PSICOPATÍA: MITOS Y REALIDADES DE UN RIESGO SOCIAL

24 Oct 2011

José Manuel Muñoz Vicente – Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad de Madrid

La psicopatía es un grave trastorno de la personalidad desvirtuado en gran medida por la imagen trasmitida desde el cine y la literatura. Aunque estos individuos por su disfuncional dinámica psicológica tienen alta probabilidad de entrar en colisión con el Sistema de Justicia, psicopatía no es sinónimo de criminalidad y es más probable que un psicópata abuse de nuestra amistad o nos amargue en el trabajo que nos desmiembre y nos guarde en su frigorífico. Esa visión del psicópata como asesino desalmado dificulta que reconozcamos a los que de forma habitual interactúan con nosotros en el día a día. En cualquier caso, el riesgo de sufrir daño en la relación con estas personalidades es muy elevado.

Los psicópatas son sujetos que interpretan el mundo a través de esquemas mentales distorsionados y un sistema emocional desajustado, con escasa capacidad para aprender de su experiencia, lo que hace que yerren reiteradamente en su adaptación al medio. La biografía de estos sujetos está repleta de descalabros vitales: quiebras económicas, accidentes de tráfico, problemas de salud, infracciones legales, etc. En contra de la imagen difundida, este funcionamiento de personalidad patológica aboca más al fracaso que al éxito social.

Su pensamiento se caracteriza por una sensación grandiosa de autovalía y de omnipotencia que les lleva a plantearse metas de futuro poco realistas y a realizar erróneas valoraciones costes/beneficios de sus acciones. Embriagados por esta dinámica mental es poco probable que puedan mantener algunos logros alcanzados mediante el engaño. Tienen una visión egocéntrica del mundo, siendo la satisfacción de sus objetivos la principal motivación de estos individuos. No entienden valores y normas sociales como la ayuda al prójimo o el sacrificio personal por el bien colectivo. Conciben el mundo como una lucha constante por alcanzar el triunfo y el poder, mostrándose suspicaces y desconfiados frente a los otros en la jungla de la vida. 

En el plano afectivo-emocional, hay extensa investigación neuropsicológica que apunta a desajustes estructurales y funcionales en el cerebro de estos individuos (afectación en el córtex frontal, ventromedial y mecanismos límbicos) que dificultan su socialización a través del castigo (baja temeridad) y les incapacita para experimentar las emociones ajenas (falta de empatía), lo que permite la expresión de conductas violentas severas, aún en presencia de signos de sufrimiento en las víctimas. Además, estos individuos tienen problemas para el manejo de la ira con explosiones violentas de escalada imperceptible derivadas de la escasa tolerancia a la frustración y de la hipersensibilidad hacia lo que interpretan como ataques a su persona. En otras ocasiones, esas expresiones de ira son una mera herramienta para controlar y someter al otro sin que realmente estén experimentando la activación psicofisiológica de dicho estado emocional. El remordimiento por sus conductas es nulo en estos sujetos apareciendo todo tipo de pensamientos dirigidos a justificar su comportamiento.

En sus relaciones interpersonales, los psicópatas muestran un estilo impositivo con establecimiento de relaciones de poder y control sobre los demás. Sus vínculos personales carecen de afectividad y tienen un carácter meramente instrumental respecto a la consecución de sus objetivos. Para lograr sus fines, junto con la desinhibición en el uso de la coacción, la amenaza o la violencia física, el psicópata utiliza sus dotes manipuladoras y la mentira. Esta habilidad, en ocasiones, es erróneamente confundida con una elevada inteligencia en estos sujetos. La enorme seguridad en sí mismo que trasmite, su virtuosidad en el manejo del engaño y la facilidad para detectar la vulnerabilidad de sus víctimas le convierten en un eficaz depredador social.

Su disfuncional estilo de vida, se va a caracterizar por su sensibilidad a regularse principalmente por las señales de recompensa y por la gratificación inmediata, mostrándose desmotivados para todas aquellas actividades que requieran de un esfuerzo continuado, de ahí su propensión a la delincuencia (lucrativos beneficios, bajo coste y recompensa contingente). Su necesidad de estimulación y tendencia al aburrimiento les dificulta para tolerar las actividades rutinarias o mantener la atención para aquello que no tiene un interés inherente para ellos, siendo sujetos inconstantes y volubles en sus planteamientos de futuro. Socialmente, los psicópatas son incapaces de asumir los compromisos adquiridos, mostrándose irresponsables en las distintas áreas de su vida: laboral (absentismo, violación de las normas éticas y deontológicas en su ejercicio profesional, despreocupación por la ejecución de su trabajo, incumplimientos de contrato, etc.), familiar (negligencia en el ejercicio de su función parental, en la aportación de apoyo financiero, infidelidades, etc.), personal (excesos en la ingesta de tóxicos, despreocupación por su seguridad, falta de adherencia a prescripciones facultativas, etc.) y social (incumplimiento de acuerdos contractuales, de préstamos bancarios, etc.).

La conducta delictiva, cuando aparece en el psicópata, suele ser de inicio precoz, versátil, resistente al cambio y con alta posibilidad de componente violento en su expresión. Los psicópatas tienen el doble de probabilidad de reincidencia delictiva y el triple de reincidencia violenta respecto a otro tipo de delincuentes. Estas características criminológicas les abocan a un tratamiento jurídico-penal basado únicamente en el aspecto punitivo de la pena, de escasa eficacia rehabilitadora, desatendiéndose la vulnerabilidad clínica que presentan. Los delincuentes psicópatas se convierten así en un reto para la política criminal actual, que debiera dirigir sus esfuerzos a la búsqueda de programas de intervención y de prevención eficaces.

La amplia evidencia científica sobre la base biológica del trastorno psicopático de personalidad no quiere decir que estos sujetos estén irremediablemente determinados al delito. Un esfuerzo colectivo en el proceso socializador de estos individuos podría modular su vulnerabilidad biológica y evitar severas desadaptaciones sociales. Valores ensalzados por la sociedad actual como el fomento del individualismo, la meta del triunfo social a toda costa, la búsqueda del refuerzo inmediato y la huida del compromiso y la responsabilidad deberían ser revisados si queremos no solo prevenir la psicopatía sino evitar su encumbramiento como modelo de éxito social que conllevaría un elevado coste para la convivencia en armonía.

El artículo original al que pertenece esta noticia puede encontrarse el la revista Anuario de Psicología Jurídica:
Muñoz Vicente, J. M. (2011). La psicopatía y su repercusión criminológica: un modelo comprehensivo de la dinámica de la personalidad psicopática. Anuario de Psicología Jurídica, 21, 57-68.

Sobre el autor:

José Manuel Muñoz Vicente. Es psicólogo forense del Tribunal Superior de Justicia de la Comunidad de Madrid. Especialista Universitario en Criminología por la UCM. Coordinador de la Sección de Psicología Jurídica del COP Madrid. 

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