Juan B. Fuentes

Catedrático de Antropología Filosófica de la Facultad de Filosofía de la UCM

Tras la muerte del José Luis Pinillos, importante figura de la Psicología, Infocop viene publicando diversos artículos elaborados por compañeros y amigos, para recordar y profundizar sobre su obra y su persona. En esta ocasión, Juan B. Fuentes nos describe algunas vivencias personales y profesionales con Pinillos, y esboza interesantes ideas sobre su obra y reflexiones.

No me es fácil esbozar una breve semblanza de José Luis Pinillos, y menos aún a los pocos días de su fallecimiento. Por un lado, la complejidad de su figura intelectual y humana no se deja ciertamente comprimir en unas pocas páginas, y además, en mi caso, una cierta conciencia que creo tener de dicha complejidad, unida a un profundo sentimiento de gratitud y de afecto, hacen que se me agolpen desordenadamente las ideas y los recuerdos, siempre afectivamente cargados, antes de ponerse en el orden lógico mínimo imprescindible para poder empezar a ser puestos por escrito.

Empezaré por decir esto: que conocí a Pinillos en el curso 1974-75 como profesor de la asignatura de Psicología de mi tercer año de licenciatura y primero de la especialidad en Filosofía de la antigua Facultad de Filosofía y Letras de la UCM, que fue entonces cuando él me pidió que me quedara en su departamento como profesor cuando terminara mi licenciatura y que así lo acabé haciendo, y que desde entonces hasta que dejara la Universidad, creo recordar que en torno al año 1994, tras su continuación como profesor emérito posterior a su jubilación en 1988, permanecí a su lado, colaborando con él, siempre en la Facultad de Filosofía, mientras me doctoraba en Filosofía y proseguía mi carrera académica como profesor de Psicología.

José Luis Pinillos

Unos veinte años por tanto de proximidad, aprendizaje y colaboración académicas, y también ciertamente personales, que creo que me permitieron alcanzar algún conocimiento y estimación de su personalidad intelectual y humana.

Y es desde dicho conocimiento desde el que me gustaría destacar aquí un par de rasgos de la figura de José Luis Pinillos, de su “genio y figura” preferiría decir. Pero debo en todo caso y ante todo comenzar por señalar que lo que yo pueda decir aquí de José Luis Pinillos es desde luego el resultado mi propia perspectiva personal, que no tiene naturalmente por qué coincidir por entero con otras posibles, ni excluirse con ellas,  aunque tampoco tiene por qué ser necesariamente acorde con todas ellas. Y lo que de dicho “genio y figura” quisiera especialmente recordar son como decía, estas dos notas.

En primer lugar, dos palabras sobre su personalidad como universitario. Llevo ya cumplidos cuarenta y tres años en la Universidad, que ya empiezan a ser algunos años, y puedo asegurar que no he conocido nunca a una persona que, como Pinillos, fuese más inmune al virus burocrático que cada vez más ha ido infectando la Universidad (hasta literalmente deshacerla, sin exageración de ningún género), y a la vez estuviese más ejemplarmente dedicada a lo que de verdad constituye (constituía, ya se entiende) el espíritu universitario, que es una cosa tan sencilla como el estudio constante y aplicado, y la entrega generosa a la docencia. Quizás la siguiente anécdota pueda ser al menos tan significativa como cualquier otra consideración. Durante los dos últimos cursos de mi licenciatura disfruté de una “beca de colaboración” para trabajar en su departamento (que entonces se llamaba, en nuestra Facultad, Unidad departamental de Psicología y Antropología), que fue mi primer paso académico-administrativo para mi ulterior instalación como ayudante de Pinillos en dicho departamento. Al obtener mi beca, me dirigí naturalmente a él para preguntarle cuáles debían ser mis obligaciones y horarios como becario, y Pinillos, con ese punto de humor e ironía tan sabios que nunca olvidaré, me espetó algo muy parecido a lo siguiente: “Mira –me dijo-, aquí (y “aquí” era la Facultad y en general la Universidad) hay dos tipos de gente, los que hacen pasillo y los que se dedican a estudiar. Los que hacen pasillo ya se ve que no tienen mucho interés ni tiempo para estudiar, y los que se dedican a estudiar no tienen ni tiempo ni interés en hacer pasillo. Así es que, como a ti te gusta estudiar, por aquí (y en este caso “aquí” se refería al edificio mismo de la Facultad y a las habitaciones del departamento), lo menos posible: lo necesario, cuando seas profesor,  para dar las clases y atender a los alumnos, y el resto del tiempo, en casa, estudiando”. “Eso sí –añadió-, si tienes algún tiempo, nos podías ir ayudando a ordenar y fichar un poco los libros de la biblioteca del departamento, que la tenemos un poco desordenada (una biblioteca magnífica, por cierto, debida muy especialmente a su preocupación y esfuerzo), pero con total libertad de horarios, cuando buenamente puedas”. Ése era José Luis Pinillos: una persona que huía, como de la peste, de toda rigidez administrativa, y que a la vez era capaz de quedarse hablando, con toda naturalidad, con cualquier estudiante –aconsejándole, indicándole y comentándole bibliografía, y también sabiéndole escuchar-, por ejemplo a la salida de clase, o en medio de un pasillo, por un tiempo indefinido, el que fuera  preciso, hasta el punto de invitarle llegado el caso a entrar en su despacho para seguir hablando, y ello sin necesidad de tener previamente prefijada ninguna cita. Ya se ve, claro está, que eran otros tiempos, otra Universidad, y, en el caso de profesores como Pinillos, otro tipo de profesores.

