Amalio Blanco y Darío Díaz

Universidad Autónoma de Madrid

Bien visto, y aunque nunca fue su propósito declarado, este artículo lleva impreso en su título la marca inconfundible de Emilio Durkheim, uno de los científicos sociales a los que el paso del tiempo no hace sino engrandecer. Así son los clásicos, decía Ortega, gente que goza de una inexhausta vitalidad.

Es cierto que la Psicología tiene sobradas razones para una mirada crítica a Durkheim, a su indisimulado determinismo social cuando sostiene, por ejemplo, que los fenómenos mentales dependen necesariamente de causas sociales y constituyen por ello fenómenos colectivos, o cuando descalifica de un plumazo la influencia de la imitación en la génesis de los fenómenos colectivos, o cuando dice que los factores psicológicos se reducen a los !caracteres étnicos!.

Pero junto a ello, hay también motivos para seguir confiando en su magisterio, en su lucidez, en su arrojo para abordar temas complejos rompiendo moldes antiguos, en su posición clara contra los dogmatismos extra-científicos, ahora que renovadas oleadas de neoconservadurismo dogmático pretenden devolvernos al silgo XIX. Para lo que nos interesa en este momento merece recuperar las tres siguientes hipótesis: a) la imposibilidad de reducir lo social a la mera suma de lo individual: "Que la materia de la vida social no pueda explicarse por factores puramente psicológicos, es decir, por estados de la conciencia individual, es para nosotros de toda evidencia" (Durkheim, 1978: 25). Pongámosle una letra algo más actual con la ayuda de Henri Tajfel: los problemas sociales (la violencia de género, el terrorismo, la guerra, el racismo, las diversas formas de la adicción, el SIDA, etc.) no tienen raíces psicológicas; b) la necesidad de situar los fenómenos psíquicos y sus protagonistas dentro de coordenadas socio-históricas: "Las condiciones de salud y de enfermedad no pueden definirse en abstracto y de una manera absoluta" (Durkheim, 1978: 78). Es de sobra conocido que sobre esta hipótesis armó Vygotski su propuesta teórica, y c) la posibilidad de que existan sociedades, grupos, organizaciones o comunidades aquejadas de "alteraciones morbosas" que infectan la conciencia de los individuos desde fuera; la posibilidad de que la fuente de la insania esté directamente dentro de la propia organización social: dentro de las estructuras de poder que definen relaciones de sumisión, de estructuras económicas que favorecen relaciones de dependencia y de explotación, de estructura de creencias que señalan la superioridad de un grupo (en razón de su raza, de su sexo, de su religión) y justifican la persecución de otro, etc., etc.

Cuando entran en juego todas estas posibilidades, y muchas otras que no hemos mencionado, es preferible hablar de bienestar que de salud. Por las siguientes tres razones: a) en primer lugar, porque el concepto de bienestar se encuentra epistemológicamente alejado de esa ideología de la enfermedad que ha dominado el estudio de la salud en la Psicología: la salud como mera ausencia de enfermedad; b) en segundo lugar, porque de la mano del concepto de bienestar recuperamos al sujeto socio-histórico al que la tradición más clásica de la Psicología clínica, heredera de la Psiquiatría biológica (Pérez, 2003), había dejado suspendido en el vacío, y c) finalmente, porque hay sobradas razones para defender que el estudio del bienestar constituye el motivo central de la Psicología como ciencia y como profesión (Miller, 1969).

