“Aunque tarde, los políticos occidentales están despertando del grave daño que está causando la enfermedad mental”. Así comienza un artículo publicado en The Economist, en el que el autor se hace eco de la reciente preocupación de los políticos de diversos países en mejorar la atención a la salud mental, debido al impacto que suponen los trastornos mentales en la economía mundial (citando el ejemplo de los líderes de países como Canadá, Reino Unido y EE.UU.).

No obstante, y tal y como se recoge en el citado artículo, que lleva por título Mind stretching (Abrir la mente), estas “bellas palabras” se deben acompañar de la correspondiente inversión económica para impulsar la investigación en salud mental. Y es que, a este respecto, resulta notable la brecha existente entre el respaldo económico con el que cuenta la investigación en cáncer o en trastornos cardiovasculares (tanto por parte del gobierno como de otras instituciones y organizaciones no gubernamentales) en comparación con la destinada a la salud mental, que es prácticamente inexistente.

El autor del artículo denuncia la gravedad, extensión y coste que está suponiendo esta manera de proceder que deja de lado la salud mental. Tomando como ejemplo el Reino Unido, los problemas derivados de la mala salud mental de la población suponen una pérdida equivalente al 4% del PIB, en términos de productividad, gastos asociados a discapacidad y atención sanitaria. Se da la circunstancia, además, de que los trastornos mentales están afectando mayoritariamente a la población joven, en edad de producir, de tal manera que se está socavando el soporte de la productividad de los países. El texto refleja la situación que se está produciendo en países como Suecia, donde las tres quintas partes de las nuevas reclamaciones de incapacidad laboral están asociadas a problemas de salud mental, y añade otros datos de importante consideración, como el hecho de que las personas con trastornos mentales tienen un mayor riesgo de muerte prematura, con una esperanza de vida entre 15 y 20 años por debajo de la población general, así como que el gasto asociado a los problemas de salud mental ascenderá a los 47 millones de dólares en el año 2030, de acuerdo a la información aportada por el Foro Económico Mundial.

El autor califica de “insignificante” el respaldo económico que reciben los trastornos de salud mental, sobre todo, en el ámbito de la investigación, a pesar de la gran demanda e impacto económico que suponen. Ni siquiera en países como Reino Unido, probablemente uno de los países que más se está preocupando en impulsar el avance en salud mental, se están destinando los recursos económicos adecuados. Así, en este país, sólo el 5,5% de la financiación destinada a salud se dedica a la investigación en salud mental, lo que supone que mientras la inversión en investigación en cáncer por paciente asciende a las 1.500 libras al año, en salud mental no llega a las 10 libras.

Por si no fuera suficiente, un informe reciente del Grupo de Investigación Económica en Salud del Reino Unido ha determinado que por cada libra que el gobierno británico invierte en la investigación en salud mental, la economía obtiene una ganancia de 37 libras al año, en beneficios derivados de una mayor productividad y de una reducción en costes sanitarios. De esta manera, la inversión que se ha realizado en impulsar la intervención temprana en psicosis en este país, actualmente “se ha recuperado con creces”.

El artículo de la revista The Economist denuncia así la estigmatización de la salud mental y la falta de un fuerte grupo de presión que respalde la investigación en este ámbito, destacando la necesidad de que los responsables políticos y el público general reflexionen en profundidad sobre las implicaciones que se derivan de estos datos.

Fuente:

The Economist

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