En los últimos veinticinco años la violencia intrafamiliar ha dejado de ser considerada un problema perteneciente al ámbito privado de los hogares, para convertirse en un fenómeno visible y motivo de preocupación y alarma del conjunto de la sociedad.

 

En la actualidad estamos asistiendo a una nueva forma de violencia dentro de los hogares, que sitúa a los progenitores como víctimas de un abuso ejercido por sus propios hijos. No se puede afirmar que sea un problema de nuestros días, pero los expertos coinciden en señalar que el aumento de los casos de progenitores que denuncian a sus hijos por maltrato y acaban recurriendo a la justicia está aumentando en los últimos años.

Un estudio reciente del Departamento de Justicia, Empleo y Seguridad Social encargado a la profesora de la Facultad de Psicología de la Universidad del País Vasco, Izaskun Ibabe, ha analizado las características de los menores denunciados por violencia filio-parental en comparación con menores que han cometido otro tipo de infracciones, en base a los casos registrados en la provincia de Bizkaia entre 1999 y 2006.

Conscientes de la importancia de este tipo de investigaciones, Infocop Online ha querido entrevistar para sus lectores a Izaskun Ibabe, profesora titular en la Facultad de Psicología de la Universidad del País Vasco y encargada del estudio.

ENTREVISTA

Son escasos los estudios sobre la violencia de hijos a padres. En este sentido nos gustaría preguntarle de dónde surge la necesidad de llevar a cabo una investigación de estas características.

A comienzos del año 2006 empezamos a trabajar en el tema de la violencia filio-parental, porque pretendíamos estudiar algún tema novedoso dentro del ámbito de los menores infractores. Además, ya en los medios de comunicación se empezaba a hablar de este problema. Sin embargo, no se conocían datos sobre la prevalencia del fenómeno y mucho menos hipótesis explicativas.

Este tipo de infracciones tiene características especiales. En primer lugar, el delito se comete en el ámbito familiar, por lo que desde diferentes ámbitos de la salud mental y de la intervención psicosocial se propone el trabajo con toda la familia como modo de abordar e intentar solucionar el problema. Sin embargo, el magistrado no puede obligar a los progenitores a llevar a cabo un abordaje terapéutico familiar. En segundo lugar, en los casos en los que el menor tenga una orden de alejamiento de su padre o madre, ¿dónde podría vivir el joven si la medida que se le aplica no es la de internamiento? El ámbito familiar, de alguna manera, es el origen del problema, pero a su vez es el contexto apropiado para tratar de reestructurar las relaciones familiares.

Al revisar la literatura científica comprobamos que en España solamente había una investigación, la de Romero y colaboradores (2005). Mayoritariamente han sido autores canadienses y estadounidenses los que se han preocupado por conocer la extensión social del fenómeno de la violencia filio-parental, aunque, en menor medida, también se han realizado estudios a nivel europeo.

Los jueces afirman que el número de menores que agreden a sus padres no ha aumentado en los últimos años, pero sí lo ha hecho el número de padres que deciden denunciar. ¿Cuál es su opinión al respecto?

El afloramiento de la violencia filio-parental en la Administración de Justicia ha sido un fenómeno que ha seguido un recorrido temporal paralelo a la Ley Orgánica 5/2000, de 12 de enero, reguladora de la responsabilidad penal de los menores. Desde la entrada en vigor de la mencionada ley, a los menores se les exige responsabilidad penal a partir de los 14 años. La realidad es que en nuestro país se ha ido endureciendo progresivamente el tratamiento penal de los menores de edad, justificado en el paulatino crecimiento de la delincuencia juvenil y, en consecuencia, en la necesidad de respuestas más severas para los hechos delictivos cometidos por menores.

Yo creo que el cambio de legislación y la difusión por parte de los medios de comunicación han podido influir en el aumento de las denuncias por maltrato hacia los padres. Así mismo, la creación en estos últimos años de recursos para afrontar este problema desde diferentes ámbitos (judicial, asociaciones que trabajan con las familias, salud mental, psicológico individual) y la mayor concienciación de los padres sobre sus propios derechos y sobre lo que es aceptable y lo que no lo es. Anteriormente, los padres por falta de información y por un sentimiento de culpa no llegaban a denunciar este tipo de agresiones. No obstante, es posible que muchos de los casos existentes no salgan a la luz y se guarden en el ámbito familiar. En algunas ocasiones los padres denuncian a su hijo para darle un "escarmiento", ya que a veces retiran la denuncia.

