Susana Al-Halabi

Departamento de Psicología de la Universidad de Oviedo

“Precaución”. Ésta fue la solicitud realizada por Hawton et al. (2021) a comienzos de este año 2021, tanto a la comunidad científica como a los medios de comunicación, ante los presagios y las predicciones de un potencial incremento en las tasas de suicidio durante la pandemia de la COVID-19. Durante el pasado annus horribilis numerosos autores mostraron su preocupación acerca de las posibles consecuencias del confinamiento en el aumento de los actos de suicidio en la población mundial (por ejemplo, Gunnell et al., 2020; Reger et al., 2020).

Nos encontrábamos (y aún nos encontramos) ante una situación sin precedentes que suponía un reto para todas las personas, particularmente para aquéllas en situaciones de vulnerabilidad y con presencia de factores de riesgo para problemas de salud mental.

Parecía razonable pensar que el aislamiento, la incertidumbre, las dificultades económicas o la presencia de estrés, podrían desembocar en un ascenso de actos letales de suicidio, elevando la cifra de fallecimientos producidos por la pandemia.

Foto: Keenan Constance Fuente: pexels Fecha descarga: 23/04/2021

No estaba claro si ese aumento se produciría a corto o largo plazo, pero sí que la comunidad sanitaria y científica debía estar preparada para un periodo desafiante que, por otra parte, también ofrecía la oportunidad de avanzar en el campo de la prevención del suicidio. 

Paralelamente, se recomendaba evitar la idea de fusionar automáticamente el deterioro de la salud mental y la presencia de suicidio, tratando de disminuir el estigma, el uso de un lenguaje alarmista y la sensación de desesperanza de la población. Más aún, se presentaba este periodo como una ocasión para la cohesión social y la activación de factores de protección, como el apoyo social o la provisión de información fiable sobre la disponibilidad de ayuda para situaciones de crisis (Klomek, 2020; Hawton et al., 2020).

Tras un año de elucubraciones, acaba de publicarse el primer estudio internacional con datos recogidos en veintiún países desarrollados ubicados en diversas partes del mundo (Pirkis et al., 2021). Este estudio colaborativo, firmado por decenas de autores de reconocido prestigio y publicado en la revista The Lancet, arroja un dato claro: no se ha registrado un incremento en las tasas de suicidio durante los primeros meses de la pandemia. Esto es, el número de suicidios observado no es significativamente mayor que el número de suicidios esperado en ningún país ni en ninguna de las áreas estudiadas (incluyendo España). Por el contrario, sí se recoge evidencia estadística de una disminución de los casos de suicidio, en comparación con el número esperado, en doce de los países incluidos en el estudio. ¿Qué interpretación ofrecen los autores sobre este resultado? En primer lugar, el incremento auto informado de los niveles de ansiedad, depresión y pensamientos de suicidio no parece haberse traducido en un aumento correlativo de los suicidios, al menos en los países que formaron parte del estudio. La rápida implementación por parte de los gobiernos y otras instituciones oficiales de nuevas vías de acceso a los servicios de salud mental parece haber constituido un aspecto crucial en la prevención del suicidio.

En segundo lugar, se han puesto en marcha diversos factores de protección, como la presencia de un sentimiento colectivo de comunidad, el apoyo a personas vulnerables a través de las nuevas tecnologías, o la permanencia de largos periodos de tiempo acompañados en el hogar, reduciendo así el estrés y la sensación de aislamiento y vacío. Finalmente, la mayoría de los gobiernos de los países del estudio han tomado medidas para paliar la previsible crisis económica, dotando de recursos económicos a muchas familias que, de no haber podido disponer de estas ayudas, contarían con importantes factores de riesgo. Con todo, los autores permanecen atentos a los posibles cambios que puedan producirse en los próximos meses o en otros países en vías de desarrollo, y advierten de la necesidad de seguir garantizando los esfuerzos políticos y comunitarios que podrían haber sido los responsables de las bajas tasas de suicidio.

Esta situación también nos permite hacer una reflexión acerca de la naturaleza contextual de la conducta suicida, que no emergería automáticamente en forma de “síntoma” derivado del incremento de los problemas de salud mental, sino que se presentaría como un fenómeno complejo, multidimensional y multifactorial, en el que participan simultáneamente realidades de diferente tipo y orden (culturales, sociales, institucionales, psicológicas, etc.). Parece, por tanto, que no cabría una interpretación causal lineal, sino que habría que entender las conductas suicidas en los contextos biográficos de las personas y en la presencia de “sentido” en su sufrimiento y en la vivencia particular de sus dificultades (Al-Halabí y García Haro, 2021). No se trataría, por tanto, de reparar supuestas “averías” en el psiquismo, sino de dotar a las personas de recursos que permitan mejorar su acceso a los servicios sanitarios en situaciones de crisis, reducir la presencia de factores de riesgo y potenciar los factores de protección. Así mismo, compartir la preocupación, apoyar en los momentos de desesperanza, informar correctamente sobre los servicios de ayuda disponible, sensibilizar a la población acerca de la necesidad de dar apoyo social, derribar el estigma asociado a la conducta suicida y compartir la responsabilidad de los cuidados de las personas vulnerables, parecen estrategias valiosas para contener las tasas de suicidio.

Surge la oportunidad de poner en marcha, más que en ningún otro momento, las estrategias de prevención del suicidio. Una prevención que debe abordarse primordialmente (aunque no solo) desde una óptica psicológica, y planificarse y desarrollarse con el concurso de psicólogos expertos.

Referencias

Al-Halabí, S., y García Haro, J.M. (2021). Tratamientos psicológicos para la conducta suicida. En E. Fonseca Pedrero (Coord.). Manual de tratamientos psicológicos. Adultos. Ediciones Pirámide.

Hawton, K., Marzano, L., Fraser, L., Hawley, M., Harris-Skillman, E., y Lainez, Y. X. (2021). Reporting on suicidal behaviour and COVID-19-need for caution. The Lancet. Psychiatry8(1), 15–17.

Klomek A. B. (2020). Suicide prevention during the COVID-19 outbreak. The Lancet. Psychiatry7(5), 390.

Gunnell, D., Appleby, L., Arensman, E., Hawton, K., John, A., Kapur, N., Khan, M., O'Connor, R. C., Pirkis, J., y COVID-19 Suicide Prevention Research Collaboration (2020). Suicide risk and prevention during the COVID-19 pandemic. The Lancet. Psychiatry7(6), 468–471.

Pirkis, J., John, A., Shin, S., DelPozo-Banos, M., Arya, V., Analuisa-Aguilar, P., Appleby, L., Arensman, E., Bantjes, J., Baran, A., Bertolote, J. M., Borges, G., Brečić, P., Caine, E., Castelpietra, G., Chang, S. S., Colchester, D., Crompton, D., Curkovic, M., Deisenhammer, E. A., … Spittal, M. J. (2021). Suicide trends in the early months of the COVID-19 pandemic: an interrupted time-series analysis of preliminary data from 21 countries.The Lancet. Psychiatry, S2215-0366(21)00091-2.

Reger, M. A., Stanley, I. H., y Joiner, T. E. (2020). Suicide Mortality and Coronavirus Disease 2019-A Perfect Storm?. JAMA Psychiatry, 77(11), 1093-1094. 

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