María Cardelle-Elawar (1) y Mª Luisa Sanz de Acedo Lizarraga (2)

(1) Arizona State Universite West-Education (EEUU) y (2) Universidad Pública de Navarra

El estudio de la metacognición y su relación con la emoción despierta un gran interés teórico y empírico en la Psicología actual. Quizá sea porque hoy en día se evidencia en la conducta de muchas personas una fuerte contradicción entre lo cognitivo y lo afectivo. Por un lado, se observa que la mente manifiesta una capacidad ilimitada de actuación y producción, al menos si se la valora por sus descubrimientos y logros científicos y, por otro, también se observan los numerosos desajustes conductuales del ser humano, que revelan el descontrol de sus impulsos y expresiones emocionales.

¿Qué significa metacognición?, o ¿que una persona sea metacognitiva? Significa que esa persona conoce cómo piensa y cuáles son sus estados emocionales más relevantes y frecuentes, es consciente de lo que necesita saber y hacer para alcanzar una meta específica y regula su conducta planificando las acciones inmediatas y futuras, controlando el esfuerzo cognitivo que demanda el trabajo, coordinando la atención y el tiempo requeridos para ejecutar una actividad y analizando los resultados logrados, convirtiendo los errores cometidos en fuente de nuevos aprendizajes. Estos aspectos de la metacognición constituyen los componentes esenciales de la mente humana que piensa, siente y actúa con relativa reflexión, vigor y acierto (figura 1).

Figura 1: Componentes de la mente humana

Tradicionalmente, el fenómeno de la metacognición se ha estudiado independientemente de las emociones: lo cognitivo ha estado asociado a la inteligencia y al éxito académico; en cambio, las reacciones emocionales, a la energía vital, a la fuerza que mueve, mantiene y dirige la conducta. Sin embargo, ambas dimensiones más que interferirse, deben complementarse e interaccionar de forma sabia y adaptada.

Las emociones tienen una base fisiológica, pues están afectadas principalmente por el sistema nervioso y endocrino; una base subjetiva, pues se las interpreta a través de las vivencias personales positivas -alegría, amor, paz o valentía- y negativas -tristeza, odio, ira o miedo- y; finalmente, una base conductual, pues se manifiestan en los gestos, las posturas, el tono de voz, etc. Examinando estos tres fundamentos, puede inferirse el estado emocional de una persona, su intensidad, naturaleza y posibles efectos en su vida personal y en la de los demás.

En la década de los 90, surgió cierta inquietud por conocer en profundidad las emociones de uno mismo y de los demás; así como de regularlas; es decir, de estimular las emociones positivas y educar las negativas. Se etiquetó los estados emocionales con el nombre de inteligencia emocional. Mayer y Salovey (1997) describen la inteligencia emocional como la capacidad de percibir, valorar y expresar las emociones con exactitud, así como la de acceder y generar sentimientos que faciliten el pensamiento, entender las emociones, regularlas y promover el crecimiento emocional e intelectual. De ahí que a partir de estos estudios, la inteligencia se entienda como, además de la habilidad para resolver problemas, la de supervisar los sentimientos, las emociones y las conductas que generan (Cardelle-Elawar y Sanz de Acedo Lizárraga, 1997).

 

Goleman (1998), uno de los autores que más ha estudiado el tema de la inteligencia emocional, defiende que las emociones pueden ayudar a pensar con más claridad y a enfrentarse con valentía a los problemas de la vida; y el pensamiento, a sentirse más satisfecho y feliz, a comprender mejor a los demás y a mantener unas relaciones interpersonales fluidas y armoniosas.

Estas breves reflexiones que ofrecemos conllevan diversas implicaciones prácticas relevantes para la familia y la escuela, instituciones que participan activamente en el desarrollo metacognitivo y emocional de los niños. La familia, siempre, y la escuela son responsables de las competencias cognitivas y emocionales que pueda alcanzar una persona. Estas competencias tienen que ver con el desarrollo de la capacidad para: a) conocer las propias emociones; b) regularlas constantemente, en el momento, lugar y tipo de expresión adecuados; c) motivar a la reflexión antes de actuar, a la superación de obstáculos y al logro de metas; d) comprender y conectar con las ideas y reacciones de los demás, tratándoles como nos gustaría que lo hicieran con nosotros mismos; e) comunicarse con afecto y respecto. La persona competente en estos aspectos proyecta una conducta ajustada, saludable y segura y obtiene, generalmente, buenos resultados académicos y personales durante toda su vida (Sanz de Acedo Lizárraga, Ugarte Martínez, Cardelle-Elawar, Iriarte Iriarte, y Sanz de Acedo Baquedano, 2003).

Por el contrario, la persona que desconoce sus emociones actúa de forma desordena, impulsiva y ansiosa, muestra apatía hacia muchas tareas y metas, reacciona con cierto egoísmo ante determinadas situaciones sociales y se siente, probablemente, sola y triste (figura 2).

Figura 2: Aspectos clave del desarrollo emocional

Para concluir, cabe decir que la actividad metacognitiva es esencial tanto para el desempeño cognitivo como para el logro del equilibrio emocional. Las personas, a través de estos procesos, alcanzan mejores ejecuciones, son más críticas con su propia actuación y utilizan la mente y el corazón de forma más inteligente. La familia tiene muchos cometidos; entre otros, generar una convivencia que facilite la reflexión personal y grupal y la interacción afectiva entre sus miembros. La escuela ha de trabajar, en unión con los padres, para que la formación académica contribuya, lo más posible, a la madurez emocional de los estudiantes enseñándoles a resolver conflictos, a expresar emociones positivas y a fomentar relaciones interpersonales amistosas, colaboradoras y enriquecedoras, donde puedan desarrollarse como personas creativas, generosas, comprensivas y tolerantes.

Bibliografía

Cardelle-Elawar, M., y Sanz de Acedo Lizárraga, M.L. (1997). La inteligencia emocional: su regulación e implicación. Huarte de San Juan, 2-3, 247-266.

Mayer, J.D., y Salovey, P. (1997). What is emocional intelligence? En P. Salovey & D.J. Sluyter (Eds.), Emotional development and emotional intelligence. New York: BasicBooks.

Goleman, D. (1998). Working with emotional intelligence. New York: Bantam Books.

Sanz de Acedo Lizárraga, M.L., Ugarte Martínez, M.D., Cardelle-Elawar, M., Iriarte Iriarte, M., y Sanz de Acedo Baquedano, M.T. (2003). Enhancement of self-regulation, assertiveness, and empathy. Learning and Instruction, 13(4), 423-439.

El artículo original a partir del cual se ha escrito este trabajo puede encontrarse en la revista Psicología Educativa: Cardelle-Elawar, M. y Sanz de Acedo, Mª. L. (2006). La metacognición aplicada a la emoción. Psicología Educativa, Vol. 12 (2), pp. 107-121.

 

Sobre las autoras:

María Cardelle-Elawar es Ph.D en Psicología Educativa por la Universidad de Stanford y es actualmente profesora en la Universidad Estatal de Arizona (ASU). Ha publicado numerosos artículos en revistas nacionales e internacionales y su área de investigación está centrada en la influencia de la metacognición, la emoción y la motivación en los procesos de enseñanza aprendizaje.

 

 

 

María Luisa Sanz de Acedo Lizárraga es Profesora Titular de Universidad en el Departamento de Psicología y Pedagogía de la Universidad Pública de Navarra y autora de varios libros, tales como Cognición en el aula (1999) y La toma de decisiones acertadas (2005). También ha publicado en revistas de impacto y su labor investigadora está centrada mayormente en la aplicación de la Psicología cognitiva a la mejora de las capacidades cognitivas del ser humano.

 

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