Nathalie P. Lizeretti1,2 y Ana Rodríguez3

1 Consorci Sanitari del Maresme. Mataró
2 Universidad Ramón Llul. Barcelona
3 CIDIE. Centro de investigación y Desarrollo de la Inteligencia Emocional

Entre los trastornos de ansiedad fóbicos, el trastorno de pánico con agorafobia es el más frecuente en la clínica y el más incapacitante, tanto o más que otros trastornos psiquiátricos. Se caracteriza por un miedo patológico (desproporcionado, irracional y fuera del control voluntario) a un conjunto de situaciones diferentes como son centros comerciales, medios de transporte, cines, etc. Pero no son estas situaciones las que provocan la ansiedad, sino la valoración que la persona hace de ellas porque teme perder el control y enloquecer o morir. En la mayoría de casos, el pánico que experimentan provoca la evitación de las situaciones temidas dando lugar a la agorafobia, y en los casos más graves la persona puede llegar a quedar recluida en su domicilio. Esta enfermedad ocasiona, en las personas que lo sufren, un deterioro importante en su funcionamiento social y laboral, lo que afecta profundamente a su calidad de vida.

 

En la práctica clínica se observa que las personas que padecen trastornos de ansiedad tienen tendencia a experimentar las emociones desagradables de forma más intensa y a reaccionar negativamente o con ansiedad ante ellas, lo que dificulta que puedan gestionarlas de forma eficaz. La Inteligencia Emocional (IE) parece ser válida para identificar de forma precisa en qué consisten estas dificultades. Mayer & Salovey (1997) propusieron un modelo jerárquico en el que la IE se concibe como un conjunto de habilidades que permiten identificar, utilizar, comprender y regular los estados emocionales satisfactoriamente. Las personas emocionalmente inteligentes son más optimistas, están más satisfechas con la vida, por lo que tienen un mayor bienestar y ajuste psicológico. Por el contrario, las personas con una baja IE tienen más comportamientos autodestructivos y una peor salud mental y física. Por lo tanto, no resulta extraño comprobar que las personas que padecen algún tipo de trastorno mental tengan niveles de IE más bajos que la población general (Lizeretti et al., 2012).

En los pocos trabajos donde se ha estudiado la relación entre la IE y la presencia de trastornos de ansiedad, se ha observado que los pacientes con trastorno de ansiedad, tienden a prestar una atención excesiva a sus emociones, aunque se perciben menos capaces de identificar claramente estas emociones y de reparar de forma eficaz sus estados de ánimo negativos (Lizeretti & Extremera, 2011).

Con el propósito de seguir profundizando en el conocimiento acerca del papel que desempeña la IE en los distintos trastornos mentales, el objetivo que nos planteamos en este trabajo fue analizar la relación que se establece entre los factores de Inteligencia Emocional Percibida (IEP) y los síntomas clínicos en pacientes con agorafobia. La IEP hace referencia a la percepción que tiene la persona respecto a sus propias destrezas emocionales en función de tres factores: la atención que presta a sus emociones, la claridad con la que percibe y discrimina diferentes estados emocionales y la forma como los repara cuando son negativos y los mantiene cuando son positivos.

En este estudio se compararon pacientes diagnosticados de trastorno de pánico con agorafobia con un grupo control de personas sin psicopatología. Los resultados confirmaron que los pacientes tienen menos inteligencia emocional percibida. En concreto, se observó que prestan más atención a sus emociones y creen que son menos capaces de reparar sus estados emocionales. Esto podría deberse a que las personas con trastorno de pánico con agorafobia identifican las experiencias emocionales que les resultan desagradables como estímulos amenazantes, lo que aumentaría su activación fisiológica (frecuencia cardiaca y respiratoria, sudoración, etc.) y desencadenaría la reacción de huida que caracteriza a este trastorno. En este sentido, los resultados indican que la percepción de autoeficacia emocional está relacionada con la frecuencia de aparición de las respuestas psicofisiológicas de la ansiedad y el grado de temor experimentado ante las sensaciones corporales, que identifican como síntomas de enfermedad y no como parte de su naturaleza emocional.

En el estudio también pudimos comprobar que el bajo nivel de conocimiento que tienen los pacientes sobre sus propios estados emocionales está relacionado con la gravedad de los síntmomas de la agorafobia. Esta falta de conocimiento emocional les llevaría a recurrir a la compañía de otras personas como una estrategia de reparación emocional, lo que en muchas ocasiones desencadena situaciones de dependencia, que no hacen más que retroalimentar el síntoma agorafóbico.