Para decirlo en pocas palabras: la salud es un estado de bienestar que tiene como protagonista a un sujeto socio-histórico. Pasamos, pues, de un modelo de salud encadenado a la enfermedad y centrado en la presencia dentro del sujeto del síntomas físicos y psicológicos, a un modelo cuyo epicentro se sitúa la presencia de indicadores y condiciones que promueven y facilitan el bienestar. Cuando este sujeto, que inevitablemente somos todos, se pone en marcha, cabe la posibilidad de hablar de un bienestar entendido como "la valoración que hacemos de las circunstancias y el funcionamiento dentro de la sociedad" (Keyes, 1998: 122), de un estado de salud que emana de la "evaluación de la calidad de las relaciones que mantenemos con la sociedad y con la comunidad" (Keyes, 1998: 122), que se nutre de la confianza en los otros y de la confianza en la sociedad en que vivimos, y que se asienta sobre el sentimiento de ser útil al grupo, comunidad u organización a la que pertenecemos y de ser capaces de entender el complejo mundo en el que nos ha tocado vivir. A esto es a lo que la Psicología denomina "salud positiva". 

Hay razones para sospechar que la salud estaría estrechamente relacionada con estos ámbitos de la vida social, de suerte que: a) serían más saludables aquellas personas que tuvieran un arraigado sentimiento de pertenencia y contaran con lazos y vínculos sociales sólidos como apoyo (integración social); b) gozarían, asimismo, de un mayor nivel de salud mental aquellas personas que confiaran tanto en los demás como en sí mismos, y se aceptaran tal y como son, asumiendo sin dramatismos los aspectos positivos y negativos de su vida (aceptación social); c) aquellos que guiaran su vida sin dejarse arrastrar por las presiones y/o convenciones sociales; d) aparecerían igualmente con una salud mental más robusta aquellas personas que se sintieran útiles a la colectividad (contribución social); e) las personas más sanas, dice Keyes (1998: 123) tienen confianza en el futuro de la sociedad, reconocen su potencial de crecimiento y confían en poder beneficiarse de él (actualización social), y f) conciben su vida y el mundo como algo lleno de sentido y persiguiendo un objetivo (coherencia social).

 

Partiendo de estas consideraciones, hemos tomado una muestra de 445 sujetos (236 hombres y 209 mujeres), en edades comprendidas entre los 18 y los 58 años, y hemos analizado en qué medida estas cinco dimensiones del bienestar se ven relacionadas con criterios tradicionalmente empleados en la Psicología para evaluar diversos aspectos de salud mental (depresión, auto-estima, anomia, afecto positivo o afecto negativo).

Los datos empíricos que hemos obtenido no son otra cosa que un síntoma más que corrobora una de las grandes propuestas teóricas: la necesidad de mirar fuera del sujeto, porque es allí donde se encuentran las variables mediadoras de su estructura psíquica: la naturaleza mediada de las funciones psicológicas fue la hipótesis central de la teoría vygotskiana. Más allá de los datos empíricos, nos encontramos frente a un síntoma, a una de las muchas señales que avalan de manera inequívoca la necesidad de contar con el orden social psicológicamente mediado (la percepción y experiencia que de él tienen los sujetos) a la hora de abordar el estudio de la salud.

Referencias bibliográficas:

Blanco, A., y Díaz, D. (2005). El bienestar social: su concepto y medición. Psicothema, 17, 582-589.

Durkheim, E. (1928). El suicidio. Madrid: Editorial Reus.

Durkheim, E. (1978). Las reglas del método sociológico. Madrid: Akal.

Keyes, C. (1998). Social Well-Being. Social Psychology Quarterly, 61, 121-140.

Miller, G. (1969). Psychology as a Means of Promoting Social Welfare. American Psychologist, 24, 1063-1075.

Pérez, M. (2003). Las cuatro causas de los trastornos psicológicos. Madrid: Universitas.

Una versión completa del artículo puede encontrarse en la revista Clínica y Salud: Blanco, A. Y Díaz, Darío (2006). Orden social y salud mental: una aproximación desde el bienestar social. Clínica y Salud, 17 (1), 7- 29.

Sobre los autores:

Amalio Blanco es Catedrático de Psicología Social y Darío Díaz becario universitario, ambos del Departamento de Psicología Social y Metodología, en la Facultad de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid.