Patricia Morán Colmenar es diplomada en Trabajo Social y licenciada en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente ejerce ambas funciones en una residencia y centro de día para personas dependientes de la Comunidad de Madrid. Tiene una amplia trayectoria profesional y docente dedicada a este colectivo.

                

Dada su experiencia en relación al colectivo de mayores, Infocop On-Line se ha interesado por conocer, de su mano, algunos aspectos de la vida afectiva de las personas mayores.

Patricia Morán Colmenar

A lo largo de la historia de la humanidad el interés por la comprensión del proceso del envejecimiento y de los factores que en él influyen, ha sido constante.

El estudio científico de la vejez desde la Psicología lo encontramos ya en el siglo XIX, asociado a la Psicología del desarrollo. Sin embargo, el desarrollo de la Psicología de la vejez empieza a adquirir mayor fuerza después de la II Guerra Mundial, cuando se inicia un período de estudio y de aplicación de los conocimientos que se van adquiriendo sobre algunas de las características que definen esta etapa de la vida.

Dentro de los aspectos psicológicos más estudiados en este período encontramos, por un lado, el estudio de las capacidades intelectuales durante la vejez y, por otro, el patrón de cambios que se produce en las aptitudes intelectuales. Todo ello va a llevar consigo un gran impulso de la estandarización de instrumentos para evaluar la inteligencia.

Tradicionalmente, la Psicología de los mayores se ha venido entendiendo como una psicología del deterioro, de pérdidas en todos los ámbitos de la vida de la persona, tanto a nivel de las capacidades cognitivas como funcionales y sociales. Esto ha contribuido a generar una imagen negativa de esta etapa del ciclo vital, tanto para la sociedad en la que vivimos como entre los propios mayores, que han asumido como características propias que ya no valen para nada, que a su edad ya no se pueden aprender cosas nuevas y que son un estorbo para su familia y para la sociedad.

Ciertamente, con el proceso de envejecimiento se producen una serie de cambios que afectan a diferentes áreas, cambios a nivel fisiológico, a nivel cognitivo y a nivel social. Sin embargo, estos cambios por sí mismos no tienen porque impedir el desarrollo de las actividades cotidianas que hasta entonces venía realizando la persona.

Uno de los factores objetivos que más ha influido en el mantenimiento de los estereotipos que se manejan de la vejez es el deterioro de la salud y, más concretamente, el deterioro funcional asociado, ya que es lo que contribuye, en gran medida, a limitar la autonomía personal del individuo.

La pérdida de independencia para manejarse en las actividades de la vida cotidiana es uno de los factores que más influye en la variabilidad del estado de ánimo de las personas, generando sentimientos de frustración y de impotencia. Pero esta pérdida de autonomía no es exclusiva de la vejez ya que las situaciones de dependencia pueden aparecer en cualquier momento de nuestro ciclo vital. Por ello, asociar la vida afectiva de los mayores a inevitables sentimientos de tristeza, de vacío, de soledad y de aislamiento son estereotipos que no se ajustan a la realidad de muchos de ellos.

 

Las conclusiones de un número importante de estudios realizados sobre los mayores (RODRÍGUEZ, P et al, 1996; MONTORIO, e IZAL, M, 1998) revelan que un porcentaje muy elevado de personas llega a la vejez en buenas condiciones físicas y psicológicas, con ganas de disfrutar de la vida y de seguir manteniéndose activos.

 

El colectivo de mayores no es, por tanto, ni mucho menos homogéneo sino más bien lo contrario: constituye un grupo muy heterogéneo en el que no todos presentan la misma problemática ni existe uniformidad en la manera en que cada uno de ellos afronta los cambios y las pérdidas que, como en otros momentos de la vida se producen, también, en esta etapa.

Volviendo a la vida afectiva y sexual de los mayores, este es un ámbito que con demasiada frecuencia dejamos aparcado y olvidado para no tener que abordarlo. Basta decir que si existe un aspecto intrínseco al ser humano que difícilmente puede anularse es la capacidad para sentir y para amar, independientemente de la edad que se tenga. El sexo en la edad avanzada está lleno de tópicos y de mucha ignorancia. El envejecimiento es un proceso fisiológico, no una enfermedad, por lo que la aproximación al sexo de cada persona no depende directamente del hecho en sí de cumplir años, sino de la manera en que la persona haya vivido y disfrutado su propia sexualidad. Las personas que gocen de buena salud y les guste el sexo seguirán disfrutando de él, buscando conductas alternativas pero igualmente satisfactorias.

Durante la vejez, las relaciones personales y familiares siguen siendo un aspecto fundamental en la vida de las personas. En esta etapa, más que en otras, se suelen acumular pérdidas afectivas. El grupo familiar cercano, suele verse reducido debido a las exigencias de la sociedad actual y la forma en que se organiza el cuidado de los mayores ya no es exclusivo de la familia sino que tiende a compartirse con otros apoyos más formales.

La estabilidad afectiva con la que llegan las personas a la vejez tampoco es igual en todos los individuos sino que va a depender de lo que hayamos ido sembrando por el camino, de los hábitos saludables que hayamos tenido, de las relaciones interpersonales que hayamos mantenido, de la propia sensación de haber disfrutado de la vida...

La vejez no supone un parón en la vida de la persona, sino más bien debe verse como un proceso continuo de crecimiento en el que los mayores siguen ocupando un lugar en la sociedad y desempeñando un nuevo rol.

El equilibrio afectivo en esta etapa pasa por la aceptación de uno mismo, de los fracasos y de los logros conseguidos. Es el momento de seguir planteándose nuevas metas y nuevos intereses. Nunca debemos olvidar que mientras se vive se conserva la capacidad para disfrutar de los placeres que la vida nos ofrece.

                 

Probablemente en la actualidad, cambiar las creencias y la mentalidad de las personas que ya han pasado la barrera de los 65 años no es fácil, por no decir bastante improbable, ya que los hábitos de vida están firmemente consolidados. Sin embargo, desde el campo de la Psicología sí estamos a tiempo de poder intervenir sobre las futuras generaciones de mayores, preparándoles para cuando lleguen a esta etapa de la vida, contribuyendo a desterrar prejuicios y falsas concepciones, ayudándoles a planificar una vejez exitosa.

En este sentido, las aportaciones de la Psicología de nuestro tiempo en el campo de la Gerontología basan sus intervenciones en varias premisas: a) dar a conocer, a la sociedad en general y a los mayores en particular, los cambios que trae consigo el proceso del envejecimiento en todos los ámbitos de la vida con el fin de eliminar de una vez por todas creencias erróneas que no han hecho sino contribuir a poner trabas al proceso de normalización y de aceptación de la vejez como una etapa más del ciclo vital; b) enseñar estrategias que ayuden a compensar los déficits cognitivos y de funcionalidad que vayan apareciendo; c) potenciar la autoestima del individuo; d) reforzar la manifestación de la afectividad en las relaciones personales y en las relaciones íntimas como una parte fundamental del ser humano y e) potenciar el interés y la curiosidad por aprender, adaptando este aprendizaje a las modificaciones físicas y psicológicas de esta etapa.

Espero y deseo que así sea. No olvidemos que unos antes y otros después, pero todos vamos camino de la vejez.