Cristina Carretero Jardí es Licenciada en Psicología y Magíster en Suficiencia Investigadora por la Universidad Autónoma de Barcelona. Trabaja en el campo de los Trastornos del Comportamiento Alimentario, siendo coordinadora del Programa de Prevención y Formación de Trastornos del Comportamiento Alimentario de ACAB (Asociación contra la Anorexia y la Bulimia).

Las actividades principales que se llevan a cabo en ACAB son las de atención e información telefónica, atención en las primeras visitas, grupos de ayuda mutua, conferencias y charlas, y difusión en los medios de comunicación sobre la problemática de los Trastornos del Comportamiento Alimentario.

Cristina Carretero Jardí

 

Los Trastornos del Comportamiento Alimentario constituyen un problema de salud pública emergente en nuestra sociedad: la prevalencia de estos trastornos ha aumentado considerablemente en los últimos años. Actualmente, diferentes estudios realizados en España, por Comunidades Autónomas (Pérez-Gaspar, 2000; Ruiz-Lázaro, 2002; Rojo Moreno, 2003) apuntan que alrededor de 5 de cada 100 mujeres adolescentes/jóvenes sufren algún tipo de trastorno alimentario (edades comprendidas entre 12 y 24 años).

 Estos estudios también identifican la población con riesgo de sufrir Trastornos de la Conducta Alimentaria, que se sitúa en el 16,23% en las mujeres y el 3,3% de los hombres, para la misma franja de edad.

Un reciente estudio impulsado por la ACAB (Asociación Contra la Anorexia y la Bulimia), en el que se investiga la incidencia de estas enfermedades entre la población universitaria femenina catalana, apunta resultados similares: el 6,38% de las universitarias catalanas presenta síntomas patológicos de un trastorno alimentario y alrededor de un 11,5% de universitarias se sitúan en riesgo de padecerlas.

Frente a estas cifras, a las que algunos especialistas les han dado el calificativo de epidemia, parece necesario incidir especialmente en este colectivo, definido de alto riesgo (adolescentes y jóvenes), para prevenir la aparición de nuevos casos y, en el caso de haber aparecido, detectarlos precozmente. A pesar de ser esta franja de edad, el grupo con mayor incidencia de estos trastornos, no se tiene que desestimar la presencia de estas enfermedades en personas adultas, así como en niños prepúberes.

Los Trastornos del Comportamiento Alimentario son enfermedades clasificadas como trastornos psicológicos. A estas psicopatologías se llega a través de una voluntad de querer perder peso, llegando a convertirse en algo incontrolable. El objetivo de las personas enfermas es adelgazar, pero nunca tienen suficiente. Las personas que las padecen suelen tener una autoestima baja, se aíslan, se vuelven inseguras, no reconocen que haya algo que no va bien. Asimismo, estas personas presentan importantes alteraciones fisiológicas, biológicas, pero, a su vez, también sufren un importante proceso de desadaptación social y familiar.

En el caso de la Anorexia Nerviosa, la persona se niega a mantener el peso corporal que le corresponde por edad y altura y realiza severas restricciones para perder más peso. Es importante destacar que la persona afectada por este trastorno no se percibe tan delgada como está: distorsiona su imagen corporal. Estas dietas restrictivas pueden llevarla a sufrir extremos estados de desnutrición, acarreando graves consecuencias físicas y psicológicas.

 

La Bulimia Nerviosa es un Trastorno Alimentario que parte también de una importante insatisfacción personal y muy especialmente, centrada en su aspecto físico. La persona mantiene una relación con la comida muy inadecuada, en muchas ocasiones, obsesiva, que conduce al descontrol alimentario. Los sentimientos de culpa son muy presentes en estas enfermedades, y para contrarrestarlos se utilizan conductas compensatorias de aumento del peso, tales como el uso de los laxantes y/o diuréticos, el vómito autoinducido o la realización de ejercicio físico excesivo.

En los estudios realizados sobre los Trastornos del Comportamiento Alimentario no se ha descrito un único factor etiológico responsable de la aparición de estas enfermedades, sino que se habla de un conjunto de características que aumenta el riesgo de sufrirlo; estas características se denominan factores de riesgo. La suma de muchos de estos factores de riesgo (biológicos, genéticos, psicológicos, socioculturales), que presenta tanto la persona como su entorno, pueden conducir finalmente a sufrir anorexia o bulimia nerviosas.

La Prevención de los Trastornos del Comportamiento Alimentario

Si bien hace unos años se pensaba que la mejor manera de prevenir los Trastornos de la Conducta Alimentaria era hablando específicamente con la población de mayor riesgo sobre las características y en qué consisten estas enfermedades (esta modalidad podía suponer un riesgo de inducción o sugestión de determinadas conductas), en estos momentos, la línea de prevención que se ha constatado como más efectiva ha sido un tipo de prevención inespecífica, que consiste en reconvertir estos factores de riesgo, algunos de ellos citados anteriormente, en factores de protección.

Esta estrategia de intervención preventiva tiene como objetivo favorecer el desarrollo de habilidades y de recursos que permitan el crecimiento integral de los/las niños/as y los/las adolescentes. Estas estrategias y habilidades (autoestima positiva, asertividad, habilidades comunicativas, seguridad en uno mismo, imagen corporal positiva, etc.), se pueden aplicar a muchas situaciones de la vida de los y las jóvenes. Ayudar en la construcción de estos factores de protección resulta efectivo para hacer más resistentes a los chicos y chicas a acabar sufriendo un Trastorno de la Conducta Alimentaria, puesto que estamos delante de trastornos psicológicos. Son muchos los autores que señalan la necesidad de que los esfuerzos preventivos deben ir encaminados a incidir en el contexto más amplio, en que se promocione la salud en general y las intervenciones más genéricas, y apuntar a todas las conductas de riesgo entre adolescentes.

 

Los programas preventivos de los Trastornos de la Conducta Alimentaria pueden resultar útiles para frenar el aumento de la prevalencia de estas psicopatologías entre la población de riesgo y detectar de manera precoz la manifestación de síntomas patológicos.

Para llevar a cabo un Programa de Prevención eficaz es necesario trabajar con los jóvenes y adolescentes, pero también considerar la necesidad de convertir en receptores de las sesiones preventivas y formativas a los profesores y a la familia. Asimismo, se debe trabajar preventivamente con médicos de familia y profesionales del entorno socio-sanitario próximo a los jóvenes. Estos colectivos pueden ser importantes agentes de prevención y su participación puede resultar imprescindible en la tarea global de la prevención de los Trastornos de la Conducta Alimenticia en adolescentes y jóvenes.

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