Marino Pérez Álvarez

Catedrático de Psicología de la Universidad de Oviedo

Hace unos días nos dejaba el importante psicólogo José Luis Pinillos. Dada la relevancia de esta personalidad de la Psicología, a lo largo de los próximos días Infocop publicará una serie de artículos elaborados por compañeros de profesión y amigos,  que ofrecerán una reflexión en profundidad sobre la obra y la figura del desaparecido psicólogo.

Los medios de comunicación se han referido a José Luis Pinillos, con ocasión de su fallecimiento el día 4 de noviembre de 2013, como el padre de la psicología científica española. Dejando aparte que, a diferencia de la madre, el padre puede ser más de uno, como ocurre en el caso de la psicología científica española, donde se reconocen igualmente como padres a Mariano Yela y Miguel Siguán, también fallecidos, lo cierto es que Pinillos está en el origen y principio de la boyante psicología española contemporánea. La tentación insuperable que nos sirve la imagen de padres de la psicología fallecidos es la de quedar huérfanos. El reconocimiento que se les tributa supone que han dejado un legado. La cuestión sería ver qué han hecho y hacen los herederos con su legado y si, acaso, realmente han quedado huérfanos, por decir faltos de algo y especialmente de amparo, según definición del diccionario.

Que han dejado un legado, está claro, como se reconoce y se ve en el desarrollo alcanzado por la psicología española, entre las mejores de Europa, tanto en el ámbito académico y científico, como en el profesional, mejor por ejemplo que la psicología francesa, por citar a los vecinos más ricos.

José Luis Pinillos

Sin embargo, también es cierto que hay un desamparo de la psicología, huérfana de cosas que tenían los padres, formando parte de su legado. Esta orfandad se ve en la psicología académica importadora de tendencias de turno y en la científica que parece, más que nada, “trabajar para el inglés”, no ya por decir que hay que publicar en inglés (lo que es cierto y es así), sino en el sentido del dicho caribeño de trabajar para otros, por cuenta ajena, por publicar, a menudo sin gran cosa que aportar que aportaciones al propio currículo.

En vista de lo visto, cabe preguntarse, y es lo que hago yo en este recuerdo de Pinillos, cómo la psicología española ha percibido su legado. Quiere el idioma español que la palabra “percibir” tenga dos sentidos que convienen aquí: recibir y comprender. Tengo para mí que el legado de Pinillos se ha recibido bien y se ha comprendido mal, lo que valdría igualmente para Yela.

El legado de Pinillos se ha recibido bien en la medida en que ha influido en la renovación de la psicología académica y científica, poniéndola a la altura de su tiempo (como diría Ortega). No era inevitable que así fuera, como tenemos el ejemplo de Francia. El mero paso del tiempo no pone necesariamente a la altura de los tiempos. Así, se reconoce a Pinillos como un padre de la psicología científica española. Pero acaso no se ha comprendido bien, sino mal, su legado propiamente científico.

Lo que parece haberse recibido, como si fuera todo, es una noción metodologista de ciencia: como si el método ya hiciera ciencia y, para el caso, por utilizarlo uno ya fuera un científico de pro. Pero el método no hace ciencia. Para empezar, no existe el método científico universal que por usarlo, tomando uno abstractamente, típicamente de las ciencias naturales, convirtiera algo, sea por caso, la psicología, en ciencia y en científicos a quienes lo practican. Los hábitos científicos (por decir método), sean, por ejemplo, colectar datos y lanzar hipótesis, no hacen la ciencia, como el hábito no hace al monje.

La noción de psicología científica de Pinillos no empezaba por el método, ni se aferraba a él, sino que empezaba por el objeto. De hecho, lo que le preocupaba era el objeto de la psicología como ciencia. Lo del método era lo menos, no por de menos, sino porque estaría al servicio del objeto. Baste repasar el Epílogo de su magna obra Principios de Psicología (de 1975). Lástima que no publicara el libro prometido sobre “Historia y método de la psicología”.

Rápidamente dicho, después de las vueltas que le dio, a menudo, cara al público (en clases, conferencias y escritos, que algunos hemos tenido la suerte de estar allí), el objeto de la psicología no es otro que la conducta. Bien entendido que la conducta, como insiste, es siempre de un sujeto y por más señas de un sujeto situado y no haría falta insinuar que situado en algún contexto histórico-culturalmente dado. Se trata, por tanto, de una conducta significativa, intencional, que implica un estímulo o mejor, situación o mundo que se presenta configurado a la escala operativa del sujeto (no, por cierto, como información). Por su parte, el sujeto de la conducta es un sujeto propositivo, intencional, en el sentido en el que, según la fenomenología, la conciencia es siempre conciencia de algo (no conciencia pura, interior, mental). No se refiere a una propositividad o intencionalidad propulsora de la acción desde dentro, ni de una mente interior, ni de mecanismos sub-personales o impersonales (típicamente, procesamiento de información). La propositividad e intencionalidad, lo conscientes que sean, se entienden aquí como propiedades constitutivas del sujeto viviente, inherentes a la propia conducta. Se trata, como decía, de un sujeto situado, él mismo sujeto a las estancias circundantes (circunstancias), no un sujeto abstracto, cual estatua con antenas, puesto y presto a procesar información. La intención o el propósito es inherente a la conducta: que siempre es, insiste Pinillos, de un sujeto que, a su vez, siempre está en alguna situación. La conducta es de un sujeto situado en una situación, valga la redundancia por mor de la relación mutuamente constitutiva sujeto-conducta-situación. En esto andaban Pinillos y Yela.

Compárese en cómo acabó la psicología académica y científica al uso: sin sujeto, transmutado en mecanismos sub-personales e impersonales, sin conducta más que considerada como indicador “metodológico” de supuestos procesos de una maquinaria mental-cerebral (tal es la confusión reinante) y sin mundo convertido en información. En descargo de la psicología española y a pesar del legado recibido de los padres se habría de decir que esa psicología sin sujeto, sin conducta por derecho propio y sin mundo-de-la-vida propiamente, es la corriente dominante en el mundo, con marcada influencia norteamericana. Los padres de la psicología por más que estaban bien al tanto de la psicología americana estadounidense, su formación estaba marcada por la mejor tradición fenomenológica europea y ese era buena parte de su legado. Pero esa parte del legado no se ha transmitido, en parte, por el sino de los tiempos y, en parte, también, probablemente, por acomodación piagetina a los tiempos, como si dijéramos que los “padres” se conformaban con que los “chicos” hicieran psicología científica de la que se lleva. Y desde luego, no lo podían hacer todo. Tampoco tenían por qué ser intrépidos, como lo seríamos otros, si bien rebeldes con causa. El caso es que esa perspectiva fenomenológica (subjetivo-conductual-contextual) se echa en falta hoy y de hecho se reivindica en psicología clínica y es la salvación que le queda a la psiquiatría de su colapso cerebrocentrista.

Por otro lado, pero acorde con la indagación y dilucidación del objeto de la psicología, Pinillos no tenía una concepción positivista, meramente empirista de la psicología. Una concepción positivista, como la dominante en psicología, es una que da primacía a los datos—experimentales o estadísticos—para, a partir de ellos, inferir modelos (que por lo común no merecerían el título de teorías) desde los cuales deducir hipótesis lanzadas a pescar datos a su medida, dando lugar a modelos estancos en circuito cerrado tipo nubes – lluvia – agua – evaporación – nubes. Las nubes serían los modelos (nubes de ellos), la lluvia serían las hipótesis (una lluvia de ellas en cada estudio), el agua serían los hallazgos publicados (ríos y mares) y la evaporación sería el aggiornamento (por utilizar una palabra del Vaticano) del modelo de turno para seguir lloviendo hipótesis. Muchos reconocerán que éste es el sistema para solicitar proyectos subvencionados.

Por el contrario, Pinillos tenía una concepción de ciencia, desde luego postpositivista, seguramente tipo patrones de descubrimiento, donde las observaciones cobran sentido a la luz de las explicaciones. Cuántas veces hemos oído decir a Pinillos aquella célebre fórmula de Kant según la cual, parafraseada para el caso, los datos sin conceptos son ciegos y los conceptos sin datos vacíos. Pero no se trata de un lugar común, con la que cualquiera se podría identificar, porque está fórmula está concebida de acuerdo con una perspectiva hermenéutica de la conducta, que se opone tanto al empirismo como al racionalismo. La perspectiva hermenéutica no estudia sistemas de relaciones abstractas ni procesos mecánicos, sino relaciones significativas de las actividades prácticas cotidianas, dadas en el mundo de la vida. Esta hermenéutica no vive sólo de conocimientos servidos por la propia psicología, sino también de conocimientos extra-psicológicos, empezando por la historia cultural, la filosofía, la literatura, etc. Como varias veces hemos oído de Pinillos, el que sólo sabe psicología, ni psicología sabe. Su psicología científica contaba con conocimientos y saberes que no se reducían a la psicología, pero es que la psicología está en todo lo humano y nada de lo humano le es ajeno.

Pinillos tenía muy presente la bifurcación de la psicología, ya desde Wundt, como padre de la psicología experimental y de la psicología de los pueblos. El objeto de la psicología (la conducta de los sujetos) y el método (observación, explicación y hermenéutica) son aplicables a ambas psicologías, de acuerdo a sus contextos: laboratorio o mundo histórico. Los sujetos humanos en los laboratorios de psicología experimental no están exentos de la “psicología diferencial” que, por así decir, llevan puesta del mundo de la vida. Es seguramente por esta condición de sujetos del mundo de la vida por lo que es tan difícil la replicación de resultados experimentales. Por su parte, los pueblos, con su historia, instituciones y cultura, no dejan de ser grandes laboratorios naturales, con sus condiciones experimentales, donde hacer psicología científica, como sería la psicohistoria que Pinillos cultivó en los últimos tiempos. Así, llegó a ver la “condición postmoderna” como un laberinto que, acaso, pudiera albergar las razones del corazón que la razón burocrática y cientificista no entienden (El corazón del laberinto).

Personalmente, Pinillos combinaba a la vez, como pocos, el estilo académico y mundano. Como profesor, ofrecía conocimientos y sabiduría (no información como la mayoría) y no necesitaba parapetarse en la formalidad. Te podía citar en su casa, si venías de provincias. Al ver su mesa llena de papeles y lo ocupado que estaba, él mismo te tranquilizaba: “no te preocupes, Piaget tenía cartas sin abrir desde 1940”. Te podía presentar a su mujer como su “superego”. Se te adelantaba cuando le contabas el diseño de tu experimento: “así que aplicaste el ‘método Marcelino’”, como desde luego no era eso lo que había aplicado, decías titubeando, por si acaso era algo que debieras saber, ‘pues no, no, exactamente…’ “¿No recuerdas el anuncio de chocolate en el que se presenta un niño pálido, toma el chocolate del anuncio y aparece después muy mejorado?” Eso era exactamente lo que había hecho en la tesina. Cuando le decías que no habías resuelto algo (según el ímpetu juvenil te llevaba a soluciones totales), te podía decir: “Sería sospechoso que lo dejaras todo resuelto”. Trataba a los alumnos como si fueran más listos que lo que tal vez eran y así es probable que algunos al menos lo terminaran siendo.

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