Meta-Mood Scale de Mayer y Salovey, en su versión adaptada al castellano. Se trata de un cuestionario validado que consta de 24 ítems con respuesta múltiple nunca/muy frecuentemente y que contiene tres factores o subescalas: Atención o percepción emocional; Comprensión o claridad emocional; y Regulación o reparación emocional.

Los datos obtenidos muestran que más del 80% de los estudiantes ha fumado alguna vez un cigarrillo y que más del 70% ha consumido cannabis en algún momento de su vida. Así mismo, un 39% fuma diariamente tabaco y un 16% consume cannabis de forma habitual.

Los estudiantes que consumen tabaco o cannabis presentan menor puntuación en el componente reparación emocional de la IE y son los que antes se han iniciado en el consumo de estas dos substancias.

Estos datos sugieren la importancia de mantener una buena competencia emocional; es decir, buenas habilidades en comprender y reparar las emociones negativas, así como habilidades para mantener o prolongar durante más tiempo las emociones positivas. En este sentido, aquellos estudiantes menos capaces de reparar su estado emocional serían los que tendrían, por una parte, una mayor tentación de iniciarse en el consumo de tabaco y/o cannabis, y por otra, su consumo regular ayudaría, en cierta medida, a paliar este déficit emocional. De hecho, las competencias personales son un elemento clave en la adaptación a las demandas del medio y serían un elemento protector del consumo de drogas en la adolescencia y en la juventud.

 

Por otra parte, otro componente de la IE, la claridad emocional, estaría relacionada con el consumo esporádico de cannabis, siendo aquellos estudiantes que presentan altas puntuaciones en este componente, los que menos consumirían. Es decir, los jóvenes que comprenden y tienen claras las emociones que están experimentando en un momento dado, así como las situaciones que las producen, son los que presentarían un menor consumo de cannabis. Realmente, se ha comprobado que la comprensión emocional es un elemento clave en el éxito de las relaciones interpersonales al estar relacionada, entre otros aspectos, con la empatía, las habilidades sociales, la asertividad o la autoeficacia resistiva.

Finalmente, observamos que el componente atención emocional de la IE parece no estar implicado en el consumo de estas substancias.

Por otra parte, los datos sobre la alta prevalencia de consumo de tabaco y cannabis en los jóvenes evaluados ponen de manifiesto la necesidad de poner en marcha actuaciones dirigidas a prevenir el primer contacto con las drogas y su posterior consolidación, siendo la adolescencia una etapa clave del ciclo vital, donde la vulnerabilidad hacia las drogas es mayor y la percepción de riesgo de sufrir consecuencias negativas por su consumo muy baja, dando lugar a una falsa percepción de invulnerabilidad. Estas actuaciones preventivas tendrían que dirigirse, por ejemplo, al fomento de programas de entrenamiento en el manejo de las propias emociones, que, a nuestro entender, es un elemento clave, y tendrían que estar relacionadas con los diferentes componentes de la IE. Además, sería de gran utilidad potenciar también las habilidades sociales (empatía, asertividad, negociación, autoestima, por ejemplo) e implementar programas de educación para la salud, para que, conjuntamente, puedan tener una mayor influencia en el comportamiento de los jóvenes.

No obstante, somos conscientes de que el problema actual del consumo de drogas es una cuestión de naturaleza compleja y multifactorial, difícil de solventar sin una actuación conjunta de todos los estamentos sociales implicados.

Los resultados obtenidos en este estudio, a pesar de ser preliminares, indican la relación existente entre algunos componentes de la IE y el consumo de tabaco y/o cannabis. Posteriores investigaciones tendrían que profundizar y dilucidar la implicación diferencial de cada uno de los diferentes componentes de la IE en el consumo de estas drogas.

Este trabajo se basa en el artículo aparecido en la revista Psicothema: Limonero, J.T, Tomás-Sábado, J. & Fernández-Castro, J. (2006). Perceived emotional intelligence and its relation to tobacco and cannabis use among university students, Psicothema, 18, supl., 95-100.

Sobre los autores

Joaquín T. Limonero

Joaquín Tomás-Sábado

 

Jordi Fernández-Castro

Joaquín T. Limonero, es Doctor en Psicología y Profesor Titular de Psicología Básica de la Universidad Autónoma de Barcelona. Investiga sobre las emociones que genera la enfermedad y la proximidad de la muerte, tanto en el ámbito aplicado de los cuidados paliativos como a nivel conceptual, así como el papel que la inteligencia emocional y la competencia personal tienen sobre los procesos de adaptación y bienestar humano.

Joaquín Tomás-Sábado, es Doctor en Psicología y Profesor Titular de Metodología Científica y Bioestadística de la Escuela Universitaria de Enfermería Gimbernat de Barcelona. Su campo de interés se centra, fundamentalmente, en la construcción y adaptación al español de instrumentos psicométricos de evaluación de las actitudes ante la muerte en profesionales sanitarios.

Jordi Fernández-Castro, es Doctor en Psicología y Catedrático de Psicología Básica de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Es coordinador del Grupo de Investigación en Estrés y Salud (GIES) de dicha Universidad y coordinador del Máster en Psicología de la Salud. Su investigación se centra en los factores cognitivos que afectan al estrés y a las emociones.

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