“En la actualidad, son muchas las personas que luchan para controlar su peso. Según datos de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, el 33% de los adultos estadounidenses tiene sobrepeso, y el 36% presenta obesidad. En EE.UU., aproximadamente uno de cada seis niños es obeso”. Con esta introducción, comienza un nuevo artículo publicado por la APA (American Psychological Association-Asociación Americana de Psicología) en su página Web, a través del cual aborda el tema de la intervención en el control de peso, y resalta de forma específica el papel fundamental que juegan aquí los profesionales de la Psicología, describiendo, para tal fin, sus funciones y el tipo de pautas que establecen durante el tratamiento.

Tal y como señala la APA, cuando se plantea la necesidad de bajar de peso, la mayoría de las personas considera esencial cambiar de hábitos, coincidiendo en dos aspectos clave: reducir la ingesta de alimentos e incrementar el ejercicio. Sin embargo, una parte importante en todo programa de control de peso es la comprensión y gestión de los pensamientos y conductas que pueden interferir en la pérdida de peso, y es aquí donde los psicólogos cobran una gran relevancia, dada su formación y experiencia a la hora de ayudar a las personas a conseguir cambios de conducta y estilos de vida más saludables.

A este respecto, la Asociación puntualiza que la ayuda psicológica en esta área abarca todas las edades, y está dirigida tanto a personas que únicamente pretenden iniciar un tratamiento de control de peso, como a aquellas que presentan otros problemas que pueden estar influyendo en el peso, como depresión, ansiedad, trastornos de la alimentación o enfermedades crónicas (diabetes, enfermedades cardíacas…).

En su artículo, la APA explica a grandes rasgos la labor del psicólogo desde la primera visita hasta el desarrollo de un plan de intervención. En general, la visita inicial con un psicólogo está destinada a obtener información sobre sus antecedentes e historia personal, así como sus preocupaciones de base, recabando datos importantes, tales como su historial médico, el tipo de medidas orientadas a la pérdida de peso que ha llevado a cabo con anterioridad, el nivel de estrés autopercibido, su situación actual, si cuenta con fuentes de apoyo social (familia y amigos), o cuáles son sus hábitos –así como sus actitudes- en relación con la alimentación, la pérdida de peso y la imagen corporal, que podrían no ser compatibles con sus objetivos saludables.

Es importante determinar las conductas y/o creencias que podrían interferir en los esfuerzos de la persona por perder peso, por ejemplo, comer sin restricciones después de realizar ejercicio, utilizar la comida para hacer frente al estrés, creer que es imprescindible tomar postre después de las comidas, sensación de fracaso cuando la pérdida de peso se estanca, etc. Asimismo, es necesario hablar de los retos que han impulsado al paciente a tomar decisiones saludables, identificando a su vez qué factores desencadenantes le incitan a optar por las poco saludables.

El psicólogo puede evaluar también la existencia de posibles causas –por ej., depresión, ansiedad, trastornos de la alimentación como los atracones-, que podrían estar tras los problemas de peso.

Al final de la primera visita, el profesional suele obtener una imagen completa del paciente, identificando las áreas de necesidad y las dificultades relacionadas con el control de peso, y puede comenzar a establecerse un plan de intervención.

Si bien estos planes varían de un individuo a otro, generalmente suelen ser breves, e implican: la enseñanza de conductas de autocontrol, cambiar viejas creencias y expectativas, establecer nuevas estrategias de afrontamiento y realizar cambios en el entorno doméstico y laboral para apoyar los objetivos saludables.

El programa de intervención suele centrarse en una conducta saludable a la vez. Por ejemplo, en casos en los que al paciente le cuesta mantener buenos hábitos alimenticios por las noches, se le puede pedir que lleve un registro de los alimentos que se consumen durante la cena, tomando nota sobre su entorno, cómo se sintió y qué estaba pensando. Estos factores proporcionan información importante acerca de lo que está impulsando ciertas conductas alimentarias, y ayuda a psicólogo y paciente a establecer una manera eficaz de abordar estas conductas.

Ya desde las primeras sesiones, es posible vislumbrar cambios; la mayoría de pacientes suele comenzar a refutar viejas creencias asociadas con los alimentos y a establecer otras nuevas acordes con sus objetivos saludables.

En lo que se refiere a la duración del tratamiento, la APA reconoce el papel del paciente a la hora de determinar la extensión del mismo de forma conjunta con el psicólogo. No obstante, matiza, “las personas con ansiedad elevada y depresión, trastornos de la alimentación o condiciones crónicas de salud física, pueden requerir más tiempo y/o sesiones más frecuentes”.

La APA finaliza su artículo recomendando una serie de pasos que pueden ser de utilidad a la hora de cambiar las conductas alimentarias y los pensamientos poco saludables:

  • Registre sus conductas: Las investigaciones señalan que las personas que llevan un registro diario de sus comidas, tienen más éxito a la hora de perder peso. Anote sus pensamientos, sentimientos, e información sobre el entorno (que comió, cuándo y qué estaba haciendo). Esto le ayudará a entender sus conductas alimentarias, y a identificar áreas de cambio.

  • Siga su nivel de actividad: Este es otro aspecto importante del autoregistro. Incluye no sólo la cantidad de ejercicio que realiza, sino también su grado de actividad a lo largo del día. Una táctica útil aquí, puede ser el uso de un podómetro para registrar el número de pasos diarios.

  • Haga comidas regulares: Hay pacientes que prescinden del desayuno con frecuencia, pensando que, de este modo, se reducen calorías o “se ahorran” para más tarde. Lejos de beneficiar, saltarse las comidas puede ralentizar su metabolismo, hacerle más propenso a “atracones” de comida, y tener un efecto negativo sobre su salud.

  • La práctica de la “alimentación consciente": La investigación muestra que las personas con problemas de alimentación no suelen prestar atención a si realmente se sienten hambrientos cuando comen. Los psicólogos pueden ayudar a aprender ejercicios de conciencia plena para incrementar este conocimiento, y hacer que la comida sea más agradable.

  • Identifique factores asociados con las comidas: A veces, las personas pueden asociar ciertas emociones, experiencias o actividades diarias con conductas particulares. Por ejemplo, si usted come normalmente viendo la televisión, su cerebro hace una asociación entre la alimentación y la TV. En este caso, puede comenzar a romper esta asociación, evitando comer mientras está sentado frente a la pantalla.

  • Reconozca sus emociones: Es importante averiguar qué está sucediendo emocionalmente mientras picotea, come en exceso o elige alimentos poco saludables. Identifique el sentimiento: ¿Es aburrimiento, estrés o tristeza? Es necesario que los pacientes determinen si en realidad están hambrientos o simplemente comen en respuesta a una emoción. Si usted no tiene apetito, trate de satisfacer la necesidad de otra manera.

  • Modifique sus pensamientos y conductas poco saludables: Reforzar conductas saludables es importante de cara a lograr sus metas de control de peso. Frecuentemente, el tener que cambiar hábitos relacionados con la salud suscita pensamientos y sentimientos negativos en las personas, que ven el proceso como un castigo. A este respecto, algunos tienen una actitud de “todo o nada”, identificando la pérdida de peso en términos de “seguir o no seguir una dieta”. La labor de los psicólogos aquí es ayudar a hacer frente a los sentimientos negativos y encontrar maneras de recompensar los cambios saludables en sus hábitos alimentarios.

Fuente: APA

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