Ana Martínez-Catena y Santiago Redondo

Universidad de Barcelona

La delincuencia sexual constituye un gran reto científico y aplicado, tanto por lo que se refiere a la explicación de su génesis como a su prevención. ¿Por qué algunas personas, en su mayoría hombres, encuentran satisfactorio el hecho de agredir sexualmente a otros adultos o abusar de menores? ¿Por qué no consiguen controlar e inhibir tales conductas antisociales e ilícitas?

A este respecto, la investigación científica ha documentado diversos factores individuales y sociales que se asociarían al inicio temprano de conductas de agresión sexual. Una amplia mayoría de los agresores sexuales ha experimentado vivencias sexuales atípicas y traumáticas en su infancia, así como otras situaciones negativas de abandono familiar, maltrato o rechazo afectivo. Como resultado de ello, estos adolescentes muestran mayor vulnerabilidad para el desarrollo de déficits personales severos en autoestima, capacidad de comunicación, y habilidades de relación y afrontamiento de problemas interpersonales; déficits que se conectan a su vez con su mayor riesgo de comisión de infracciones sexuales.

En paralelo, los delincuentes sexuales suelen mostrar numerosas “distorsiones cognitivas”, o creencias y actitudes erróneas que sesgan y justifican la propia percepción de su conducta y de los deseos e intenciones de sus víctimas. De ese modo es más fácil mal interpretar las situaciones sociales y negar la propia responsabilidad por los delitos cometidos. Así mismo muestran graves “carencias empáticas”, es decir, en su capacidad para comprender y compartir el sufrimiento de otras personas, lo que también contribuye a disminuir su sentimiento de culpa.

Por último, los agresores sexuales muestran, en comparación con otros delincuentes violentos, también más problemas internalizantes (ansiedad social, sentimientos de soledad, tristeza, fantasías sexuales desviadas...).

Atendida la diversidad de los factores de riesgo aludidos que pueden contribuir al inicio de la delincuencia sexual, también deberían emplearse, para contrarrestarlos, distintas medidas de prevención. En términos de prevención primaria, los jóvenes deberían aprender tempranamente qué comportamientos sexuales resultan socialmente aceptables y cuáles no. Para ello pueden realizarse, en la familia y en la escuela, intervenciones educativas generales como ofrecer información significativa sobre la conducta sexual en función de la edad, establecer pautas de conducta y valores apropiados en las interacciones sexuales con otras personas, etc. Por su lado, la prevención secundaria se orientaría a desarrollar intervenciones específicas con adolescentes que ya han llevado a cabo alguna infracción forzado con la finalidad de evitar la repetición y consolidación de esta conducta.

Por último, frente a aquellos casos de jóvenes que ya han realizado abusos o agresiones sexuales severos va a requerirse, en primera instancia, la intervención de la justicia y, en segunda, la realización de los oportunos tratamientos especializados (en el marco de la denominada prevención terciaria). Por ejemplo, en la Comunidad de Madrid se desarrolla con estos jóvenes el Programa de desarrollo integral para agresores sexuales iniciado en 2005 y, más recientemente, el Tratamiento educativo y terapéutico para agresores sexuales juveniles diseñado en 2012.

Entre los objetivos terapéuticos de estas intervenciones pueden destacarse el intento de que el menor reconozca y asuma la responsabilidad del delito; la mejora de su empatía con las víctimas; la reestructuración de sus distorsiones cognitivas y de las justificaciones asociadas a sus delitos sexuales; su educación sexual; la mejora de su autoestima, de su competencia social y familiar… (consultar estos programas en el sitio web de la Agencia de la Comunidad de Madrid para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor).

Para el caso varones adultos condenados e ingresados en un centro penitenciario por la comisión de un delito sexual existe un Programa de control de la agresión sexual (PCAS). Este programa incorpora todos aquellos ingredientes terapéuticos que internacionalmente han mostrado mayor eficacia. Es un programa de orientación cognitivo-conductual destinado tanto a agresores sexuales de menores como de víctimas adultas. Los objetivos generales del programa son: 1) mejorar las posibilidades de reinserción y de no reincidencia de los participantes; 2) favorecer un análisis más realista de sus actividades delictivas, que reduzca sus distorsiones y justificaciones delictivas, y 3) mejorar sus capacidades de comunicación y relación interpersonal (consultar este programa y otros en el sitio web de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, Ministerio del Interior).

En relación con la efectividad de los tratamientos aplicados para la disminución del riesgo de reincidencia de los agresores tratados, durante más de cuatro décadas se han efectuado múltiples evaluaciones de grupos de delincuentes sexuales tratados en distintos países y contextos. Posteriormente estas evaluaciones específicas se han integrado mediante la técnica del meta-análisis. Según los diversos meta-análisis llevados a cabo, la tasa de reincidencia promedio de los grupos tratados es de en torno al 7%, mientras que la de los no tratados es de alrededor del 18,93%. Según ello, los tratamientos logran bajar la reincidencia de los agresores sexuales tratados aproximadamente a la mitad de la que sería esperable en ausencia de tratamiento.

Por lo que se refiere específicamente a España, tras varios años de aplicación del programa para agresores sexuales adultos al que se ha aludido, se efectuó una primera evaluación de reincidencia en 2006. Este análisis obtuvo que tan solo un 4,1% de los agresores sexuales tratados había reincidido en delitos sexuales tras cuatro años en libertad, mientras que la reincidencia del grupo de sujetos no tratados ascendió al 18,2%. En otras evaluaciones de la reincidencia de agresores sexuales tratados se han encontrado también resultados positivos similares. En la actualidad, el programa PCAS está siendo evaluado también mediante la Escala de Evaluación Psicológica de Agresores Sexuales (EPAS), una herramienta específica que permite conocer los cambios terapéuticos producidos en los agresores sexuales a partir del tratamiento.

Según lo comentado en este resumen de investigación, aunque han sido importantes los avances operados durante las últimas décadas en el campo de la delincuencia sexual, todavía existen importantes lagunas y retos científicos pendientes como los siguientes: conocer los procesos dinámicos que median entre los factores de riesgo aludidos y el inicio de la agresión sexual, potenciar la prevención primaria y secundaria de las infracciones sexuales, y ampliar los ámbitos de actuación en esta materia preventiva a familias, escuelas y comunidades.

El artículo completo puede encontrarse en la Revista Anuario de Psicología Jurídica:

Martínez, A y Redondo, S. (2016). Etiología, prevención y tratamiento de la delincuencia sexual. Anuario de Psicología Jurídica 26, 19-29.

Ana Martínez Caterna es docente en Psicología y Criminología; y técnico de investigación en el Grupo de Estudios Avanzados en Violencia de la Universidad de Barcelona. Ha participado en diversas investigaciones y publicaciones científicas relacionadas con la predicción, tratamiento y prevención del comportamiento violento, especialmente sobre agresores sexuales, delincuentes juveniles y motivación para el cambio de conducta.

Santiago Redondo Illescas es profesor de Psicología y Criminología de la Universidad de Barcelona. Autor de numerosos trabajos científicos, incluidos sus libros: Manual para el tratamiento psicológico de los delincuentes (Pirámide, 2008, 2017), In-tolerancia cero (Sello Editorial, 2009), ¿Por qué víctima es femenino y agresor masculino? (Pirámide, 2010), Principios de Criminología (Tirant lo Blanch, 2013), y El origen de los delitos (Tirant lo Blanch, 2015).

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