En 1998 la Asamblea General de las Naciones Unidas expresó su preocupación porque el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA) había llegado a proporciones de pandemia. En ese mismo año, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró el 1 de diciembre como Día Mundial del SIDA. Desde entonces, se viene celebrando esta fecha a nivel mundial a través de diferentes actividades y propuestas.

Bajo el lema ‘Hazte la prueba’, se conmemora hoy el Día Mundial del SIDA. El objetivo: sensibilizar a la población acerca de la importancia de hacerse controles.

De acuerdo con las últimos datos ofrecidos por la OMS y el Joint United Nations Programme on HIV/AIDS (UNAIDS), a día de hoy unos 39,5 millones de personas presentan VIH en el mundo. Así mismo, en el año 2006 se han producido 4,3 millones de nuevos casos, dándose el 65% de los mismos en el África subsahariana, y habiéndose observado un incremento llamativo en Europa del Este y Asia central, en donde las tasas de infección han aumentado más de un 50 % desde el año 2004. Sólo en España se detectan 8 nuevos casos cada día, y el Ministerio de Sanidad calcula que entre 120.000 y 150.000 personas tienen en España el VIH.

 

Un último dato indica, además, que en el año 2006 han muerto 2,9 millones de personas debido a enfermedades derivadas al SIDA.

Hoy en día, tal y como indican los investigadores y psicólogos de la Universidad de Sevilla, Enrique Flores, Mercedes Borda y Mª Ángeles Pérez San Gregorio (2006), la población general es consciente de que, tras adquirir la infección, existe un periodo asintomático aproximado de diez años, tras los cuales, con un tratamiento específico, se puede prolongar la calidad de vida durante décadas. Sin embargo, a pesar de que la enfermedad a nivel mediático ya no es sinónimo de muerte, cuando se notifica a una persona el diagnóstico de VIH, ésta sigue experimentando la reacción propia de un diagnóstico mortal (negación, ira, depresión, aceptación). Todos sus planteamientos vitales quedan, al menos, temporalmente afectados, verbalizando: "…ya nada es igual, relaciones, trabajo, ideas de futuro…".

¿Cómo puede entenderse esto? La infección VIH/SIDA en la actualidad, no es ya una amenaza vital. De hecho, con los tratamientos antirretrovirales es incluso posible alcanzar una calidad de vida digna. Sin embargo, para entender el verdadero sufrimiento de la persona con VIH/SIDA, hemos de ir más allá de los parámetros médicos y acercarnos al significado que tiene aún esta enfermedad moral y al estigma del SIDA. En palabras Javier Barbero, psicólogo adjunto del Servicio de Hematología del Hospital Universitario de la Paz, en un artículo publicado en esta revista, frente a las enfermedades naturales (aquéllas que se producen sin mediar el comportamiento humano, como puede ser una apendicitis), las enfermedades morales se contraen habitualmente por la presencia de una determinada conducta con distintas frecuencias o intensidades. Es el caso de las Enfermedades de Transmisión Sexual, del alcoholismo, de otras drogodependencias y –también- del VIH-Sida. Las enfermedades morales acaban siendo, de un modo u otro, enfermedades sociales y vergonzantes y suelen llevar a la búsqueda de chivos expiatorios.

Es por ésta, entre otras razones, que la labor del psicólogo en los distintos momentos que atraviesa la persona con SIDA, es de enorme relevancia.

Barbero explica que no ha sido fácil el abordaje de la problemática en torno al SIDA para el profesional de la Psicología. Tal y como indica, el psicólogo se ha debido de enfrentar a un buen número de claves y paradojas que, si no eran tenidas suficientemente en cuenta, podían dar al traste con su intervención. La primera de ellas, explica, tiene que ver con la complejidad. En torno al SIDA inciden variables biomédicas, sociales, conductuales, morales, etc. y todas ellas con un peso específico muy importante. Un psicólogo que intervenga con personas infectadas por VIH ha de saber qué son los CD4, cuál es la responsabilidad moral de los diferentes intervinientes en cuanto a la propagación del virus, qué variables predisponentes son importantes para la modificación de conductas de riesgo, etc. Por otra parte, continua aclarando, el psicólogo sabe que el SIDA cuestiona aspectos tan esenciales y tan íntimos y personales como son la sexualidad, la muerte o el ejercicio de la libertad frente a las adicciones. El virus se presenta por mecanismos que habitualmente están bañados de prejuicios –más o menos explícitos o reconocidos- que también pueden afectar al psicólogo.

Todos estos aspectos, y el propio hecho de que el SIDA es una enfermedad que se halla en la intersección entre lo social y lo sanitario, hacen que el afrontamiento de la misma haya supuesto un reto para el que el psicólogo, en todo el itinerario, cuenta, según expone de nuevo Barbero, con tres herramientas básicas.

La primera tiene que ver con trabajar desde la óptica de la psicología de la salud, lo que dio al psicólogo un encuadre teórico adecuado, más generalista y menos específico, pero –por ello- mucho más normalizador.

La segunda herramienta, de la que fueron transmisores a profesionales de otras disciplinas, ha sido la del counselling, que permitía trabajar y acompañar con más seguridad y menos incertidumbres.Por último, y aunque no pertenece al terreno específico de la Psicología, otra herramienta clave ha sido el modelo deliberativo de relación terapéutica, que va mucho más allá de las técnicas de resolución de problemas y que sitúa al psicólogo en la perspectiva del compañero de viaje que acompaña a la persona en un sin fin de toma de decisiones, como, informar a la pareja.

Ante un problema de gran envergadura como lo es el SIDA, complejo y multidimensional, el abordaje y el impulso deben continuar dirigiéndose hacia enfoques multidisciplinares, centrados en la persona. Quizás, como indican Flores, Borda y Pérez San Gregori, sólo viendo el sufrimiento que en las distintas áreas de la persona aporta la infección, para diseñar la intervención. Como quiera que sea, la Psicología en los próximos años deberá imponerse como reto la promoción de un punto de vista eminentemente preventivo, que incluya estrategias de promoción primaria, secundaria y terciaria y de campañas dirigidas a conductas de riesgo presentes en las relaciones heterosexuales, puesto que se ha descuidado de forma significativa el abordaje del SIDA contraído por vía heterosexual no protegida. Igualmente, necesitará continuar promoviendo estrategias de adherencia al tratamiento, así como contribuir a la erradicación del estigma que, hoy por hoy, continúa yendo de la mano de esta enfermedad, entre otros aspectos.

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