Y ahora dos palabras sobre un asunto más complejo y delicado, el de la personalidad intelectual de Pinillos como psicólogo. Sin duda que es cierto el lugar común, estos días tantas veces repetido, que señala a Pinillos, junto a Yela y Siguán, como los “fundadores” de la llamada “Psicología científica” (y universitaria y profesional) en España, o bien como los que, junto a José Germain, colaboraron en “restaurar” la tradición de preguerra de dicha psicología científica y profesional. Pero ésta es una verdad en principio demasiado abstracta, al menos mientras no se la determine y precise advirtiendo cuál fue el fondo filosófico y cultural desde el que, al menos en el caso de Pinillos, se quiso llevar a cabo, en lo posible, dicha fundación o  restauración. Por si los psicólogos actuales no estuvieran muy al tanto de ello, me permitiré señalarles lo siguiente. Sin duda que Pinillos disponía de una excelente formación psicológica, obtenida inicialmente, como es sabido, en sus estancias universitarias en Alemania e Inglaterra, y proseguida y enriquecida ulteriormente mediante un estudio continuado y atento. Me permito decir que puedo dar fe de ello, pues no sólo pude asistir durante los veinte años que conviví académicamente con él a todos sus cursos de doctorado, sino que también tuve la suerte y el honor de disfrutar durante varios años seguidos, y dicho muy literalmente, de sus “clases particulares” de Psicología. Pinillos quiso hacerse cargo personalmente en efecto de mi formación psicológica, para lo cual me hizo leer y estudiar, y de primera mano, y tomándome seguidamente la lección muy escolarmente, como debe ser, prácticamente a todos los clásicos de la Historia de la Psicología, y no sólo de la llamada psicología “científica” o “moderna”, sino de toda la historia occidental de las ideas psicológicas, usando muy especialmente para ello, bien lo recuerdo, entre otros materiales, aquellos  “readings” clásicos hoy ya irrepetibles e insuperables – como el de Dennis, el de Herrnstein y Boring, el de Rand, y otros – .

Pero lo que acaso hoy no se conozca igualmente bien, en general, es la formación, tanto  filosófica y humanística como científico-positiva no meramente psicológica, que Pinillos poseía, en la cual se esforzó siempre en integrar sus conocimientos psicológicos. Para empezar, habría que decir que Pinillos conocía, y de primera mano,  la tradición aristotélica y escolástica, como no podía ser de otro modo en quien hizo su tesis de doctorado sobre “La idea de sabiduría en Sto. Tomás de Aquino” –o sea, ni más ni menos que sobre el canon tradicional de la idea de “sabiduría cristiana”. Pero Pinillos, a la vez que conocía y valoraba, en su contexto histórico, dicha tradición, sabía asimismo, y debido precisamente a su muy agudo sentido de la historia, que a la altura histórica de nuestro tiempo, el factum de las ciencias positivas modernas (por decirlo con esta terminología kantiana) se imponía como algo de lo que ya no era posible prescindir. Por esta razón Pinillos, que valoraba históricamente como digo la escolástica, sabía que en nuestro tiempo ya no se podía seguir siendo sin más escolástico, y ello ciertamente hasta el punto de que le producía algo muy parecido a la irritación los malabarismos verbales mediante los que todavía algunos pretendidos escolásticos se permitían por ejemplo a la sazón demostrar la imposibilidad lógica de la bomba atómica o de la teoría darvinista de la evolución.

Ahora bien, el modo como Pinillos asumió, como decía, el factum de las ciencias positivas de nuestro tiempo no fue, ni mucho menos, ni simple ni acrítico, como me temo que ha acabado por ser un lugar común predominante en esa misma institución académica y profesional que sin duda él colaboró a fundar o restaurar. De ninguna manera Pinillos podía entender –sabía demasiado para ello- que la Psicología viniese a ser una copia metodológica, y no digamos temática, de las ciencias físicas o naturales estrictas (fisicalistas). Por decirlo en los términos clásicos del positivismo lógico: que la Psicología tuviese fácil acogida dentro del programa de la “ciencia metodológicamente unificada bajo los auspicios del fisicalismo”. Pues el fondo filosófico postkantiano más influyente que operaba en el pensamiento de Pinillos era  precisamente éste: el de la filosofía de la vida y de la historia de Dilthey (que había recibido de la tradición ascendente de influencias formada al menos por sus maestros Laín Entralgo, Zubiri  y Ortega), y esta filosofía le había enseñado, para empezar, la inexorable radicación vital e histórica de toda acción y de toda obra cultural humana, incluidas las propias ciencias, y le había permitido asimismo tomar  conciencia intelectual de la cuestión gnoseológica decisiva de la diferencia entre el estatuto cognoscitivo de las “ciencias del espíritu” y el de  las “ciencias de la naturaleza”, y todo ello a su vez en relación con la atmósfera filosófica de la escuela neokantiana de Baden, o sea de las obras de Windelband y Rickert principalmente, que habían destacado precisamente como la cuestión filosófica más decisiva del momento la del debate gnoseológico “sobre el método” de los distintos tipos de saberes. Pinillos sabía todo esto muy bien, y sabía por tanto que la Psicología, tanto por su costado genético como por su costado temático, y asimismo por lo que toca a sus aplicaciones, no podía dejar de ser un saber, de entrada realizado siempre desde algún contexto histórico y cultural determinado, y que a su vez  no podía dejar de versar sobre la acción de unos sujetos vivientes cuya actividad no podía dejar de ser intrínsecamente significativa, y, desde luego en el caso humano, significativa  precisamente de un modo histórico y cultural, y por ello inevitablemente susceptible y necesitada de una comprensión cultural e histórica.

Sabiendo esto, como lo sabía, me atreveré a decir (y lo digo por lealtad a su persona y a su memoria) que, al menos a mi juicio, Pinillos no pudo dejar de verse envuelto en una cierta aporía intelectual a la hora de colaborar a la fundación o restauración de la llamada “psicología científica” en el momento y lugar histórico y cultural  en el que le tocó hacerlo. Sospecho, con toda franqueza, que tanto él como seguramente también Yela (y de Siguán no sabría decir porque apenas le conocí, a él y su obra), sin duda comprometidos ambos muy sinceramente con la promoción institucional, académica y profesional de la Psicología en España, se vieron llevados, sabedores de los vientos culturales anglo-norteamericanos entonces vigentes que por fuerza iban a soplar sobre la cultura universitaria española, a llegar a una especie de “solución” “política” en el sentido de prudencial, a saber: la de abogar por una concepción del llamado “método hipotético-deductivo”, asociado a un “conductismo metodológico”, concebidos ambos de un modo tan amplio o genérico e indiferenciado que les permitiera salvaguardar el presunto carácter metodológicamente “científico” de la Psicología en virtud de la apelación a la “conducta” como supuesta instancia “intersubjetivamente observable” o “pública” en cuanto que fuente de hipótesis y de comprobación de las mismas, pero justamente para poder de este modo dar acogida, a título de “variables intermedias”, o de “constructos  hipotéticos”, precisamente a las propiedades subjetivas específicas de la conducta humana a las no estaban dispuestos a renunciar (y que el en el caso de Pinillos se sustanciaban, como es sabido, en la idea de una insoslayable conducta personal consciente moralmente responsable).

Pero la aporía se nos presenta irremediablemente desde el momento en que advertimos que si queremos tomar a los estímulos y la conducta como instancias cuya observabilidad intersubjetiva nos permitiera, de un modo estrictamente “objetivo” por neutral, la conjetura y ulterior comprobación metodológicamente “científica” de nuestras hipótesis sobre la vida subjetiva, entonces dicha conducta y estimulación debieran ser entendidas, en rigor, como procesos estrictamente físicos (fisicalistas), cuando lo cierto es que la más sencilla conducta motora del más sencillo organismo sensorial y motor, y no digamos en el caso humano, es ya siempre y de entrada una acción intrínsecamente significativa, a cuyo ejercicio le son inherentes sus propiedades subjetivas –cognoscitivas, apetitivas, propositivas, etc.-, que no pueden dejar por tanto de ser ya interpretadas comprensivamente desde el principio hasta el final de su conocimiento, con lo cual estalla por los aires el pretendido método conductista metodológico como presunto garante de cientificidad metodológica afín a la de las ciencias físicas.

