José Antonio Echauri Tijeras1, Javier Fernández Montalvo2, María A. Martíinez Sarasa1 y Juana M. Azcárate Seminario1
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PSIMAE Instituto de Psicología Jurídica y Forense y (2) Universidad Pública de Navarra

En este artículo se ha llevado a cabo una descripción de los trastornos de personalidad que aparecen con mayor frecuencia en una muestra de 217 hombres maltratadores hacia sus parejas. Todos ellos forman parte de un programa de tratamiento especializado, que es desarrollado por PSIMAE Instituto de Psicología Jurídica y Forense, y dirigido por el Servicio Social de Justicia del Gobierno de Navarra. Todos los participantes completaron el MCMI-II en el transcurso de la evaluación pretratamiento. Asimismo, se llevo a cabo una comparación en las variables de personalidad estudiadas entre los agresores con suspensión de condena (N = 137) y aquellos que cumplían sentencia en prisión (N = 80).

El objetivo principal del presente estudio ha sido conocer el perfil específico y diferencial en cuanto a trastornos de personalidad entre agresores que están cumpliendo una medida de suspensión de condena y agresores que están cumpliendo su condena en prisión. Este objetivo es relevante debido a la ausencia de estudios en este sentido. La hipótesis de partida es que los maltratadores en prisión presentan un perfil más grave de personalidad, con puntuaciones superiores en el MCMI-II, frente a los que acuden al programa ambulatorio de suspensión de condena. Si esto es así, en una fase posterior se deberían diseñar programas de tratamiento específicos y adaptados a las características de estos sujetos. 

Desde un punto de vista legal, la decisión que toma un juez en relación con el maltratador en los casos de violencia de género obedece, fundamentalmente, a la gravedad de la conducta desarrollada por el agresor, así como a la gravedad de la sentencia impuesta. No existen, habitualmente, criterios psicológicos para decidir si el mejor lugar para la reinserción de un agresor de este tipo es acudir a un programa de intervención tras una suspensión de condena o a un programa de intervención dentro de prisión. Qué duda cabe que, además de razones judiciales, es importante tener también criterios psicológicos adecuados para evaluar la conveniencia de comenzar un tipo de programa u otro. Por ello, el estudio del perfil diferencial entre los agresores que están hoy en día en prisión por un delito de violencia de género y aquellos que forman parte de los programas de tratamiento tras una suspensión de condena puede contribuir a este campo.

Los resultados obtenidos muestran la presencia de una alta tasa de trastornos de personalidad entre los agresores estudiados. En concreto, el 79,3% de los sujetos de la muestra presenta un trastorno de personalidad (casi 8 de cada de 10). Esta cifra es sin duda muy elevada, pero coincide con las obtenidas en otros estudios previos desarrollados tanto en nuestro país (Fernández-Montalvo y Echeburúa, 2008) como en el ámbito internacional (Hart, et al., 1993).

El análisis de los trastornos de personalidad concretos más prevalentes en la muestra pone de manifiesto la importancia que tiene el trastorno compulsivo de la personalidad en ambos grupos (presente en el 61,3% de la muestra total), seguidos a gran distancia del trastorno paranoide (30%) y del trastorno dependiente de la personalidad (28,1%). La relevancia de este trastorno en agresores a la pareja se ha puesto ya de manifiesto en estudios previos con el MCMI-II (Fernández-Montalvo y Echeburúa, 2008). Las características de este trastorno de personalidad se relacionan con la presencia de una conducta muy controlada y perfeccionista. Se trata de personas hiperexigentes en su entorno cercano, con gran temor a la desaprobación social y que utilizan muchos mecanismos de defensa para justificar sus actos o conductas. Asimismo, tienen una gran dependencia externa y manifiestan una gran dificultad para la expresión de los sentimientos. Todas estas características coinciden con las conductas observadas en los hombres maltratadores que acuden a consulta. Por tanto, se abre aquí una línea de estudio para el futuro. No obstante, este trastorno no aparece de forma tan relevante en muestras anglosajonas, por lo que las limitaciones del instrumento de evaluación o la influencia cultural pueden estar relacionadas con estos resultados.

Por lo que se refiere a la comparación de ambas submuestras, los sujetos que se encuentran en prisión presentan un perfil de personalidad más grave (mayor puntuación en todas las escalas del MCMI-II) que los agresores que participan en los programas de suspensión de condena. Además, se observan diferencias significativas en algunos trastornos de personalidad concretos (esquizotípico, límite y paranoide), con una mayor presencia en los agresores en prisión. Probablemente, algunas características del entorno carcelario, que acrecientan todavía más la suspicacia y los componentes paranoicos debido a una convivencia interna más tensa y agresiva, puedan contribuir a ello. En cualquier caso, se trata de una mera hipótesis que requiere una comprobación empírica.

En conclusión, la gravedad y la alta tasa de los trastornos de personalidad parece estar relacionada con la mayor gravedad del maltrato y, por tanto, con el ingreso en prisión. Parece necesario, por tanto, tener en cuenta la presencia de alteraciones de personalidad en la evaluación clínica de los maltratadores, identificar subtipos específicos de agresores y desarrollar programas de evaluación e intervención adaptados a las características específicas que presentan los agresores que cumplen condena por violencia de género (Ross y Babcock, 2009).

Referencias: