La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) (Hayes, Stroshal y Wilson, 1999; Wilson y Luciano, 2002) se presenta a sí misma como una terapia cognitivo conductual, y se reclama como una evolución natural del análisis de la conducta, debido a un desarrollo teórico importante: la teoría de los marcos relacionales. Esta teoría pretende dar cuenta de la adquisición y funcionalidad del lenguaje, permitiendo incorporar el lenguaje, el pensamiento y la cognición a la más pura tradición del análisis de la conducta, para su modificación. La ACT es su aplicación práctica a la psicología clínica, y puede afrontar con eficacia aspectos que antes estaban reservados a la terapia cognitiva. Además, permite incorporar al quehacer terapéutico temas que hasta ahora han sido marginales o ignorados en la terapia cognitivo conductual, como el concepto de YO, vivir aquí y ahora, la atención plena, etc.

Desde el punto de vista del análisis funcional, ACT es un desarrollo lógico y plenamente integrado y los psicólogos que se encuadran en esa línea, si bien no tendrán muchas dificultades teóricas en incorporarla, pueden tener problemas de índole práctica, porque para emplear el modelo ACT es necesaria una profunda reconversión de técnicas totalmente consolidadas. Por poner un ejemplo, veamos los cambios que implica ACT en una técnica tan potente y establecida como la exposición: generalmente, el objetivo para el que se utiliza la exposición en la práctica clínica es conseguir la disminución o eliminación de la ansiedad.

 

ACT plantea un objetivo distinto: conseguir que el paciente amplíe su repertorio conductual recortado por el condicionamiento aversivo. El objetivo no es extinguir la ansiedad, sino conseguir que el paciente avance en cualquier situación en la dirección de sus valores. Por eso, la alternativa ACT a la exposición es la aceptación. Aceptar plenamente nuestra ansiedad supone vivir con ella sin querer eliminarla y sin renunciar a seguir los valores propios porque el sufrimiento esté presente.

ACT permite la modificación del pensamiento desde un punto de vista conductual, mientras que hasta este momento era la terapia cognitiva quien se ocupaba de ello, aunque lógicamente desde otra perspectiva. En consecuencia, surge la cuestión de la coherencia, compatibilidad e integración de ambas aproximaciones.

Algunos autores ven factible una convergencia, y proponen la evolución de la terapia cognitiva para integrar los avances de ACT. Sin embargo, otros autores ven serios problemas de diversa índole: 

    1. Filosófica. Por ejemplo, ACT parte del pragmatismo: algo es verdad si da el resultado buscado, mientras la terapia cognitiva considera que hay una verdad objetiva y que nuestro pensamiento se tiene que ajustar a ella para ser saludable.

    2. Teórica. Parten de bases teóricas muy diferentes: de la Psicología cognitiva y de la teoría de la información; frente a la teoría de los marcos relacionales.

    3. Práctica. Las diferencias filosóficas y teóricas entre distintas orientaciones psicológicas se disuelven muchas veces cuando se llega a la práctica, porque si se da el cambio en el paciente, será porque se han puesto en marcha los procesos adecuados, se haya hecho desde la orientación teórica que haya sido. En este sentido, las diferencias entre ACT y las terapias cognitivas puede ser de énfasis en las aplicaciones. Por ejemplo, una de las herramientas terapéuticas más características de las terapias cognitivas es la reestructuración cognitiva, que incluye fundamentalmente la discusión y la puesta en cuestión franca y abierta de las ideas irracionales del paciente. Discutir y cambiar el contenido de los pensamientos del paciente es algo que no repugna a ACT; pero su objetivo fundamental se dirige a modificar la función del pensamiento, es decir, las consecuencias conductuales que tiene para la persona su presencia. Las discrepancias en este punto son más de énfasis que de fondo.

La terapia cognitivo conductual ha demostrado su eficacia en una gran cantidad de trastornos psicológicos y tiene una base empírica innegable. La discusión final de si ACT añade algo nuevo o no, aunque solamente se trate de un cambio de énfasis, se tiene que dilucidar en el campo de los resultados empíricos y no en la discusión teórica y filosófica.

Para que ACT se implante en la práctica cotidiana de la Psicología clínica, es muy importante tomar conciencia de las dificultades que supone para el psicólogo, no ya en un plano teórico, sino en las aplicaciones concretas. Por eso es muy ilustrativo ver en casos clínicos concretos las diferencias entre la actuación terapéutica cognitivo conductual clásica y ACT (García Higuera, 2006).

La referencia original sobre la que se basa este artículo puede encontrarse en la revista EduPsiké: García Higuera, J. A. (2006). La terapia de aceptación y compromiso como desarrollo de la terapia cognitivo conductual. EduPsykhé, 5, 2, 287-304.

Algunas referencias de interés:

Hayes, S. C., Strosahl, K. D. y Wilson, K. G. (1999). Acceptance and commitment therapy: An experiential approach to behavior change. New York: The Guilford Press.

Wilson, K. J.; Luciano, M. C. (2002). Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT). Editorial Pirámide. Madrid.

García Higuera, J. A. (2006). La terapia de aceptación y compromiso como desarrollo de la terapia cognitivo conductual. eduPsykhé, 5, 2, 287-304. (http://www.psicoterapeutas.com/pacientes/act/ACTdesarrolloCognitivoConductual.pdf, diciembre, 2006)

 

Sobre el autor:

José Antonio García Higuera ejerce la Psicología Clínica en la practica privada desde 1979. Es Psicólogo Especialista en Psicología Clínica, Doctor en Psicología 1999, Licenciado en Psicología 1979, Licenciado en Matemáticas 1969 y Psicoterapeuta. Ha publicado varios libros y mantiene una página Web: http://www.psicoterapeutas.com