Y me parece que una muestra muy significativa de dicha aporía se nos pone precisamente de manifiesto en el hecho de que Pinillos no acabara de realizar nunca el que sin embargo considero que constituyó siempre su proyecto teórico de mayor ambición y envergadura, esto es, su tratado sobre la “Historia y el método de la Psicología” – ese trabajo que ya se anunciaba en efecto en la contraportada de su célebre libro de 1975 Principios de Psicología, y que, como digo, nunca pasó de ser un proyecto inacabado. Ahí es nada: localizar y definir un “método” específica y propiamente psicológico entendido no ya como un artefacto que sobrevolara en abstracto su historicidad, sino justamente a través de dicha historicidad, es decir, teniendo en cuenta tanto el costado genético como el temático histórico-culturales concretos de dicho método. Intentando, para decirlo con esta fórmula tan genuinamente orteguiana, dar “cuenta y razón” de la historia del método psicológico. Mi sospecha siempre fue ésta: que si Pinillos no consiguió llevar a buen puerto su empeño, es sencillamente porque no pudo. Pero no se entienda esta valoración como una devaluación, sino antes bien como un reconocimiento de la acusada conciencia intelectual con la que su autor se fue encontrando, según profundizaba en su tarea, respecto de las inmensas dificultades intrínsecas del proyecto. Pues una cosa es el “conocimiento negativo”, que puede ser señal de sabiduría, y otra muy distinta la simple y mera ausencia o “negación del conocimiento”, y tengo para mí que lo inacabado del mencionado proyecto de  Pinillos es una significativa muestra de lo primero.

Yo no niego, claro está, que la Psicología moderna autodenominada “científica”, la Psicología universitaria y profesional realmente existente, no comporte el uso de una variada (y dispersa) colección de “técnicas positivas” que comparte, en diversos grados y tipos de analogía, con otros saberes, tanto socio-culturales como biomédicos: técnicas experimentales, estadísticas, clínicas… Mas la cuestión crítica estriba en el posible y problemático lugar de convergencia y de inflexión específica y formalmente psicológicas de todas estas diversas técnicas, y en si dicho punto de convergencia e inflexión es susceptible de acogerse a un método propio y propiamente psicológico que a su vez discurra a través de su inexorable historicidad cultural. Y a lo mejor resulta que era preciso reunir la cantidad y complejidad de saberes de los que fue haciendo acopio Pinillos para ir quedando cada vez más perplejo ante lo intrínsecamente problemático de semejante posibilidad. Me limito a sugerir esto: que si Pinillos, que puso en ello sus muchos conocimientos y muy buena parte de su empeño,  no fue capaz de cumplir esta tarea, lo mismo resulta razonable no descartar su imposibilidad.

Lo que quisiera, con esto, y por fin, es sencillamente animar a los nuevos psicólogos, a los psicólogos jóvenes que no tuvieron la suerte de conocer personalmente a José Luis Pinillos y por tanto de asistir en vivo a sus enseñanzas, o a los que aún no le han leído o le  han leído poco o esporádicamente,  a que, ya que no podrán nunca beneficiarse de su conocimiento personal, al menos le lean y estudien, y lo hagan con la mayor atención y aplicación posibles. Y me permito aconsejarles que tomen buena nota de los momentos en los que el texto de Pinillos se torna más complejo, sutil y problemático, y por ello un punto mas tentativo e incierto, pues ahí reside a mi juicio precisamente el mejor Pinillos, el que, más allá del carácter científico o no científico de la psicología, está luchando por abrirse intelectualmente paso en la enorme tarea de hacer alguna luz en el saber sobre la vida psicológica, y muy especial sobre la vida psicológica de la personalidad humana. No sé si esta lectura les hará más o menos científicos;  lo que sí sé es que les hará mejores psicólogos. Porque les habrá hecho un poco más sabios.

Después de todo, era Pinillos el que con frecuencia se complacía en recordarnos aquello de que “el que sólo sabe de Psicología, ni siquiera Psicología sabe”.

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