En los últimos años, se ha registrado a nivel mundial y, concretamente en España, un incremento de casos de trastornos de la conducta alimentaria, una tendencia que, según advierten los expertos, se ha acelerado vertiginosamente, especialmente desde el inicio de la pandemia de la COVID-19, convirtiéndose cada vez más en un problema de salud pública en todo el mundo.

De forma directamente proporcional a este ingente aumento, ha crecido también el interés científico y la preocupación social por estos trastornos, dada la gravedad de sus síntomas, sus consecuencias sobre la salud física y psicosocial, su carga y su alto grado de comorbilidad y mortalidad. Sin embargo, los expertos estiman que aún continúan siendo muchos los casos que no llegan a detectarse.

Todo ello, pone de relieve la trascendencia de emprender medidas orientadas a la prevención y detección temprana de los trastornos de la alimentación y la mejora del acceso a tratamientos eficaces basados en la evidencia.

Foto: Fernando Fernández-Aranda

Para hablarnos en profundidad sobre la situación actual en torno a este grave problema, así como de su abordaje y los retos futuros que se plantean, Infocop entrevista a continuación a Fernando Fernández Aranda, investigador de reconocido prestigio en el ámbito de los trastornos de la alimentación.

Fernández Aranda es Catedrático en Psicología de la Universidad de Barcelona, Director Científico del Instituto de Investigación Biomédica de Bellvitge (IDIBELL) y Director de la Unidad de Trastornos Alimentarios del Hospital Universitario de Bellvitge. Asimismo, es Jefe de Grupo CIBERobn y Editor Jefe Revista Europea Trastornos de la Alimentación (European Eating Disorders Review).

ENTREVISTA

A modo de introducción, los trastornos de alimentación constituyen hoy en día un problema de salud pública grave. Como experto, ¿podría decirnos cómo impactan en la salud y calidad de vida de las personas que lo sufren, así como de sus cuidadores?

Los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), son trastornos mentales complejos y severos, que afectan a la conducta alimentaria, pero también al estado emocional y cognitivo de la persona que los padece. Suelen tener un curso crónico, siendo más frecuentes en mujeres (92% de los casos). Habitualmente se inician entre los 12 y 26 años de edad. Los diagnósticos más frecuentemente observados son Anorexia nerviosa, Bulimia nerviosa, Trastorno por Atracón y Otros Trastornos de la Alimentación Especificados (OSFED).

Los TCA, suelen presentar altas tasas de comorbilidad, provocando una alta interferencia a nivel individual, social-familiar y escolar-laboral. Asimismo, estos trastornos causan graves consecuencias a nivel físico-médico, cognitivo, familiar y consecuente reducción en la calidad de vida de los pacientes, así como unas elevadas tasas de mortalidad.

Con la pandemia de la COVID-19 ha habido un incremento de consultas por trastornos de la alimentación y se ha observado una exacerbación de los síntomas en pacientes diagnosticados y en tratamiento. A su juicio, ¿a qué obedece esta tendencia?

Ciertamente, tanto la gravedad de los casos como el aumento de su incidencia han sido claras consecuencias del confinamiento, debido a la COVID-19.

Durante esta crisis sanitaria se han observado dos perfiles distintos, en relación con este incremento del número de consultas. En primer lugar, pacientes que ya padecían un TCA previo y que su cuadro clínico se ha visto agravado y, en segundo, los casos sin antecedentes de TCA y que han debutado durante el confinamiento. Así, durante el confinamiento, debido al COVID-19, diversos factores desencadenantes han jugado un papel importante: estresores psicosociales, incertidumbre y preocupación (individual y familiar) y pérdida de personas queridas.

Pero también el cambio de hábitos alimentarios, la pérdida de control y la consecuente restricción alimentara, debido a la imposibilidad de hacer ejercicio físico y contrarrestar el sedentarismo. Sin obviar el incremento en el consumo excesivo de redes sociales y el impacto sobre los ideales sociales de delgadez.

Foto:Andrea PiacquadioFuente:pexels Fecha descarga: 01/10/2021

En su opinión, ¿qué rol desempeñan los medios de comunicación y las redes sociales en el aumento de estos trastornos?

Sin duda, han actuado como uno de los múltiples factores desencadenantes en personas con en situación de mayor riesgo, debido a una serie de factores como rasgos de personalidad específicos, estilos cognitivos, vulnerabilidad biológica y asociación con otras comorbilidades.

Su relevancia se ha visto especialmente acentuada durante el confinamiento más estricto, que se inició en marzo de 2020. De hecho, las nuevas tecnologías sirvieron como estrategia para regular el estrés, la frustración por la situación, el aburrimiento, etc. De ahí el incremento tan significativo del uso de pantallas y dispositivos móviles. Si bien, es indudable que gracias a las nuevas tecnologías se pudo mantener la actividad social (aunque virtual), laboral (teletrabajo), compras y demás, todos estos cambios tuvieron un impacto en múltiples esferas de la vida de las personas que no siempre fueron positivos, como en el caso de los TCA.

