José Antonio García Higuera es doctor en Psicología y especialsita en Psicología Clínica.

En el año 1981 co-fundó el Centro de Psicología Clínica donde trabaja desde entonces. Además está acreditado por la Asociación Española de Terapia Cognitivo Conductual Social (ASETECCS).

 
                 
Infocop On-Line se ha puesto en contacto con él y le ha pedido que nos hablase de los problemas que surgen cuando la toma de decisiones e convierte en un problema.

José Antonio García Higuera

La toma de decisiones consiste en encontrar una conducta adecuada para resolver una situación problemática, en la que, además, hay una serie de sucesos inciertos. El análisis de qué es lo que está haciendo la persona y de qué manera se ha bloqueado es nuestra primera tarea para ayudarle, y un modelo de cómo se toman las decisiones nos puede ayudar a saber por dónde indagar. Hay modelos clásicos (Hastie, 2001) que se basan en el esquema de resolución de problemas de D´Zurilla y Goldfried (1971) y que se han incorporado a la terapia cognitivo conductual con todos los méritos (Nezu, 2004). Por supuesto que en la práctica clínica no se puede olvidar nunca que las personas no nacieron para ajustarse a los modelos y que hay que determinar para cada paciente cómo se ha bloqueado, teniendo en cuenta que cada persona afronta la resolución de problemas de una forma diferente, basada en su experiencia y su historia de aprendizaje. Es el análisis de su método concreto, o la falta de él, lo que nos va a permitir ayudarle eficazmente.

En el modelo clásico de toma de decisiones, primeramente se plantea un objetivo, que podría ser también el enfrentamiento de una amenaza, real o imaginaria, probable o no. Después, se comienza la elaboración de un plan, que consiste en determinar mentalmente un curso de acción que nos permita conseguir la meta propuesta. Para ello, se comienza analizando la situación: hay que determinar los elementos que son relevantes y obviar los que no lo son, buscando relaciones lógicas y causales que nos permitan influir en ellos. Después se elaboran acciones alternativas que podrían conducir al objetivo y se extrapolan para imaginar los posibles resultados que se obtendrían con ellas. Luego, éstos se evalúan para elegir la conducta más idónea. Cuando se actúa llevando a cabo el plan, se valoran los resultados obtenidos para determinar si son necesarias acciones posteriores y para aprender para el futuro (se puede ver este modelo más detalladamente en http://www.cop.es/colegiados/M-00451/tomadeciones.htm).

Ya en la elección del objetivo nos podemos encontrar con bloqueos importantes cuando nos encontramos ante un conflicto de valores, por ejemplo, acabar con una relación de pareja no satisfactoria y evitar a los hijos los problemas que conllevará un divorcio. En esos casos, la clarificación de sus valores y el compromiso con ellos puede ser de gran ayuda y los trabajos que plantea en este terreno la Terapia de Aceptación y Compromiso (ver, por ejemplo, Wilson y Luciano, 2002) son de un valor terapéutico incalculable.

Tomar decisiones es por sí mismo un proceso que, hasta cierto punto, nos tranquiliza porque es el inicio del afrontamiento de un problema: ya estamos haciendo algo (pensar) para solucionar lo que nos agobia, aunque, a veces, no dirigimos la preocupación hacia el objetivo que nos causa malestar. En efecto, podemos llegar a preocuparnos de sucesos muy poco probables, rehuyendo hacerlo de problemas acuciantes a los que no queremos o no podemos enfrentarnos (Borkovec, Alcaine, y Behar, 2004). Si nos preocupamos porque es posible que caigamos muy enfermos, no nos quedará tiempo para pensar que las relaciones con la pareja no son nada agradables y que no se ven posibilidades de mejorarlas. Se evita la experiencia de la ansiedad al preocuparse de eventos menores, para no afrontar aquellos que nos causarían mayor ansiedad y que no son solucionables. Preocuparse de los problemas que no se pueden resolver causaría, además, una evaluación negativa de las propias capacidades, al constatar que no se puede enfrentar lo que en realidad acucia. Preocupándose de problemas terribles, aunque poco probables, se cree que se está haciendo todo lo posible para solucionar los problemas, aunque, en realidad, se estén evitando. La quintaesencia de este proceso consiste en que los humanos podemos crear estrés para excluir un dolor posterior mayor (Borkovec, Alcaine, y Behar, 2004). Los pacientes que han caído en esta trampa acuden a la terapia cuando el miedo a la enfermedad o a la muerte es tan fuerte que le impide funcionar con normalidad. La labor del psicólogo está en lograr que superen ese miedo y también identificar si existe un problema que evitan.

 

Hay varios factores, que son básicos en la toma de decisiones, y que nos pueden llevar a bloquearnos: la incertidumbre inherente a todo el proceso; la pérdida que toda elección conlleva, porque si elegimos perseguir el objetivo A, dejamos a un lado el B, y si hacemos C, no haremos D; y finalmente el riesgo a equivocarnos, fracasar y no lograr el objetivo propuesto.

