COP Madrid

En los últimos años hemos vivenciado la expansión del término neuroeducación en el ámbito educativo. Las neurociencias han permito iluminar el conocimiento del cerebro y son varios los profesionales, entre ellos psicólogos/as, los que han defendido la necesidad de poder aportar estos prestigiosos estudios al servicio de aquellos que trabajan en la formación de la infancia.

No obstante, ya sabemos que la neuroeducación debe invadir todas las etapas educativas, desde la educación infantil hasta la universitaria, y que no solo debe acotarse al contexto escolar, puesto que padres y madres quieren y deben ser agentes activos de la formación y educación de sus hijos.

Autor: olia danilevich Fuente: 
Pexels Fecha descarga: 07/05/2021

Para comprender mejor a qué nos referimos cuando hablamos de neuroeducación echemos la vista atrás para conocer de dónde viene este término. Gerhard Preiss fue quien, en 1988, acuñó el término de neurodidáctica al que se refirió años más tarde, en un artículo en Mente y Cerebro (2006), con su colega Gerhard Friedrich como la configuración del aprendizaje de la forma qué mejor encaje con el desarrollo del cerebro. Años más tarde, nos aclaró Portellano (2018) cómo la neuroeducación, a diferencia de la neurodidáctica, trata de optimizar el aprendizaje teniendo en cuenta el principio de la neuroplasticidad.

De esta manera, el término neuroeducación engloba de una manera más profunda el conocimiento que la neurociencia aporta sobre el funcionamiento del sistema nervioso. Así mismo, el avance de la medicina y de las herramientas que permiten conocer el cerebro, han proporcionado información de gran validez y de rigor científico, permitiendo conocer qué zonas corticales están involucradas en determinadas acciones y tareas cognitivas y de aprendizaje.

Podemos quedarnos con la definición de neuroeducación que aporta el doctor Francisco Mora (2017) como la forma de tomar ventaja de los conocimientos de cómo funciona el cerebro integrado con la Psicología, la sociología y la medicina en un intento de mejorar y potenciar tanto los procesos de aprendizaje y memoria de los estudiantes como enseñar mejor en los profesores.

Educar sin tener un conocimiento profundo de cómo madura el cerebro es conducir a ciegas. La neurociencia ya nos ha mostrado cómo el cerebro tiene momentos importantes donde se reorganiza a nivel cerebral en las llamadas podas neuronales y que corresponden, a su vez, a momentos importantes de transición dentro del desarrollo. Un ejemplo importante es la poda neuronal que tiene lugar en la pubertad, preparando al cerebro adolescente.

También conocemos que el córtex cerebral madura de manera diferencial. Las zonas con mayor número de conexiones en los primeros años de vida son el área motora y sensorial. Por ello, en la etapa de los 0 a los 6 años de vida la experiencia motriz y sensorial es fundamental para nutrir al cerebro de dicha información. Cuánto más vivencie y experimente un niño, más conocimiento almacena en su cerebro, por lo tanto, mayor capacidad posterior de reconocer, nombrar, expresar o intuir. Este dato que nos aporta la neurociencia nos debe servir para diseñar un sistema educativo que proporcione una experiencia potente y sólida de información sensoriomotora a sus alumnos, por lo que será fundamental que los niños puedan consolidar dicha etapa que permitirá, más adelante, la buena activación de las áreas de asociación (Portellano, 2017).

Y dentro de este engranaje del cerebro, justo en el medio, uniendo y conectando todas las áreas cerebrales está el sistema límbico, el gran regulador y codificador de la información emocional. No podemos negar que el ser humano es un ser emocional, pero respecto al aprendizaje debemos reconocer su importantísimo papel en los procesos atencionales y memorísticos. Y es que el sistema límbico, como si de un piloto se tratase, nos aproxima o nos hace huir de aquellos estímulos que puede considerar atrayentes o nocivos, y esta percepción, con su correspondiente respuesta, también sucede con la información que presentamos dentro de un contexto formativo.

Si a un alumno le introducimos una información ardua, pesada o exclusivamente teórica, no despertará en su sistema límbico los mecanismos de atracción, ligados a funciones como la curiosidad, el interés, la motivación, esenciales para querer conocer más: querer aprender.

El sistema límbico es un radar del entorno y del contexto en el que enseñamos: la luz de la clase, los colores seleccionados, la voz del maestro, el material utilizado...todo lo que rodee la escena educativa nos acercará al aprendizaje, o por el contrario, podrá producirnos indiferencia. ¿O acaso no recordamos mejor aquella asignatura en la que el profesor era un gran apasionado de su materia? A lo mejor no era el que tenía mayor conocimiento, pero su forma de transmitir el contenido, cargada de emoción, despertaba en sus alumnos el interés, la motivación por saber más.

Y llegando al escalafón más elevado de nuestro sistema nervioso, nos encontramos el córtex prefrontal, el encargado de las funciones ejecutivas, consecuencia de un sistema nervioso maduro que requiere de una mielinización profunda de todo lo previo para ser eficaz. Nos dice el doctor en ciencia de la educación Rafael Guerrero (2020) como determinadas funciones como el control de impulsos, la atención focalizada y la planificación no aparecen hasta bien avanzada la infancia. Ya son muchos los neurocientíficos que reconocen la edad de maduración completa del cerebro entorno a los 20 y 30 años de edad.

Reconocemos, así como no es un proceso ni rápido ni sencillo el de la maduración del sistema nervioso y nuestra pregunta es: ¿Se adapta el sistema educativo a esta maduración lenta y delicada? ¿Respetamos estos tiempos de desarrollo? ¿O nos centramos de manera rápida y precoz en aquellas funciones superiores que tardan en emerger y madurar?. La realidad es que siempre hemos sabido que aquello que se cocina a fuego lento sabe mejor. Bajo este prisma, la línea de investigación del neurodesarrollo aporta luz a la hora de conocer las etapas neuroevolutivas de la infancia. Sabemos que en los tres primeros años de vida es esencial el movimiento libre y el enriquecimiento sensorial, respetando a su vez los ritmos biológicos de alimentación y sueño. Entrando en educación infantil ocurre el despertar de lo cognitivo ligado a una propulsión del lenguaje que prepara al cerebro a poder asumir en la etapa de la primaria el aprendizaje de la lectoescritura. Pero para esperar que un alumno de la etapa de primaria pueda asumir las exigencias académicas (aprender las tablas de multiplicar, leer textos, escribir las primeras redacciones...) todo el periodo previo es crucial y esencial. El asentamiento de habilidades motrices, espaciales, sensoriales y lingüísticas son fundamentales para que los niños puedan afrontar estas complejas tareas. Y esta misma dinámica se repite en todo el trascurso del periodo escolar. Esta es la razón por la que muchas veces nos encontramos adolescentes con desmotivación y desorganización en el estudio. Esto que coloquialmente llamamos lagunas, son, en muchas ocasiones, el resultado de años de compensaciones provechosas, que, aumentando las exigencias académicas de secundaria, dejan de resultar exitosas.

La ciencia de la Psicología tiene un papel crucial y una obligación con respecto al ámbito de la neuroeducación: esclarecer el desarrollo del cerebro humano y cuáles son sus necesidades reales para que los niños y niñas crezcan y se desarrollen con coherencia a las mismas, con el objetivo de que el aprendizaje sea de calidad y gustoso; y sobre todo proporcionándoles salud mental y emocional.

Y es que ya nos dijo el padre de la Psicología William James en el siglo pasado “Lo más grande en toda educación es hacer a nuestro sistema nervioso nuestro aliado en lugar de nuestro enemigo”.

Referencias:

Blakemore, S.J., & Frith, U. (2007). Cómo aprende el cerebro: las claves para la educación. Ariel.

Goddard, S. (2017). El niño bien equilibrado. Ing Edicions.

Guerrero, R. (2020). Cómo estimular el cerebro del niño. Sentir.

Mora, F. (2016). Neuroeducación: sólo se puede aprender aquello que se ama. Alianza.

Portellano, J.A. (2018). Neuroeducación y funciones ejecutivas. Ciencias de la Educación Preescolar y Especial.

Preiss, G., & Friedrich, G. (2003). Neurodidáctica. Mente y cerebro, (4), 39-45.

Belén de Toro Mingo y Anabel Quiroga Tamayo (Grupo de Trabajo de Neuroeducación del COPM).

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