Francisco J. Estupiñá y Francisco J. Labrador

Universidad Complutense

En los últimos años ha surgido la alarma social ante la violencia doméstica. Las noticias cotidianas sobre agresiones y muertes debidas a este problema, aunque representan sólo la punta del iceberg, ponen de relieve la creciente sensibilización social ante lo que ya se considera un grave problema social.

Importancia y alcance de la violencia doméstica

Walker (1999), define la violencia doméstica como "un patrón de conductas abusivas que incluye un amplio rango de maltrato físico, sexual y psicológico, usado por una persona en una relación íntima contra otra, para ganar poder o para mantener el abuso de poder, control y autoridad sobre esa persona". Abarca tanto conductas de agresión física ("activas" como golpes, violación o intentos de asesinato, o "pasivas" como la privación de cuidados médicos), como psicológica (amenazas, trato humillante y vejatorio, insultos, destrucción de objetos personales o aislamiento económico y social). El objetivo principal es siempre el mismo, conseguir el "control" de la víctima. 

Aunque todavía hay tendencia a ocultar este problema, se estima que alrededor del 20% de las mujeres españolas se verán afectadas por la violencia doméstica, porcentaje similar al alcanzado en otros países de la UE., y que sólo un 10% de las agresiones son denunciadas (Labrador et al., 2004). El número de denuncias por este problema ha aumentado de forma constante en los últimos años, (desde 24.158 en 2001, hasta 59.738 en 2005) (Instituto de la Mujer, 2006), aunque este incremento parece corresponder más al cambio en la concienciación con respecto al problema que al aumento real de éste. 

 

Las consecuencias de la violencia doméstica son muy negativas para la víctima, incluyéndose consecuencias físicas (con frecuencia las más evidentes), pero también psicológicas, con frecuencia más graves.

Efectos psicopatológicos del maltrato doméstico:

El trastorno de estrés postraumático (TEPT), y la depresión, que afectan al 63.8% y 50% respectivamente de las víctimas (Golding, 1999; Rincón y cols, 2004), se consideran las consecuencias psicopatológicas más graves e incapacitantes. Otros efectos psicopatológicos habituales son trastornos de ansiedad, pérdida de autoestima, sentimientos de culpa, conductas suicidas, abuso de alcohol y drogas o disfunciones sexuales.

El carácter crónico del TEPT y su amplia interferencia con la vida cotidiana, suponen quizá el principal problema para estas mujeres. Junto al TEPT, la pérdida de relaciones afectivas, los sentimientos de culpa, el aislamiento social, la desesperanza y la indefensión ante el maltrato, los elevados niveles de estrés, junto con las dificultades para tomar decisiones, desarrollar nuevas habilidades o planificar actividades, reducen las posibilidades reales de reorganizar un nueva vida.

Aunque distintas instancias de gobierno (estado, comunidades, ayuntamientos, incluso ONGs) han desarrollado recursos para afrontar este problema, aún dista de estar resuelto y hay muchas víctimas que necesitan ayuda. Sin duda muchos profesionales (médicos, jueces, cuerpos de seguridad…) deben colaborar en esta tarea, pero una adecuada intervención psicológica se revela de especial importancia para la recuperación de estas víctimas y la mejora de su calidad de vida.

El papel del psicólogo:

El objetivo del psicólogo debe ser lograr una readaptación social lo más rápida y eficiente posible de estas víctimas. Para ello resulta fundamental realizar una intervención breve y centrada en los problemas, considerando como prioridad absoluta la seguridad de la víctima. La intervención psicológica debe ser flexible para adaptarse a los problemas concretos de cada mujer, fomentando aspectos educativos y eliminando estereotipos negativos y estigmas.

En un primer momento debe acoger, escuchar y apoyar a la mujer, ayudándole a tomar conciencia de su situación de riesgo. Ha de orientarla y ayudarla a tomar decisiones importantes, como establecer medidas de seguridad y autoprotección, considerar la conveniencia de denunciar el problema o de romper la convivencia.

En este proceso debe seguir una metodología de solución de problemas, cuidando y respetando las decisiones de la mujer, que ha de tener un papel activo, y fomentar su autonomía antes que sobreprotegerla.

Tras esta primera fase, el TEPT se define como el principal objetivo de intervención, dado su carácter tan incapacitante. Superado éste pueden ser abordados, con mayores probabilidades de éxito, los otros problemas, depresión, pérdida de autoestima, control de las adiciones, dependencia emocional, a la vez que se desarrollan habilidades para afrontar los nuevos retos a los que deben enfrentarse (económicos, sociales, familiares, laborales, etc.). La intervención grupal parece de especial ayuda en estos casos. Problemas como las disfunciones sexuales o algunos trastornos de ansiedad pueden considerarse menos urgentes y seguir una vía de intervención más habitual. Por último, los profesionales deben estar preparados para realizar intervenciones de urgencia y para ofrecer una perspectiva forense sobre cada caso, para lo que resulta fundamental una cuidadosa recogida de información y el uso de pruebas tipificadas. Programas de intervención psicológica, precisos y detallados, como el presentado por Labrador y cols,. (2004), pueden servir de guía a la actuación profesional del psicólogo.

Referencias bibliográficas:

Golding, J. (1999). Intimate partner violence as a risk factor for mental disorders: A meta-analysis. Journal of Family Violence, 14 (2), 99-132.

Instituto de la Mujer (2006) Estadísticas. Mujer en cifras. Extraído el 9 de Octubre de 2002 de http://www.mtas.es/mujer/mujeres/cifras/index.htm

Labrador, F. J.; Rincón, P. P.; De Luis, P. y Fernández-Velasco, R. (2004) Mujeres Víctimas de la Violencia Doméstica: Programa de Actuación. Madrid: Pirámide

Rincón, P.P.; Labrador, F.J., Arinero, M. y Crespo, M. (2004) Efectos Psicopatológicos del maltrato doméstico. Avances en Psicología Clínica Latinoamericana, 22,.105-116

Walker, L. (1999) Psychology and domestic violence around the world. American Psychologist. 54 (1), 21-29.

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