Bonifacio Sandín, Jesús Esteras y Paloma Chorot

Facultad de Psicología, Universidad Nacional de Educación a Distancia (Madrid)

El estrés crónico es la forma de estrés psicosocial más perniciosa. El estrés laboral es una de las formas más graves y prevalentes del estrés crónico, y suele implicar diferentes tipos de estresores, tales como la sobrecarga de trabajo (las demandas exceden las capacidades del individuo; p.ej., las personas que cuidan de un familiar impedido), los conflictos interpersonales (p.ej., entre el trabajador y el superior), los conflictos de roles (p.ej., cuando existen demandas incompatibles entre las exigencias laborales y las familiares), y los estresores por reestructuración de rol (p.ej., cuando se producen cambios importantes en la organización del trabajo).

Una consecuencia especial del estrés laboral es lo conocido como burnout o síndrome de burnout, el cual se ha venido utilizando con diversos términos sinónimos, como “estar quemado”, “síndrome del quemado”, “estar quemado por el trabajo”, “desgaste profesional”, “desgaste ocupacional”, “síndrome del trabajador quemado”, y otros términos similares.

El burnout es un término clínico aplicado al ámbito laboral, y referido fundamentalmente a trabajadores que desempeñan labores que implican atención e interacciones con otras personas, tales como los que trabajan en el ámbito sanitario (médicos, enfermeras, etc.), la educación (profesores), y la administración pública en general (policía, etc.). Su primera conceptualización se debe al psiquiatra norteamericano H. J. Freudenberger, el cual, en 1974, describió una serie de reacciones físicas y mentales que observó en un grupo de personas que trabajaban en una clínica de desintoxicación. Después de un año, muchos de ellos se sentían agotados, irritables, y habían desarrollado una actitud cínica hacia sus pacientes y una tendencia a evitarlos. En 1981, C. Maslach y S. E. Jackson lo definieron como un proceso crónico patológico, asociado a las demandas psicosociales que requiere el trabajo directo con personas. Estos autores describieron el burnout como un constructo multidimensional constituido por al menos tres dimensiones diferentes: agotamiento emocional, despersonalización, y baja realización personal en el trabajo. El burnout se ha asociado a problemas importantes, como el absentismo laboral y las bajas laborales por motivos de salud.

La mayor incidencia del burnout parece asociarse a los profesionales que ofrecen un servicio asistencial y cuyos destinatarios son las personas, como ocurre en los profesionales de la educación tales como los profesores, los psicopedagogos y los orientadores. La profesión docente no se reduce a las funciones didácticas y responsabilidades relacionadas con el proceso educativo en sí mismo, sino que implica una dedicación más personal y emocional que le infiere un carácter de profesión vocacional. Este aspecto, unido a la polémica relación que actualmente caracteriza las interacciones entre docentes y discentes, denota que los docentes podrían constituir un grupo particularmente vulnerable a sufrir burnout. Aunque existe evidencia sobre el papel del estrés en el ámbito docente, los estudios sobre el burnout en este colectivo son escasos y poco concluyentes. Uno de los principales problemas es que, generalmente, no se ha tenido en cuenta, en relación con este tipo de burnout, la implicación conjunta de los diversos tipos de factores que suelen afectar al estrés crónico, tales como la personalidad, las variables sociodemográficas, y las múltiples facetas implícitas en la organización y práctica de la actividad docente.

Nuestro grupo de investigación de la UNED ha llevado a cabo un estudio sobre el burnout en una muestra estratificada de 171 docentes del municipio de Benidorm. Queríamos examinar hasta qué punto se relacionaban con el burnout las variables de personalidad (afecto positivo y negativo), las variables sociodemográficas (edad, sexo, estado civil, relaciones de pareja, número de hijos, religión), y un conjunto de factores de la propia organización docente. Estos últimos incluían las siguientes 7 variables: estrés laboral (p.ej., sobrecarga laboral), satisfacción laboral, problemática laboral (p.ej., mantener la disciplina en el aula, libros de texto inadecuados), apoyos de supervisión, condiciones organizacionales (p.ej., no implicación de los padres en la educación de los hijos), preocupaciones profesionales (p.ej., conflictos con la organización), y falta de reconocimiento profesional (p.ej., salario bajo).

Así mismo, en el estudio tuvimos en cuenta otros factores demográficos estrechamente relacionados con el trabajo, como la situación laboral (fijo o eventual), los años en la profesión, la etapa educativa (infantil, primaria, ESO, bachillerato), y el tipo de centro (privado, público, concertado).

Aunque las variables referidas a actividad docente resultaron ser las que mejor predecían los niveles de burnout en los docentes, los restantes tipos de variables (i.e., personales y sociodemográficas) también parecían estar implicados de algún modo. Los factores específicos del contexto laboral más relevantes fueron el estrés laboral y la satisfacción laboral, y en menor grado las condiciones organizacionales y los apoyos de supervisión (p.ej., no estar apoyado por los supervisores del centro); el resto de variables organizacionales no fueron significativas.

Las diferentes variables sociodemográficas investigadas no predecían significativamente el burnout, excepto la etapa educativa (el mayor nivel de la etapa educativa predecía mayor nivel de burnout); en contra de lo que se ha venido diciendo, la edad, el sexo, el número de hijos, las relaciones de pareja, la religión, el tipo de centro y el número de años en la profesión no resultaron significativos. Los factores de personalidad predijeron el nivel de burnout, aunque el afecto negativo resultó ser mejor predictor que el afecto positivo.

Un aspecto importante de nuestros resultados fue observar cierto grado de especificidad en relación con las dimensiones de burnout. Así, por ejemplo, el agotamiento emocional, fenómeno similar al denominado agotamiento vital, parecía depender fundamentalmente del estrés relacionado con la actividad docente (burocracia, problemas de los estudiantes, exigencias de la docencia, etc.) y la satisfacción laboral (expectativas de promoción, desarrollo profesional, horarios, etc.); también se relacionaba de forma muy estrecha con el afecto negativo, pero no con el afecto positivo. En contraste, el afecto positivo predijo significativamente (de forma negativa) los niveles de burnout en las dimensiones de despersonalización y baja realización personal en el trabajo.

Finalmente, cabe resaltar que los bajos apoyos de supervisión favorecían la baja realización personal en el trabajo, mientras que las condiciones organizacionales y el nivel de la etapa educativa se relacionaban específicamente con el grado de despersonalización.

Estos resultados sugieren que, entre los factores asociados al burnout, claramente unos parecen resultar más relevantes que otros, siendo algunos de ellos de tipo protector (satisfacción laboral, afecto positivo, etapas educativas inferiores), mientras que otros podrían conceptualizarse como factores de vulnerabilidad (afecto negativo, estrés laboral/estrés de rol, etapas educativas superiores, falta de apoyos de supervisión, y condiciones organizacionales negativas); entre estos factores, los que parecen resultar más determinantes son el afecto negativo, el estrés laboral, y la satisfacción laboral. Otros factores, que en la literatura se han asociado al burnout, no han demostrado en nuestro estudio evidencia de su implicación en el nivel burnout que experimentan los docentes. Nuestros resultados podrían ser de utilidad a la hora de establecer programas de intervención o prevención del burnout en los profesionales de la educación.

El artículo completo puede encontrarse en la Revista de Psicopatología y Psicología Clínica:

Esteras, J., Chorot, P., y Sandín, B. (2014). Predicción de los niveles de burnout en los docentes: Factores protectores y de vulnerabilidad. Revista de Psicopatología y Psicología Clínica, 19, 79-92

Bonifacio Sandín Ferrero: Catedrático de Psicopatología de la UNED y Psicólogo Especialista en Psicología Clínica. Obtuvo el grado de Licenciatura (Premio Fin de Carrera) y el Doctorado en la UCM con Beca de Formación de Personal Investigador. Director del grupo de investigación de Psicopatología y Salud de la UNED. Ha dirigido investigaciones sobre ansiedad, trastornos de ansiedad, estrés y psicosomática. Director del Máster Universitario en Psicopatología y Salud de la UNED, así como de la Revista de Psicopatología y Psicología Clínica.

Jesús Esteras Peña: Licenciado en Psicología. Suficiencia investigadora en la UNED. Más de 20 años de experiencia en las áreas de Gestión de Recursos Humanos, Sistemas de Calidad y Orientación Educativa. Más de una década como docente universitario. Asesor y consultor de centros educativos. Auditor de Sistemas de Calidad. Consultoría como psicólogo general sanitario.

Paloma Chorot Raso: Profesora Titular de Psicopatología en la UNED y Psicóloga Especialista en Psicología Clínica. Obtuvo Beca de Formación de Personal Investigador del Ministerio de Educación y Ciencia, y el Premio Extraordinario de Tesis Doctoral por la UNED. Directora del curso de Experto Universitario en Psicopatología y Salud y del curso de Experto Universitario en El Maltrato Infantil: Aspectos Clínicos, Prevención y Tratamiento, ambos impartidos por la UNED. Ha dirigido investigaciones sobre ansiedad, trastornos de ansiedad, y maltrato infantil.

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