Hoy, 4 de febrero, se celebra el Día Mundial contra el Cáncer, una fecha instaurada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Centro de Investigaciones sobre el Cáncer (CIIC) y la Unión Internacional contra el Cáncer (UICC), con el fin de sensibilizar a la población sobre este grave problema -que, según la OMS, constituye una de las principales causas de mortalidad en todo el mundo-, e impulsar todas las medidas que estén destinadas a reducir su presencia en todos sus tipos.

Según estima la Organización Mundial de la Salud, un 40% de los cánceres podrían evitarse no consumiendo tabaco, haciendo ejercicio regularmente y con una dieta saludable.

Con motivo de este día, presentamos un artículo publicado por la Asociación Americana de Psicología (APA-American Psychological Association), en el cual aborda de forma específica al cáncer de mama, explicando el papel fundamental que juega la Psicología en la intervención y recuperación del mismo.

Tal y como señala la APA, según datos del Instituto Nacional del Cáncer (National Cancer Institute), más de 230.000 mujeres estadounidenses son diagnosticadas de cáncer de mama cada año. Dado que muchas de ellas no tienen antecedentes familiares de cáncer de mama u otros factores de riesgo conocidos, el diagnóstico supone, a menudo, una noticia devastadora. El impacto emocional resultante puede afectar a la salud física de las mujeres y a su bienestar psicológico.

Si bien sentirse angustiado es una respuesta perfectamente normal frente a un diagnóstico de cáncer de mama, las emociones negativas que perduran y/o se exacerban posteriormente, pueden afectar negativamente el curso de la enfermedad. En este sentido, algunas mujeres suelen actuar forma perjudicial, por ejemplo, abandonando hábitos saludables (problemas con la alimentación y el sueño, falta de ejercicio, etc.), consumiendo alcohol, tabaco, cafeína u otras sustancias, etc., y, en muchas situaciones, pueden surgir nuevos problemas (cansancio continuo, preocupaciones constantes por los síntomas, el tratamiento e por incluso la muerte, problemas en las relaciones personales, etc.), que contribuyen a la aparición de estrés crónico, ansiedad y depresión.

La depresión es una de las consecuencias más graves tras un diagnóstico de cáncer de mama. Según indica la Asociación, la depresión puede complicar el ajuste a la nueva situación y al tratamiento: dificultando que se aprovechen las fuentes de apoyo social disponibles, y, en algunos casos, negándose a someterse a cirugía o a las sesiones de quimio y/o radioterapia.

A este respecto, la APA advierte de la relación negativa que se da entre la depresión y la supervivencia del cáncer de mama, subrayando las elevadas tasas de mortalidad en pacientes con síntomas depresivos (hasta 26 veces más altas) y en pacientes diagnosticados con depresión mayor (39 veces más altas), de acuerdo con algunas investigaciones.

Dado lo anterior, la Asociación pone de relieve el rol fundamental que desempeñan los psicólogos en la intervención del cáncer de mama. Su objetivo principal, manifiesta, es ayudar a las mujeres a hacer frente a los cambios físicos, emocionales y de estilo de vida asociados con el cáncer, y a afrontar los tratamientos médicos que pueden ser dolorosos y/o traumáticos.

Así, el tratamiento psicológico puede ayudar a lidiar con los síntomas físicos que acompañan a la quimioterapia, como náuseas y vómitos, a través de técnicas como la relajación, meditación o imaginación inducida, entre otras, que carecen de los efectos secundarios que presentan los fármacos destinados a paliar dichos síntomas.

De acuerdo con la APA, los psicólogos pueden apoyar a las personas diagnosticadas con cáncer de mama a participar de forma más activa y plena en su propio tratamiento (toma de decisiones informada y comunicación eficaz con los profesionales de la salud), mejorando así la comprensión de la enfermedad y el tratamiento, así como su adhesión al mismo.

Igualmente, pueden ofrecer estrategias para explicar adecuadamente la enfermedad a sus hijos o lidiar con la respuesta de sus parejas, enseñar técnicas de resolución de problemas, dotar de habilidades para controlar el estrés, la ansiedad o la depresión, etc.

Con respecto al tipo de intervención psicológica, la Asociación resalta la importancia de llevar a cabo una intervención a nivel individual y grupal. De este modo, mientras que las sesiones individuales se centran generalmente en la comprensión y/o modificación de los patrones de pensamiento y conducta, el tratamiento psicológico grupal con otras personas diagnosticadas de cáncer de mama, brinda la oportunidad de ofrecer y recibir apoyo emocional, aprendiendo a su vez de la experiencia de otros. Para incrementar la eficacia de las sesiones grupales, la APA indica la conveniencia de que los grupos sean homogéneos y estén dirigidos por psicólogos con experiencia en el ámbito del cáncer de mama.

Asimismo, las parejas o cónyuges de las pacientes y sus hijos pueden beneficiarse del tratamiento psicológico.

Para finalizar, la Asociación recuerda que “la intervención psicológica puede no terminar cuando lo hace el tratamiento médico”. La recuperación emocional puede llevar más tiempo que la recuperación física y, en ocasiones, es menos predecible.

Suele existir una elevada presión social para que todo vuelva a la normalidad, y los supervivientes de cáncer de mama necesitan tiempo para desarrollar una nueva autoimagen que incorpore tanto la experiencia vivida como los cambios experimentados. En esta línea, los psicólogos pueden ayudar a lograr ese objetivo, enseñándoles a lidiar con algunos aspectos, como las preocupaciones ante problemas comunes de la vida diaria, o el miedo ante la posible recurrencia del cáncer.

Fuente: American Psychological Association 

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