Alfonso Martínez-Correa es profesor ayudante del Departamento de Psicología de la Universidad de Jaén y miembro del grupo de investigación "Psicofisiología Clínica" (Cod. HUM-338). Su labor como investigador se ha centrado, fundamentalmente, en el estudio de la relación entre variables psicológicas (estrés, hostilidad, optimismo, personalidad tipo C, etc.) y la salud-enfermedad, así como en los mecanismos mediadores de tal vinculación (variabilidad cardiaca y secreción de cortisol). Gustavo A. Reyes del Paso es profesor titular del Departamento de Psicología de la Universidad de Jaén e investigador responsable del mismo grupo.

Ana García-León es profesora titular del Departamento de Psicología de la Universidad de Jaén y miembro del mismo grupo de investigación. Entre sus investigaciones destacan las referidas al estudio del efecto de la hostilidad en la evocación y habituación de la respuesta cardiaca de defensa. Mª Isabel González-Jareño es licenciada en Psicología. Entre los años 1999-2003 fue becaria F.P.D.I. del Departamento de Psicología de la Universidad de Jaén y miembro del mismo grupo. Su labor como investigadora se ha centrado en el estudio del autocontrol de la función cardiaca barorreceptora mediante técnicas psicológicas de biofeedback.

Alfonso Martínez-Correa, Gustavo A. Reyes del Paso, Ana García-León y Mª Isabel González-Jareño

Universidad de Jaén

Incluso antes de que en 1978 la American Psychological Association fundara la División 38 (Psicología de la Salud), con el objetivo básico de fomentar y difundir la contribución profesional de los psicólogos a un mejor conocimiento de la salud y la enfermedad, ya existía el acuerdo mayoritario en torno a la idea de que ciertos rasgos de personalidad están vinculados con la incidencia de determinados trastornos orgánicos. Así, en la década de los cincuenta, en una serie de estudios retrospectivos, se había podido comprobar un patrón de comportamiento en las personas que padecen cáncer, caracterizado por un exceso de cooperación y paciencia, y una falta de asertividad e incapacidad para expresar adecuadamente sus emociones y sentimientos, lo que, posteriormente, se denominaría como personalidad tipo C. Por otro lado, también en los años cincuenta, dos cardiólogos, Friedman y Rosenman, encontraron evidencia concerniente a un determinado rasgo de personalidad que estaba asociado al mayor riesgo de enfermedad coronaria: el patrón de conducta tipo A.

Más recientemente, en relación con este aspecto, uno de los rasgos de personalidad que ha acaparado un mayor interés por parte de los investigadores de esta disciplina ha sido el del optimismo disposicional, que puede ser definido en términos de expectativas positivas generalizadas de resultado, esto es, la creencia de que el futuro depara más éxitos que fracasos (Scheier, Carver y Bridges, 2001). En este sentido, existe un gran cúmulo de evidencia de diversa índole que ha constatado la relación de este constructo con respecto al estatus de salud física, pudiéndose destacar especialmente aquellos estudios que identifican a este rasgo como un índice de buen pronóstico en pacientes coronarios (King, Rowe, Kimble y Zerwic, 1998) y cancerosos (Schou, Ekeberg, Ruland, Sandwik y Karesen, 2004). Además, en otras investigaciones se ha apuntado como uno de los posibles mecanismos subyacentes de tal relación la utilización de estrategias de afrontamiento del estrés más o menos adaptativas (afrontamiento activo vs. afrontamiento pasivo) (Carver et al., 1993).

El estudio

En esta línea, en un intento de corroborar lo anteriormente expuesto, los autores del presente artículo hemos realizado un estudio con un doble objetivo:

1) El análisis de la vinculación del optimismo/pesimismo disposicional con la incidencia de diferentes categorías de síntomas físicos autoinformados (síntomas inmunológicos, cardiovasculares, respiratorios, gastrointestinales, neurosensoriales, dérmico-alérgicos, músculoesqueléticos, genitourinarios y menstruales). Nuestra hipótesis de trabajo estuvo definida por la afirmación de que los sujetos optimistas disposicionales debían informar, de manera general, de un mejor estado de salud física, en comparación con los pesimistas disposicionales.

2) También se ha intentado determinar si la relación de este constructo de personalidad con el estado de salud física autoinformada puede deberse a la posible mediación del uso de estrategias de afrontamiento del estrés de mayor o menor eficacia (estrategias de afrontamiento activo vs. afrontamiento pasivo). En este caso, la hipótesis de trabajo viene determinada por la presunción de la manifestación por parte de los sujetos pesimistas de un repertorio conductual caracterizado por la mayor utilización de estrategias de afrontamiento pasivo, en contraposición al grupo de los optimistas en los que predominará el empleo de estrategias de afrontamiento activo.

La muestra del estudio estuvo formada por 200 estudiantes del primer curso de la licenciatura de Psicología de la Universidad de Jaén (166 mujeres y 34 varones), con edades comprendidas entre los 18 y los 20 años. Todos los participantes contestaron a los siguientes cuestionarios:

  1. Test de orientación vital-Revisado (LOT-R) de Scheier, Carver y Bridges (1994) en su versión española (Otero, Luengo, Romero, Gómez-Fraguela y Castro, 1998). Mide el optimismo/pesimismo disposicional como constructo unidimensional.

  2. Inventario de estrategias de afrontamiento (CSI) de Tobin, Holroyd y Reynolds (1984) en su versión española (Otero et al., 1998). Evalúa el grado de utilización de estrategias de afrontamiento activo del estrés (resolución de problemas, reestructuración cognitiva, expresión de emociones y apoyo social) y de afrontamiento pasivo (evitación de problemas, pensamientos ansiosos, autocrítica y retirada social).

  3. Escala de síntomas somáticos-Revisada (ESS-R) (ver Sandín, Valiente y Chorot, 1999). Cuantifica la incidencia en el último año de la incidencia de las categorías sintomáticas anteriormente mencionadas.

Los resultados y conclusiones

Una vez realizados los análisis estadísticos pertinentes, se puede afirmar que los resultados ponen de manifiesto:

1) La relación negativa significativa (p<.01) del optimismo disposicional con la totalidad de las categorías sintomáticas evaluadas, con correlaciones que van desde -.37 (sintomatología inmunológica) a -.23 (sintomatología respiratoria). En otras palabras, los sujetos optimistas informan de haber experimentado un menor número de síntomas físicos en el último año, en comparación con los pesimistas.

2) Los sujetos optimistas manifiestan un estilo de afrontamiento del estrés definido en términos de una mayor utilización de estrategias de afrontamiento activo (resolución de problemas y reestructuración cognitiva), en contraposición los pesimistas, que optan por las estrategias de afrontamiento pasivo (especialmente la autocrítica).

3) Los datos apuntan en la dirección de que el peor estado de salud física mostrado por los sujetos pesimistas radica en el empleo de la autocrítica, considerada como un índice de vulnerabilidad a la enfermedad (que se relaciona positivamente con la incidencia de las categorías sintomáticas), y en la omisión de la resolución de problemas y la reestructuración cognitiva, calificadas como índices de preservación de la enfermedad (relación negativa con las categorías sintomáticas), pudiéndose explicar el menor número de quejas somáticas de los optimistas por el mantenimiento de un patrón de afrontamiento del estrés opuesto. No obstante, los resultados indican que la autocrítica es el componente de afrontamiento del estrés con un mayor peso específico en la mediación de la vinculación del optimismo disposicional con el estado de salud física.

En definitiva, los resultados de nuestro estudio constatan indirectamente que la relación entre el optimismo disposicional y la sintomatología somática puede ser interpretada desde la hipótesis psicosomática, según la cual algunos tipos de personalidad, que utilizan en contextos determinados ciertas estrategias de afrontamiento desadaptativas, responden al estrés con reacciones fisiológicas y/o neuroendocrinas (incremento en la secreción de cortisol, disminución de la variabilidad cardiaca, etc.) que, a largo plazo, les predisponen a la enfermedad física. 

    

Por otro lado, el hecho de que el optimismo esté asociado con todas las categorías sintomáticas de forma indiferenciada apoya la afirmación de los autores que, dentro de este enfoque, argumentan que está más justificado hablar de la existencia de una personalidad predispuesta al distrés, con tendencia a exhibir síntomas de malestar emocional, y proclive a la enfermedad física en general, que de trastornos somáticos concretos asociados a tipos de personalidad específicos (Watson y Pennebaker, 1989).

Sin embargo, somos conscientes de que las propias limitaciones del diseño utilizado (retrospectivo) impiden discernir hasta qué punto la relación del optimismo disposicional con la enfermedad somática puede ser definida en términos de causalidad, ni tampoco la direccionalidad de dicha determinación. De cualquier forma, según nuestro criterio, teniendo en cuenta la levedad de la sintomatología evaluada, sería razonable descartar la posibilidad de que en este caso la enfermedad física sea la causa de la configuración de una personalidad en particular, contrariamente a lo establecido en otro de los enfoques de la Psicología de la Salud, denominado hipótesis de la discapacidad.

Concluyendo, a modo de reflexión, con la pretensión de establecer un punto de referencia para las posibles y futuras directrices de investigación, solamente nos queda resaltar la necesidad de la replicación de los resultados de nuestro estudio mediante un diseño prospectivo en el que la medición de la personalidad se realice antes de comenzar el seguimiento de la muestra y en el que se efectúe una evaluación directa del estrés y la emotividad negativa mediante medidas de autoinforme y psicofisiológicas (secreción de cortisol, variabilidad cardiaca, etc.). Solamente, de esta forma, se podrán establecer, en última instancia, relaciones de causa-efecto entre el optimismo disposicional y la enfermedad física, así como la constatación exhaustiva del afrontamiento del estrés como proceso mediador. De ser así, la implicación que puede conllevar esta verificación puede ser de gran relevancia para disciplinas como la Psico-oncología, no sólo en terapias dirigidas a la prevención secundaria del cáncer, sino también en la prevención primaria, considerando, de hecho, que la sintomatología inmunológica evaluada en nuestro estudio ha sido conceptualizada como un indicador de predisposición a dicho trastorno. En este sentido, en el ámbito de la Psicología Clínica se dispone de opciones de tratamiento como las técnicas de solución problemas, técnicas de reestructuración cognitiva y entrenamiento en inoculación del estrés, que pueden tener una especial importancia en dicha intervención de carácter profiláctico, algo que no debería ser considerado como novedoso, atendiendo a otros estudios previos y similares (si bien utilizando otras variables de personalidad) con resultados más que prometedores (Eysenck, 1994). En último término, cualquier investigación de esta naturaleza deberá planificarse desde la perspectiva de un paradigma de variables múltiples donde se incluyan, además del afrontamiento del estrés, otros posibles mecanismos mediadores como el estilo de vida, así como la interacción de dichos procesos en la determinación y desarrollo de este fenómeno multicausal de salud/enfermedad, tal y como formuló Engel hace ya tres décadas.

El artículo completo puede consultarse en la revista Psicothema: García León, A.J.; González Jareño, M.I; Reyes del Paso, G.; Martínez Correa, A (2006): Optimismo/pesimismo disposicional y estrategias de afrontamiento del estrés. Psicothema 18 (1).

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