Para la gran mayoría de personas con síntomas de COVID-19 persistente debe prevalecer la atención centrada exclusivamente en el equipo de atención primaria (AP), con un abordaje integral y con visión biopsicosocial, y con el apoyo de profesionales como los de salud mental, los de los servicios de rehabilitación y los de trabajo social cuando sea necesario.

Así lo afirma el Servei Català de Salut del Departament de Salut de la Generalitat de Catalunya, en una guía a través de la cual se pretende consensuar la atención integral a las personas que presentan síntomas persistentes de COVID-19 con el fin de mejorar la calidad y la equidad en su atención.

El documento ha sido realizado por un amplio grupo de profesionales de la salud mental -entre ellos, psicólogos/as clínicos/as-, y ha contado con la participación de diversas sociedades científicas, el área asistencial del Servicio Catalán de la Salud, la Secretaría de Atención Sanitaria y Participación, la Dirección estratégica de Atención Primaria y Comunitaria y el Colectivo de afectadas y afectados persistentes por la COVID-19.  

Foto: cottonbro Fuente: pexels Fecha descarga: 28/12/2021

Según se estima en algunos estudios, superada la fase aguda del coronavirus (que suele durar un máximo de 15 días en casos leves o moderados y es más larga en personas hospitalizadas), hay un porcentaje notable de pacientes (entre un 10% y un 20%) que presentan síntomas persistentes de la infección. De acuerdo con los autores de la guía, estas personas son, principalmente, mujeres de edad media y representan un problema de salud emergente, ya que estos síntomas pueden ocasionar un fuerte impacto sobre la calidad de vida”. Asimismo, pueden verse afectadas personas jóvenes sin enfermedad previa alguna. Sin embargo, a pesar de toda la información publicada sobre la evolución de la enfermedad en su fase aguda, el texto señala que el pronóstico a largo plazo de la COVID persistente es desconocido y sus síntomas pueden ser muy variados y fluctuantes, y agruparse en una misma persona. Algunos autores alertan además sobre las posibles implicaciones psicológicas y psiquiátricas posteriores a la pandemia vírica.

Tal y como indica la guía, los síntomas persistentes “pueden afectar en distinto grado a la capacidad de las personas para desarrollar sus actividades de la vida diaria, incluyendo las de ocio y las laborales”. Así, la tipología y la intensidad de los síntomas, junto con el tipo de actividad laboral que se desempeñe, condicionan la posibilidad de volver al trabajo habitual. Dado que las personas afectadas por COVID persistente no pueden considerarse curadas, es esencial evaluar de forma individual la limitación que pueden provocar los síntomas y llevar a cabo una adaptación de la actividad laboral dentro de la empresa o un progresivo retorno a la actividad laboral.

Teniendo en cuenta la escasa evidencia científica existente y la falta de tratamientos específicos en la actualidad, el propósito de esta guía es aportar una visión consensuada y conjunta, integrando la perspectiva de las personas afectadas y de diferentes profesionales y niveles de atención a las personas sintomáticas en fase no aguda de la COVID-19.

En esta línea, recomienda una atención centrada exclusivamente en el equipo de atención primaria (AP), con un abordaje integral y con visión biopsicosocial, y con el apoyo de profesionales como los de salud mental, los de los servicios de rehabilitación y los de trabajo social cuando sea necesario. A este respecto, considera trascendental que el contacto entre profesionales de todos los niveles asistenciales sea ágil y bidireccional, a través de todos los canales de comunicación -ya sea vía telemática o por visita presencial-, siendo necesario homogeneizar la actuación de los profesionales de nuestro sistema de salud, en aras de garantizar que las personas afectadas sean atendidas con los medios disponibles necesarios.

El documento pone de relieve cómo en el contexto actual, diversos estudioshan evidenciado un aumento de “trastornos de ansiedad y depresivos, así como otros trastornos del mismo espectro ansioso-depresivo, pero menos prevalentes, como, por ejemplo, el trastorno por estrés agudo, el trastorno por estrés postraumático, el duelo complicado y la agorafobia”. De igual modo, se ha detectado un incremento de alteraciones emocionales diversas “sin criterios suficientes para cumplir con un diagnóstico psiquiátrico, pero sí con una repercusión significativa sobre el funcionamiento habitual de la persona”.

En palabras de sus autores, las consecuencias emocionales y de salud mental derivadas de la pandemia “deben entenderse, mayoritariamente, como reacciones adaptativas”, y, concretamente, los efectos de la COVID-19 en la salud mental, “como los que puede causar cualquier enfermedad crónica sobre el estado emocional de la persona afectada”.

Las principales alteraciones psicológicas y psiquiátricas posteriores a la infección recogidas en distintos estudios sobre infecciones provocadas por las formas de coronavirus de los últimos años (SARS, MERS, SARS-CoV-2) son, según la guía, trastornos del sueño, recuerdo frecuente de eventos traumáticos, labilidad emocional, alteración de la concentración o atención y de la memoria, fatiga, irritabilidad, ansiedad, presión en el habla, euforia, estado de ánimo deprimido, ideas de acoso, alucinaciones auditivas, autolesiones, agresión y confusión.

Concretamente, en relación con los síntomas cognitivos, se cuenta con numerosos datos que confirman la afectación cognitiva en pacientes que han superado el coronavirus. A modo de ejemplo, un estudio prospectivo llevado a cabo en el Reino Unido, aún en revisión, indica que estos/as pacientes presentan puntuaciones más bajas en pruebas de lógica, resolución de problemas, orientación espacial, atención y memoria de trabajo y procesamiento de emociones que los controles que no han sufrido la enfermedad. Otro estudio realizado con pacientes con COVID-19 moderados y leves, “en su mayoría jóvenes, sin condiciones cognitivas previas y que se recuperaron sin complicaciones”, muestra que sus resultados son significativamente más bajos en pruebas de memoria a corto plazo, atención y lenguaje en comparación con controles que no han pasado la enfermedad. Cabe señalar que los resultados en estas pruebas “no se relacionan con las puntuaciones en escalas de depresión ni fatiga”.

Con respecto a las quejas cognitivas en personas con COVID persistente, un 25-30% de aquellas que han necesitado ingreso hospitalario y un 10-20% que no han requerido ingreso, revelan síntomas relacionados con problemas cognitivos (dificultad de concentración, falta de memoria, lentitud mental, niebla mental, fatiga mental, etc.).

La guía destaca la importancia de que se realice una evaluación neuropsicológica completa a todas las personas que refieren síntomas cognitivos, con el fin de caracterizar y cuantificar el problema cognitivo. En este sentido, subraya que “los test de cribado cognitivo (Montreal Cognitive Assessment [MOCA], Minimental State Examination, test del reloj, Pfeiffer, test de fluencia verbal, etc.) son poco sensibles para detectar alteraciones cognitivas en este tipo de pacientes”.

El documento recoge una serie de signos de alerta de riesgo de problemas de salud mental en pacientes con COVID persistente, tales como la alteración de la conciencia y de la capacidad de juicio, antecedentes psicopatológicos personales, antecedentes biográficos de abuso o atención negligente, muerte de familiares de primer grado por COVID-19, ausencia de apoyo psicológico y social adecuado, insomnio, cambios de conducta o ideación suicida y percepción de poca capacidad de autocontrol.

Para los autores de la guía la elevada tasa de síntomas cognitivos y emocionales persistentes, “que indican alteraciones en el ámbito de la conducta, alteraciones de la afectividad y alteraciones de la capacidad de juicio de la realidad”, tiene tres posibles explicaciones:

  • La relación entre la respuesta inflamatoria en el sistema nervioso central asociada a infecciones víricas, con sintomatología depresiva y ansiosa, además de otros síntomas neurológicos.

  • Las repercusiones emocionales derivadas de la situación de pandemia, que consecuentemente impactan en la salud mental, constituyendo, en su mayoría, reacciones adaptativas.

  • Existen determinadas enfermedades médicas como, por ejemplo, las alteraciones alteraciones endocrinológicas (hipotiroidismo o hipertiroidismo, hipogonadismo, etc.), la anemia o la hipovitaminosis (vitamina D, vitamina B, etc.), que pueden cursar con alteraciones que parecen de origen psicológico o psiquiátrico, y estos mismos síntomas psicológicos se pueden encontrar en pacientes que han sufrido el coronavirus y/o secundarios a algunos de los tratamientos que se utilizan en el contexto de la COVID-19.

Atendiendo a lo expuesto, propone un abordaje terapéutico desde atención primaria, realizando un seguimiento continuado. Una vez descartada causa médica, la guía recomienda derivar al paciente al equipo de salud mental del Programa de colaboración con la atención primaria, siendo los psicólogos clínicos del equipo quienes realicen el cribado y la derivación del caso al recurso terapéutico procedente según su valoración y en función de una serie de criterios:

  • Los/as pacientes con problemas emocionales y factores de riesgo psicopatológico y aquellos/as con criterios de trastorno mental recibirán tratamiento por parte del equipo de salud mental del Programa de colaboración con la atención primaria.

  • Se valorará si aquellos/as pacientes con estados emocionales «reactivos» y sin factores de riesgo y sin criterios diagnósticos de ningún trastorno, siguen sólo un control y seguimiento por el equipo del Programa de colaboración con la atención primaria o participan en una intervención psicológica grupal breve orientada al aprendizaje de estrategias para el bienestar emocional.

  • Los/as pacientes con problemática emocional derivada de factores socioeconómicos tendrán que derivarse a los recursos sociales.

Se puede acceder directamente a la guía a través del siguiente enlace:

Guia clínica per a l’atenció de les persones amb símptomes persistents de COVID-19

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