Como resultado de la violencia y la opresión en todo el mundo, muchas familias se ven obligadas a migrar huyendo de sus países como refugiados.

En consecuencia, numerosos centros escolares están acogiendo y dando apoyo a estudiantes procedentes de diversos países.

Estos alumnos traen su propia cultura y orígenes, pero también deben hacer frente a algunos desafíos y vienen con la angustia propia de su experiencia única como refugiados.

Por este motivo, la Asociación Nacional de Psicólogos Educativos de EE.UU. (National Association of School Psychologists, NASP) ha elaborado un documento a través del cual recoge las siguientes recomendaciones, para que los educadores puedan ofrecer una ayuda eficaz y de calidad, adaptada a las necesidades únicas de los estudiantes refugiados:

  • Comprender y reconocer los factores de estrés: Con frecuencia, los niños y jóvenes refugiados están traumatizados por las experiencias previas a la migración y al establecimiento en un nuevo país. De hecho, es posible que la gran mayoría haya convivido con la violencia, siendo expuestos a situaciones de combate, y sufriendo el desplazamiento de sus hogares, desnutrición, detenciones e incluso torturas. Muchos se han visto obligados a abandonar su país de origen y no pueden regresar de nuevo a salvo. En algunos casos han emigrado sin sus padres, sin amparo y sin conocer su estado de salud. A menudo, el estrés psicológico y las experiencias traumáticas que se infligieron a estos niños perduraron meses o años inclusive, y muchos de ellos experimentan algún tipo de discriminación una vez que entran en las escuelas estadounidenses. Asimismo, hay ocasiones en las que asentarse en barrios de bajos ingresos y un elevado índice de criminalidad, incrementa las probabilidades de exposición a condiciones estresantes.

  • Comprender las secuelas del trauma sobre el desempeño escolar: El estrés extremo, las adversidades y el trauma pueden limitar la concentración, el funcionamiento cognitivo, la memoria y las relaciones sociales. Por ende, el estrés puede favorecer la aparición tanto de síntomas interiorizados -hipervigilancia, ansiedad, depresión, dolor, miedo, ira, aislamiento, etc.-, como de comportamientos externalizados, tales como respuestas de sobresalto, actitudes reactivas, agresividad y problemas de conducta. En casos en los que el alumnado refugiado padece estrés crónico y significativo, se eleva de forma importante el riesgo de desarrollar un trauma y otros trastornos de salud mental, lo que socava su capacidad de funcionar de manera eficaz en la escuela. Igualmente, dado el contexto educativo previo a la migración y la llegada a un nuevo país, gran parte de ellos ha experimentado interrupciones significativas en la escolarización; junto con las lagunas lingüísticas, muchos estudiantes llegan poco preparados para participar en la escuela con compañeros de su misma edad.

  • Formar al personal educativo para dar respuestas y ofrecer apoyos eficaces y adecuados al trauma. Instaurar escuelas sensibles al trauma mejora en gran medida los apoyos a todos los estudiantes que puedan padecerlo, incluidos los refugiados. Las escuelas sensibles al trauma conciben los comportamientos que se dan en el aula como la posible consecuencia de una serie de circunstancias vitales, en lugar de calificarlos como conductas desobedientes y/o malintencionadas. Este enfoque hace hincapié en la formación a los miembros del equipo docente, enseñándoles a comprender el impacto del trauma en el desempeño escolar y a analizar el comportamiento a través de esta lente, y mostrándoles cómo ayudar a los estudiantes a establecer relaciones de confianza con los profesores y los compañeros, a desarrollar la capacidad de autorregular sus emociones, su atención y comportamiento, y apoyar el éxito de los estudiantes en áreas académicas y no académicas, promoviendo, a su vez, su salud física y emocional.

  • Entender los retos de la reubicación y la aculturación: Con frecuencia, los niños y jóvenes refugiados deben realizar ajustes significativos en su vida para adaptarse a sus nuevas comunidades y escuelas. Esto incluye las diferencias de idioma, el desconocimiento del funcionamiento del centro escolar, sin conocer dónde y a quién recurrir en caso de necesitar ayuda, la poca familiaridad con el plan de estudios o las costumbres sociales, y dificultades para hacer amigos. Si bien algunos refugiados son reubicados en comunidades que cuentan con una población procedente de su país, en otros casos no suele ser así, lo que incrementaría su sensación de aislamiento. Es imprescindible tener en cuenta que, con frecuencia, los niños se adaptan cultural y lingüísticamente mucho más rápido que sus padres, un hecho que con el paso del tiempo puede ser fuente de conflicto cuando los niños se desvían de sus tradiciones y/o puede aumentar la carga sobre los niños cuando los padres confían en ellos para desenvolverse en su nuevo entorno y actuar como traductores.

  • Ser sensible a los estresores familiares: Los padres y otros miembros de la familia también suelen lidiar con el estrés del traslado, incluyendo los esfuerzos por adaptarse y ser autosuficientes en su nueva comunidad. Esto abarca vencer las barreras lingüísticas y culturales, así como encontrar vivienda y empleo, establecer una red social, aceptar su papel en la educación de sus hijos, acceder a los servicios sociales, y conectar con las creencias de su comunidad. Por norma, muchos de ellos no están acostumbrados a pedir ayuda ni les gusta depender de otros, y verse obligados a ello puede contribuir al estrés. Asimismo, algunos padres pueden haber experimentado un alto nivel de estrés o un trauma significativo durante el proceso de migración, que puede conllevar un mayor riesgo de resultados negativos en sus hijos.

  • Identificar a los niños y jóvenes de alto riesgo y planificar las intervenciones: Las escuelas tienen la responsabilidad de identificar a los estudiantes refugiados que pueden estar en mayor riesgo en función de todos los factores mencionados anteriormente. En general, las intervenciones llevadas a cabo desde los modelos de servicios integrales (es decir, Sistemas de Apoyo de Niveles Múltiples) y centradas en resultados educativos, sociales y económicos, son más eficaces que el tratamiento clínico por sí solo, y a menudo previenen el tener que recurrir a servicios directos e intensivos. Sin embargo, al mantener un estrecho contacto con profesores y padres, el equipo de orientación de la escuela puede determinar qué estudiantes requieren una intervención y un apoyo más intensivos. Los centros educativos deberían contar también con un protocolo para derivar al alumnado y/o a sus padres.

  • Entender las actitudes culturales con respecto a la salud mental. Es importante que los profesionales de salud mental tengan en cuenta las actitudes hacia la enfermedad mental y el papel que juegan los servicios de salud mental en la prestación de ayuda al alumnado. Muchas culturas pueden tener un mínimo conocimiento de la enfermedad mental y, en algunas de ellas, incluso pueden estigmatizarse los problemas de salud mental. Por ejemplo, determinadas culturas pueden considerar los problemas emocionales como una debilidad de carácter en lugar de una respuesta natural que puede surgir frente a la adversidad. Comprender estas barreras es un primer paso esencial para tranquilizar y comprometer a los estudiantes y a sus familias, y, en última instancia, la construcción de la confianza necesaria para ofrecer servicios y apoyos eficaces.

  • Comprometer y empoderar a las familias. Las familias procedentes de otros países pueden tener diferentes puntos de vista sobre la educación, incluyendo el supuesto de que la educación de los niños sigue siendo un deber exclusivo de la escuela y que cualquier implicación sería inmiscuirse en esa responsabilidad. Algunas familias pueden no dominar el idioma (en este caso el inglés) lo suficiente como para participar de un modo eficaz, a pesar de su interés en querer hacerlo.

    Asimismo, muchas familias pueden experimentar barreras prácticas, tales como no disponer de un vehículo, o bien tener un empleo que le impide participar activamente durante el horario escolar. Las escuelas pueden trabajar con las familias a través de enlaces culturales para encontrar formas de conectar con los padres y asegurarse de que tengan la oportunidad de participar en la educación de sus hijos.

  • Centrarse en los puntos fuertes de los estudiantes. Muchos estudiantes refugiados tienen diversas habilidades, fortalezas y conocimientos en el aula que son únicos. Deberíamos basarnos en estos puntos fuertes de resiliencia y considerar la posibilidad de que compartan sus conocimientos sobre su país, así como sus costumbres y su cultura. A este respecto, los educadores deben intentar apoyar la conservación de la cultura y el idioma en el hogar, y a su vez, destacar la importancia de desarrollar las habilidades y conocimientos necesarios para tener éxito (en este artículo, en los centros escolares de Estados Unidos).

  • Recursos comunitarios de acceso. Averiguar si en la Comunidad hay organizaciones especializadas en el trabajo con las familias de refugiados, si se dispone de este tipo de recursos. Elaborar una lista actualizada de los recursos disponibles orientados a ayudar a las familias afectadas, que incluya nombres, números de teléfono, sitios Web (si disponen de ellos), personas de contacto (si procede), descripciones de servicios, etc., determinando desde donde se ofrecen los grupos de apoyo y si existen coordinadores de refugiados.

  • Elimine inmediatamente cualquier tipo de acoso o intimidación. Los niños refugiados pueden estar en riesgo de sufrir maltrato por parte de otros, si son estigmatizados injustamente por sus compañeros de clase e incluso por los profesores. Deje en claro que este tipo de conductas, en cualquiera de sus formas (en persona, on-line, a través de las redes sociales) es inaceptable. Promueva la aceptación y enseñe activamente las habilidades de resolución de conflictos tanto a los perpetradores como al estudiante (os estudiantes) refugiados.

Para acceder al documento original en inglés, pincha el siguiente enlace:

Apoyo a Niños y Jóvenes Refugiados: Recomendaciones para educadores

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