En relación con el abordaje clínico de los trastornos de la alimentación, ¿qué papel juega el psicólogo y qué programas de tratamiento psicológico se consideran más eficaces, de acuerdo con la evidencia disponible? ¿Qué técnicas novedosas han surgido en los últimos años en este campo de intervención?

El papel del psicólogo en el abordaje de los TCA es crucial. A menudo, puede pensarse de forma equivocada que los TCA son problemas básicamente relacionados con la comida, cuando los conflictos emocionales, las distorsiones cognitivas, los aspectos relacionales (tanto con la familia como a nivel social), factores individuales como rasgos de personalidad, baja autoestima, etc. tienen un papel central en el desarrollo y mantenimiento de estos trastornos.

Lejos quedan aquellos programas de tratamiento basados, únicamente, en la recuperación de peso, a partir de estrategias relacionadas con el refuerzo o su retirada. Estos abordajes han quedado obsoletos demostrándose que, si no existe un trabajo psicológico intensivo asociado, la estabilidad clínica y la normalización del peso se mantiene únicamente a corto plazo.

Por tanto, el énfasis en los aspectos motivacionales, toma de decisiones, aprendizaje de estrategias de regulación emocional, intervención cognitiva, y manejo de conflictos familiares, son objetivos importantes en un programa de tratamiento dirigido a los TCA. En estos momentos, además, herramientas complementarias como los serious games, diseñados específicamente para mejorar la identificación de emociones, regulación emocional y autocontrol, la realidad virtual y estrategias de rehabilitación cognitiva, están demostrando resultados positivos.

Si bien en trastornos mentales, el rol del psicólogo clínico es crucial, lo es más en los casos de TCA. Por supuesto, en los TCA es imprescindible el trabajo del psicólogo. A menudo las complicaciones médicas, que suelen tener estos y estas pacientes (especialmente en Anorexia nerviosa, pero también en Bulimia nerviosa), pueden llevar a pensar, equivocadamente, que el papel del psicólogo es de menor importancia y que, de nuevo, lo fundamental es la recuperación de peso y la estabilización somática. Sin poner en duda estas cuestiones, por supuesto, podemos afirmar que, sin el trabajo del psicólogo, la posible mejoría clínica de estas variables es más que transitoria, en caso de conseguirla.

Un trabajo multidisciplinario, en el que estén involucrados distintos especialistas (psicólogos, médicos, enfermería, trabajadores sociales, etc.), se hace claramente necesario.

¿Podría describirnos brevemente cómo se diseña una intervención psicológica en este ámbito?

La intervención integra distintas técnicas y componentes y puede llevarse a cabo en formato grupal (abierto o cerrado) o individual, dependiendo de las características específicas de cada paciente, en la línea de la terapéutica personalizada. En ocasiones, el tratamiento podrá realizarse de forma ambulatoria, pero en otras será necesaria la asistencia a un hospital de día, dónde las pacientes puedan realizar distintos tipos de terapias a lo largo del día, además de las comidas y, en casos más graves, se requerirá un ingreso hospitalario. Pero en cada una de estas fases de tratamiento, en función del estado clínico de cada paciente, el psicólogo deberá tener un papel central.

Como experto, ¿cuáles son los retos futuros para tratar estos trastornos?

Seguir innovando en la búsqueda de endofenotipos hormonales, endocrinos y neurocognitivos, identificando fenotipos clínicos y de personalidad y desarrollando estrategias terapéuticas en base a estos hallazgos. Sin duda, cada paciente necesita un tratamiento específico y debemos seguir trabajando, como psicólogos, para desarrollar los programas más adecuados y eficaces. Siempre, claro está, basándonos en las evidencias y en la investigación.

Es fundamental validar los programas que utilizamos, para mejorarlos y para complementarlos con estrategias coadyuvantes, como pueden ser las intervenciones a través de las nuevas tecnologías.

Para finalizar, ¿le gustaría añadir algún otro comentario?

Mi comentario se dirigiría a las familias para transmitirles la importancia de la comprensión y del soporte, pero también de cuidarse a sí mismas. A menudo, los TCA son tan devastadores para la persona que los padece, pero también para sus familias, que amenazan las relaciones y la estabilidad de todos los miembros. Cuando esta situación sucede, el sufrimiento aumenta y la capacidad de acompañar en el proceso de recuperación se resiente. Por tanto, cuidémonos todos, pacientes, familiares y también terapeutas. Es la mejor forma de afrontar un TCA.

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