Entre los cambios sociales que estamos viviendo no hay que olvidar el aumento de separaciones y divorcios, que también pudiera influir en el incremento en los últimos años de los casos de maltrato de hijos a padres. En estas situaciones la custodia de los hijos se da normalmente a la madre, por lo que el número de familias monoparentales (madre-hijo) y de familias reconstituidas están también aumentando. Así pues, hay que señalar que curiosamente son muchos los estudios que destacan una mayor proporción de familias monoparentales (madres que viven solas con sus hijos) en las denuncias por este tipo de violencia familiar. Es habitual que la madre trabaje fuera de casa y se encuentre desbordada por las múltiples responsabilidades que tiene; ante estas circunstancias es posible que en este tipo de familias los hijos estén desatendidos. Pero no sólo ha ido cambiando la estructura familiar, también la forma de educar a los hijos. Los estilos educativos de la familia que predominan actualmente son la permisividad, sobreprotección y falta de límites, que constituyen un importante factor de riesgo de la violencia filio-parental.

¿Qué conclusiones se desprenden de su estudio en cuanto al perfil psicológico de estos menores? ¿y respecto a las características sociodemográficas de las familias que albergan este tipo de violencia?

Una de las aportaciones más interesantes de esta investigación sería el perfil personal y familiar diferenciado que se ha hallado de los jóvenes que agreden a sus padres en comparación con otro tipo de menores infractores. En este estudio se seleccionó una muestra de 103 menores clasificados en tres grupos: (a) delitos de VF (violencia filio-parental), (b) delitos de VF y otro tipo de delitos (VF+) y (c) otros delitos (NoVF-).

A nivel psicológico, los resultados reflejan que son adolescentes con niveles de agresividad (contra iguales o contra adultos) superiores a los de otros jóvenes infractores. Esta agresividad podría estar relacionada con múltiples causas, tales como la violencia vivida en la familia o el consumo de sustancias. El consumo de hachís y cocaína ha sido una variable diferencial en nuestro grupo de menores agresores contra sus progenitores.

Además, estos jóvenes presentan menores niveles de autonomía personal, autoestima y empatía que el resto de infractores. Además resulta sorprendente que los jóvenes del grupo VF son quienes muestran menos habilidades para desenvolverse de forma autónoma; en definitiva son más dependientes. En esta variable se ha observado que los jóvenes del grupo VF+ se asemejan más al grupo NoVF, ya que muestran una elevada autonomía personal. Por otra parte, la baja empatía de estos adolescentes que agreden a sus progenitores podría estar estrechamente relacionada con su problemática emocional, en concreto, con el trastorno disocial que ha sido diagnosticado en muchos de ellos.

A nivel escolar, estos menores tienen más dificultades de adaptación y de aprendizaje. En concreto son los jóvenes del grupo VF+ quienes más dificultades de adaptación escolar y más problemas de aprendizaje muestran. Los padres de estos menores agresores atribuyen las conductas violentas de sus hijos a trastornos emocionales. Quizás por ello, hayan intentado dar solución a la problemática de sus hijos mediante ayuda psicológica, antes de acudir a la instancia judicial. De hecho, la mayoría de los jóvenes había recibido algún tipo de tratamiento psicológico individual antes de la primera denuncia.

Respecto al tipo de familia a la que pertenecen los menores infractores de violencia filio-parental, los resultados vendrían a confirmar, en parte, lo señalado por otros autores sobre la predominancia de familias monoparentales (Pagani et al., 2003; Romero et al., 2005). En nuestro estudio, las familias que predominaban en el grupo VF eran las familias monoparentales, mientras que en el grupo VF+ prevalecían las familias nucleares. Esto podría significar que los dos grupos presentan problemáticas diferenciales y podrían tener necesidades específicas.

En el caso de otros menores infractores (NoVF), frecuentemente conviven en otro núcleo de convivencia que no es la familia nuclear. El nivel de desestructuración parece mayor en este grupo, ya que se da una mayor proporción de jóvenes que viven en centros de protección o con la familia extensa, es decir, que han vivido importantes cambios de cuidadores y de formas de vida, y que, por lo tanto, han recibido en mayor medida intervenciones de los Servicios Sociales. El nivel económico familiar del grupo VF es significativamente mayor que el del grupo NoVF. Sin embargo, no se encontraron diferencias significativas entre el grupo VF+ y NoVF.

Respecto al estilo educativo de los padres, la característica distintiva de las familias con violencia filio-parental es la falta de coincidencia entre el estilo educativo del padre y el de la madre. Además, en la mayoría de los expedientes de estos jóvenes figuraba que los padres eran incapaces de poner límites a sus hijos. Otra característica del grupo VF es que el tipo de familia que predomina es la "desligada", en el sentido de que apenas existe un sentimiento de pertenencia que aúna a la familia, dándose una excesiva individualidad y una acrecentada dificultad para compartir la vida afectiva.

¿Se han encontrado factores explicativos del comportamiento violento de estos jóvenes? En el caso de los menores que son testigo de violencia doméstica en su hogar ¿se considera la exposición al maltrato como un factor de riesgo para la perpetración de conductas agresivas en estos hijos?

Los resultados sugieren que a través de la hipótesis de la bidireccionalidad de la violencia intra-familiar se podría explicar un tercio de los casos analizados. Este estudio vendría a corroborar que la violencia intra-familiar observada o experimentada directamente (violencia intra-parental y violencia de padres hacia hijos básicamente) es un importante factor de riesgo en el desarrollo de la violencia filio-parental, confirmando los resultados encontrados en investigaciones previas. En este estudio, el 80% de los menores que había sufrido u observado situaciones de violencia intra-familiar había sido denunciado por agredir a sus padres. Este resultado apoya la teoría de que los niños adoptan las tácticas utilizadas por estos (tácticas violentas, en este caso), y muy pocos adoptan otras estrategias de resolución de problemas que no hayan vivido u observado en sus padres.

 

Aunque la violencia de los menores hacia sus progenitores responde a una etiología multicausal, el estilo educativo de los padres y la calidad de las relaciones familiares parecen tener mucha influencia en el desarrollo de este fenómeno.

Se ha hablado de la identificación de los hijos varones con el padre que maltrata a su mujer como una manera de entender el desarrollo de conductas agresivas en los primeros. Pero en su estudio se ha encontrado un aumento de chicas que agreden a sus progenitores. ¿Cuál son sus hallazgos al respecto?

Parece claro que la agresividad que ejercen estos jóvenes es tanto física como psicológica y que las víctimas suelen ser las madres. En nuestro estudio, en el 80% de los casos era la madre quien resultaba agredida por el hijo varón; por este motivo, tal vez sería más correcto referirse a este fenómeno como "violencia filio-maternal" en lugar de "violencia filio-parental". Además, podría sugerirse que este tipo de violencia intra-familiar es un subtipo de "violencia de género", puesto que no se puede explicar exclusivamente por la convivencia de estos menores únicamente por su madre; en este sentido, se comprobó que la madre seguía siendo la víctima cuando los jóvenes convivían con ambos progenitores. Seleccionando los menores que convivían en familia nuclear y tenían alguna denuncia de violencia filio-parental, se encontró que el 100% de los hijos varones presentaba conductas violentas contra su madre, así como el 80% de las hijas. Esto demuestra que aunque los hijos tengan la posibilidad de agredir a ambos progenitores por igual, lo hacen contra la madre.

Desde el punto de vista legal, no se trataría de violencia de género, porque ésta se define como la violencia sobre la mujer cometida por quien es o ha sido su pareja. Es posible que los adolescentes que hayan observado comportamientos relacionados con la violencia de género o simplemente situaciones de subordinación a la autoridad masculina, se identifiquen con la figura paterna y dirijan sus ataques hacia las madres. Esta hipótesis también se vería apoyada por los resultados de otras investigaciones (McCloskey y Lichter, 2003) en las que encontraron que algunos de los hijos que agreden a su madre, posteriormente agreden a su novia/pareja.

En cuanto a las chicas que agreden, éstas representan el 15% del total de los infractores de violencia filio-parental. Sin embargo, no se ha constatado un aumento de las chicas porque en total fueron 10 en toda Bizkaia en el período estudiado; dos en 2003, una en 2004, cinco en 2005 y dos en 2006. Los datos que presentó el Departamento de Justicia, Empleo y Seguridad Social en torno a la violencia filio-parental correspondían a toda la Comunidad Autónoma Vasca y también se aportaban datos del año 2007. A pesar de ello son muy pocos casos; para sacar una conclusión habrá que ver la evolución de los próximos años.

Desde el punto de vista de la intervención, ¿qué tipo de tratamiento psicológico sería más adecuado para eliminar las conductas violentas de este sector de la población?

Los resultados de esta investigación apuntan hacia la distinción entre dos perfiles de menores que cometen delitos contra sus progenitores (VF y VF+), por lo que podría pensarse en intervenciones de diferente tipo dependiendo del caso. Las grandes diferencias encontradas entre los dos grupos se basan en la estructura familiar, nivel socio-económico e historial delictivo. Comparando ambos grupos, en el grupo VF hay más familias monoparentales, mayor nivel socio-económico y menor historial delictivo.

Es esperable que los jóvenes que solamente tienen denuncias de violencia familiar, que presentan una buena adaptación escolar y que no abusan de las drogas tendrían un mejor pronóstico. Generalmente, las dificultades de adaptación escolar y el abuso de sustancias suelen ser el reflejo del malestar psíquico del joven, malestar que en estos casos se externaliza de forma activa en el seno del hogar. Por lo tanto, no es suficiente el trabajo de intervención o prevención de drogodependencias o a nivel escolar, si previamente no se trabaja la problemática familiar.

La necesidad de una intervención en este nivel es innegable. Cabe pensar que el hijo agresor no es más que el "portavoz" de la problemática familiar, por lo que la intervención debiera abarcar a todo el sistema familiar, y no sólo al joven violento. Conseguir la implicación de toda la familia como agentes activos de cambio es fundamental, lo que supone pasar de la idea "cambien a mi hijo/a" a "cambiemos todos". La intervención familiar debería marcarse como objetivo la reestructuración familiar y el fortalecimiento de la parentalidad (implicación en la educación de los hijos, hábitos de disciplina y supervisión, etc.), encontrando al mismo tiempo mecanismos que controlen los altos niveles de agresividad de estos jóvenes y velen por la integridad física y psíquica de las víctimas, ya que el cese de la violencia debe ser una condición necesaria para el proceso terapéutico.

La intervención familiar debería ir acompañada de tratamiento individual para los adolescentes, porque los trastornos más frecuentes encontrados en el grupo de menores denunciados por agresiones a padres son el trastorno disocial y el trastorno por déficit de atención con hiperactividad. El trabajo con estos adolescentes se puede centrar en ayudarles a adquirir más responsabilidad por sus comportamientos, y, en definitiva, un mayor control de sus impulsos, trabajo que puede realizarse de forma grupal. Del mismo modo, el trabajo grupal puede resultar de utilidad para los padres/madres en intervenciones con formato de grupos de auto-ayuda, en las que el apoyo y la comprensión mutua ayudan a los progenitores a quitarse de encima la "losa" de vergüenza y culpabilidad que cargan.

A modo de conclusión, se podría señalar que aunque la violencia de los menores hacia sus progenitores responde a una etiología multicausal, la intervención psicosocial debería ser integral e interdisciplinar (tanto con el menor como con su familia), así como específica para los casos de violencia filio-parental y en función del perfil VF o VF+.

Desde la Psicología, ¿qué tipo de medidas se deberían tomar, desde su punto de vista, para prevenir la violencia que ejercen algunos jóvenes contra sus progenitores?

La base es la formación de los padres para educar a sus hijos. Quizás en la sociedad actual no se expresa de forma clara y rotunda la importancia de la implicación de los padres en la educación de los hijos. Actualmente existen bastantes recursos para orientar a los padres en las diferentes etapas de sus hijos, pero muchos no están motivados para ello; otros piensan que son buenos padres y no necesitan formación. A lo largo de los últimos años se ha verificado empíricamente que el apoyo familiar es uno de los factores protectores más relevantes ante las conductas antisociales.

Desde el ámbito socio-educativo, el trabajo con iguales en la educación en la igualdad y en la no-violencia tiene gran relevancia, ya que es en este contexto donde el comportamiento de estos menores se ha venido aceptando y reforzando. Los jóvenes que muestran conductas violentas hacia sus padres se relacionan, en gran medida, con grupos de iguales "disociales".

Un dato que nos llamó la atención en el estudio sobre el ocio de los jóvenes infractores en general, fue que apenas dedicaban tiempo a actividades deportivas, y, en cambio, dedicaban mucho tiempo al ocio no organizado. Quizás sea necesario formar a los niños en la organización y planificación de actividades de ocio saludables.

Ya para finalizar ¿le gustaría añadir alguna otra cuestión?

Me gustaría agradecer su invitación. Este fenómeno es muy complejo, a nosotros nos interesa abordarlo desde el punto de vista de la etiología. Actualmente estamos trabajando en otro proyecto financiado por la Universidad del País Vasco sobre la misma temática, pero en esta ocasión además de analizar los informes del Equipo Psicosocial Judicial, aplicaremos pruebas estandarizadas a los menores.

También desearía señalar algunas reflexiones propias sobre el tema en forma de preguntas:

A- ¿No será quizás excesiva la responsabilidad de la madre en la crianza de los hijos? Lo habitual en nuestra sociedad es que sea muy superior al 50%.

B- ¿Hasta qué punto la violencia filio-parental es consecuencia de la desigualdad entre hombres y mujeres? El 80% de los casos se refería a hijos varones que agreden a su madre.

C- ¿Por qué para adoptar un hijo hay que pasar un sinfín de pruebas y no es necesario pasar ninguna para tener un hijo biológico?

D- En un futuro, debido a los cambios sociales en el modelo de familia y estilo de vida ¿solicitarán los padres la educación integral de sus hijos al Estado?

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