 

Hay personas que soportan muy mal la incertidumbre. Hay que recordar que esta debilidad, para algunos autores, es el factor fundamental que lleva al trastorno de ansiedad generalizada (Dugas, Gagnon, Ladouceur y Freeston, 1998). La aceptación y exposición al caso peor es un camino terapéutico adecuado y eficaz para aprender a vivir con la incertidumbre. 

Afrontar el abandono de un objetivo por elegir otro será sencillo si lo que se elige está de acuerdo con nuestros intereses a largo plazo, es decir, con nuestros valores, pero, cuando la pérdida de lo que dejamos atrás es importante, nos podemos aferrar indefinidamente al proceso de toma de decisiones intentando inútilmente conjugar lo incompatible. El aprendizaje de la aceptación del sufrimiento por la pérdida en una terapia psicológica puede ser necesario para poder salir de este bloqueo. El miedo a fallar puede ser totalmente paralizante. Podemos buscar inútilmente la lógica en una situación irracional, esperando datos que nunca llegarán, podemos delegar en otros la decisión para que se equivoquen ellos, podemos aplazar indefinidamente y repetidamente nuestra actuación, etc. Sabemos de la eficacia de nuestra labor de psicólogos para enseñar a vivir afrontando los riesgos que conlleva vivir con plenitud y responsabilidad.

Aún superados los problemas que tenemos y llevado a cabo el plan, podemos encontrarnos con problemas psicológicos. Cuando evaluamos los resultados obtenidos, lo hemos de hacer basándonos en los hechos medibles y objetivos. Podemos caer en la tentación de tener exclusivamente en cuenta el sentimiento o la sensación que nos ha quedado; lo hacemos de forma automática, es decir, sin un pensamiento consciente. Este error explica la perseverancia en la tarea que se da en algunas patologías como el trastorno de ansiedad generalizada o el trastorno obsesivo compulsivo (Martin y Davies, 1998; Martin, Ward, Achee y Wyer, 1993; Davey, Field y Startup, 2003, Sugiura, 2003), porque las sensaciones y sentimientos pueden ser debidos a otros factores, como la incertidumbre del resultado, nuestro exceso de perfeccionismo o a nuestro estado general por otros sucesos ocurridos en nuestra vida. Las personas que tienen un trastorno obsesivo compulsivo saben que el ritual asegurador (lavarse las manos, cerrar la puerta, entrar en pensamientos repetitivos, etc.) se ha hecho, pero no obtienen la sensación de tranquilidad que da la desaparición de la amenaza, por lo que siguen repitiendo el rito, buscando el cambio de sensación. Lo de menos es que las manos estén limpias, ya lo saben. Lo importante es que la sensación de ansiedad desaparezca. La no aceptación de los pensamientos, sentimientos, sensaciones y emociones que conlleva el riesgo es lo que mantiene a las personas con un comportamiento obsesivo en la duda eterna y les dificulta la toma de decisiones. La exposición al miedo al fracaso y el entrenamiento en la aceptación de pensamientos, sentimientos, sensaciones y emociones es un medio importante para enfrentar estos problemas, podemos ver técnicas concretas en García Higuera (2004).

Referencias Bibliográficas

Borkovec, T. D., Alcaine, O., y Behar, E. (2004). Avoidance theory of worry and generalized anxiety disorder. In R. G. Heimberg, C. L. Turk, y D. S. Mennin (Eds.), Generalized anxiety disorder: Advances in research and practice. New York: Guilford Press.

D´Zurilla, T. J.; Goldfried, M. R. (1971). Problem solving and behavior modification. Journal of Abnormal Psychology, 78, 107-126

Davey G.C.L., Field A.P. y Startup H.M. (2003) Repetitive and iterative thinking in psychopathology: Anxiety-inducing consequences and a mood-as-input mechanism. In R. Menzies y P. de Silva (Eds) Obsessive-compulsive disorder: Theory, research and treatment. Wiley.

Dugas, M. J.; Gagnon, F.; Ladouceur, R.; Freeston, M. H.(1998). Generalized anxiety disorder: a preliminary test of a conceptual model. Behaviour Research and Therapy. 36, 215-226

García Higuera, J. A. (2004). Curso Terapéutico de Aceptación. Madrid. Librería Paradox.

Hastie, R. (2001). Problems for Judgement and Decision Making. Annual Review of Psychology. 52:653-83

Martin, L. L, Davies, B (1998). Beyond hedonism and associationism: A configural view of the role of affect in evaluation, processing, and self-regulation. Motivation and Emotion, 22, 33-51.

Martin, L. L., Ward, D. W., Achee, J. W., y Wyer, R. S., Jr (1993). Mood as input: People have to interpret the motivational implications of their mood. Journal of Personality and SocialPsychology, 64, 317–326.

Nezu, A. M. (2004). Problem Solving and Behavior Therapy Revisited. Behavior Therapy, 35, 1-33.

Sugiura, Y. (2003). Detached mindfulness and worry: a meta-cognitive analysis. Personality and Individual Differences 37, 1, 169-179

Wilson, K. J.; Luciano, M. C. (2002). Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT). Editorial Pirámide.