Carmen Ferrándiz, Fulgencio Marín, Laura Gallud, Mercedes Ferrando, José Antonino López y María Dolores Prieto

Universidad de Murcia

 

El término de Inteligencia Emocional (IE) fue introducido en la literatura por Salovey y Mayer (1990), quienes la definen como la habilidad para percibir, valorar y expresar emociones con exactitud; generar sentimientos que faciliten el pensamiento; comprender emociones y el conocimiento emocional; y regular las emociones, promoviendo un crecimiento emocional e intelectual (Mayer y Salovey, 1997). El término se hizo muy popular tras la publicación de Goleman (1995), convirtiéndose en uno de los tópicos con mayor expansión científica, con repercusión en multitud de artículos y libros divulgativos, con una gran profusión de páginas Web y libros de autoayuda, que adolecían en su mayoría de apoyo empírico (Extremera y Berrocal, 2004).

La falta de rigor científico hace que los investigadores se centren en diseñar modelos teóricos sobre el constructo y en estudiar la relación entre la IE y algunas variables estrechamente relacionadas con el concepto: rasgos de personalidad, inteligencia, bienestar psicológico, rendimiento académico, liderazgo y satisfacción académica (Schulze y Roberts, 2005).

Como resultado, surgen dos grandes modelos: los denominados mixtos, cuyo objetivo es unir dimensiones relacionadas con la personalidad (como optimismo, asertividad o empatía) con capacidades mentales y emocionales. Utilizan medidas de autoinforme y enfatiza la efectividad psicológica (éxito social, laboral o educativo), basándose en modelos de personalidad y ajuste no cognitivo (Bar-On, 1997; Goleman, 1998).

El segundo de los modelos, el de capacidad, está orientado hacia el estudio de las habilidades necesarias para procesar la información afectiva que, basándose en modelos de inteligencia y desempeño, desarrolla medidas de rendimiento, resaltando la capacidad cognitiva para procesar y regular la información (Caruso et al. 1999). Sin embargo, todavía no está claro si los dos tipos de medida evalúan el mismo constructo.

El objetivo del presente trabajo fue, por una parte, analizar las propiedades psicométricas de la escala de inteligencia emocional SSRI (Shutte Self Report Inventory), diseñada por Shutte, Malouff, Hall, Haggerty, Cooper, Golden, y Dornheim (1998) y adaptada al castellano por Chico (1999); y por la otra, estudiar su relación con las variables sexo, inteligencia, rasgos de personalidad y rendimiento académico.

La escala SSRI, fundamentada en las dimensiones de valoración, regulación y utilización emocional, postuladas en el modelo inicial de Mayer y Salovey consta de 33 ítems en una escala tipo Likert (de 1 a 5), en la que los sujetos han de indicar el grado en que se sienten reflejados con cada enunciado.

Los participantes fueron 115 estudiantes universitarios, pertenecientes a las titulaciones de psicopedagogía, empresariales e ingeniería. Para completar el estudio, se utilizaron otros instrumentos: el cuestionario de personalidad NEO-FFI, el test de inteligencia DAT-5, la escala de inteligencia emocional TMMS (Salovey et. al., 1995), el cuestionario de rasgo de inteligencia emocional de Petrides y Furham (2003) e información sobre el rendimiento y la satisfacción académica.

 

Los resultados encontrados indican que la escala SSRI está formada por los componentes de valoración, regulación y utilización emocional, propuestos en el modelo de Salovey y Mayer (1990).

Además, nuestros resultados se adhieren a la lista de estudios que no han podido detectar diferencias en inteligencia emocional según el sexo (Cakan y Altun, 2005; Saklofske et al., 2003). En este sentido, Brackett y Mayer (2003) encontraron que las mujeres tan sólo puntuaban más alto que los hombres en inteligencia emocional cuando se utilizaba una medida de rendimiento (MSCEIT), pero no con las medidas de autoinforme EQ-i y SSRI. De hecho, las medidas de ejecución evalúan la manifestación de la destreza emocional, mientras que las de autoinforme valoran la autopercepción de la dicha destreza, lo que pudiera explicar los diferentes resultados entre ambas medidas.

Respecto a la relación entre la IE y la inteligencia verbal y abstracta, nuestros resultados señalan una escasa o nula relación entre la inteligencia y la IE. Estos datos están en consonancia con los hallados en otros estudios (Shutte et al., 1998).

La relación entre la IE y la personalidad fue de magnitud moderada y estadísticamente significativa para los rasgos de extraversión, apertura y neuroticismo; siendo de signo positivo para los dos primeros y negativo para el último. Estos datos coinciden con los de otros expertos (Saklofske et al., 2003). Hay que resaltar que el estudio de la relación entre los rasgos de personalidad y la IE es una cuestión pendiente que sigue sin resolverse (Furnham, 2006).

Respecto a la asociación entre IE y rendimiento académico, nuestros resultados señalaron que ambos constructos muestran una correlación positiva de magnitud moderada y estadísticamente significativa. Así, coincidimos con Bar-On (1997) en que el éxito académico depende del control que el alumno haga de sus emociones, con lo que la IE constituiría un buen predictor del mismo (Ferrando, Petrides, Ferrándiz, López Pina, Serna, y Prieto, 2007). 

En conclusión, los resultados del trabajo muestran que la SSRI es una escala con adecuados coeficientes de fiabilidad, independiente de la inteligencia, relacionada con múltiples factores de personalidad y con ciertos indicadores de validez en la medición del constructo de inteligencia emocional autopercibida.

Agradecimientos: Esta investigación fue realizada gracias a la ayuda SEJ2005-02019/EDUC del Ministerio de Educación y Ciencia.

Referencias bibliográficas

El artículo original puede consultarse en la revista Ansiedad y Estrés: Ferrándiz, C., Marín, F., Gallud, L., Ferrando, M., López Pina, J. A. y Prieto, M. D. (2006). Validez de la escala de inteligencia emocional de Shutte en una muestra de estudiantes universitarios. Ansiedad y Estrés 12, 2-3, pp. 167-179.

Sobre los autores:

Carmen Ferrándiz es Doctora en Pedagogía. Profesora Ayudante (LOU) en el Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Murcia. Sus líneas de investigación y publicaciones giran en torno a la inteligencia, la inteligencia múltiple, la superdotación, el talento y la inteligencia emocional.

Fulgencio Marín es Doctor en Psicología. Profesor Titular en el Departamento de Psicología Básica y Metodología de la Universidad de Murcia. Es especialista en metodología de investigación en Psicología, sus estudios se centran en la técnica del meta-análisis en la investigación.

Laura Gallud es Licenciada en Psicopedagogía y maestra de Educación Infantil. Sus líneas de investigación se centran en el estudio de la inteligencia emocional en el contexto escolar.

Mercedes Ferrando es Doctora en Pedagogía. Becaria de investigación Postdoctoral de la Fundación Séneca. Sus investigaciones se centran en el estudio de la inteligencia emocional, la superdotación y la inteligencia exitosa. Actualmente mantiene una estrecha relación científica con el profesor Sternberg, con quien está previsto que realice una estancia de investigación postdoctoral en la Universidad de Tufts (USA).

José Antonino López Pina es Doctor en Psicología. Profesor Titular en el Departamento de Psicología Básica y Metodología de la Universidad de Murcia. Es especialista en metodología de investigación en Psicología y en psicometría.

María Dolores Prieto es Catedrática de Psicología Evolutiva y de la Educación del Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación y directora del grupo de investigación sobre Altas Habilidades de la Universidad de Murcia. Sus líneas de investigación giran en torno a la inteligencia, la superdotación y el talento, la creatividad y la inteligencia emocional. Desde hace algunos años, la Dra. Prieto viene trabajando con el profesor R. Sternberg, de la Universidad de Tutfs (EEUU), y actualmente se encuentra colaborando con el grupo de investigación de Dr. K. V. Petrides sobre inteligencia emocional.

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