Recientemente, la Facultad de Educación y Trabajo Social de la Universidad de Valladolid ha organizado la mesa redonda titulada Niños acosados y niños no queridos por sus compañeros. Características y consecuencias personales y sociales, con el objeto de dar a conocer y profundizar en una de las problemáticas que más interés ha acaparado en el ámbito educativo en los últimos tiempos, el acoso escolar.

Con motivo de la celebración de esta mesa redonda, Infocop Online entrevista para sus lectores a Mª Victoria Muñoz Tinoco, Profesora Colaboradora del Departamento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Sevilla, especialista en el estudio del fenómeno de los niños rechazados y su falta de integración en el ámbito escolar. En la actualidad, Mª Victoria Muñoz Tinoco sigue investigando esta problemática dentro del grupo de investigación integrado por Irene Jiménez Lagares, Profesora Colaboradora, y Mª del Carmen Moreno Rodríguez, Profesora Titular de dicho departamento.

 

ENTREVISTA

Usted es una de las pocas investigadoras en nuestro país que ha estudiado, desde un punto de vista psicológico, el tema de los niños rechazados por sus compañeros en el ámbito educativo. ¿Cuáles diría que son las principales características que presenta hoy día un niño o niña rechazado?

La experiencia básica que comparten los niños y niñas rechazados por sus iguales está relacionada con los sentimientos negativos del grupo. Los miembros de este grupo de referencia, habitualmente el grupo-clase, no sólo prefiere estar y pasar su tiempo con otros compañeros y compañeras, sino que, además, prefiere hacer cosas con ellos.

Surge entonces la pregunta, ¿qué tienen o cómo son estos niños y niñas para que el grupo no los quiera? Un pequeño porcentaje de los niños y niñas que al entrar en un grupo son rechazados por sus iguales puede manifestar una conducta claramente agresiva, sin embargo, parece que la mayoría de ellos/as no muestran en esos momentos iniciales más que conductas molestas o disruptivas.

Estas conductas son habitualmente rechazadas por el grupo, porque pueden interferir en la consecución de las metas del grupo o dificultar la interacción. Conductas sociales no habilidosas como dirigirse a los otros de manera ansiosa o intrusiva, responder de forma impertinente, actuar de manera impulsiva, enfadarse y frustrarse con facilidad, responder con rabietas o no prestar atención cuando le hablan, son algunas de las conductas que ya a los preescolares pueden costarles el rechazo de sus iguales. Si repasamos las conductas que hemos descrito, no nos extrañará que algunos autores señalen a los niños y niñas hiperactivos como foco central del rechazo de sus iguales.

Pero estas conductas molestas no son el único motivo de rechazo. Una parte de los niños y niñas rechazados lo son por su timidez. El retraimiento como motivo de rechazo aumenta con la edad, de manera que durante la adolescencia los rechazados no agresivos o retraídos son más que los rechazados agresivos.

Partiendo de su experiencia investigadora, ¿cuáles son las principales variables implicadas en el proceso de rechazo de un menor? Desde un punto de vista psicosocial, ¿a qué elementos tendríamos que atender para dar cuenta de esta problemática y ofrecer una adecuada intervención?

 

Hemos visto que el rechazo actúa sobre aquellas conductas individuales que, por diferentes motivos, desagradan al grupo. Pero el rechazo no parte del individuo, sino del grupo y esto es lo que explica que actúe como una fuerza socializadora con sus propios efectos negativos: resta oportunidades de aprendizaje social, construye sesgos en la interpretación que se hace de la conducta de los miembros del grupo, merma la autoconfianza, crea sentimientos negativos y cronifica la situación de los niños y niñas rechazados, creando precisamente rechazo y potenciando los problemas de conducta.

Por tanto, el rechazo es un fenómeno complejo que requiere una intervención también compleja. Intervenir sobre el rechazo supone trabajar de forma conjunta en dos líneas principales: evitar/disminuir el rechazo y promover la aceptación.

Los elementos implicados en el rechazo y, por tanto, susceptibles de intervención son básicamente cuatro:

1. La conducta/competencia social del rechazado: capacidad de autorregulación y control de impulsos, habilidades de comunicación, conductas asertivas en la resolución de conflictos, etc. Para promover la aceptación, la intervención sobre la conducta debe incluir no sólo entrenamiento para resolver de forma habilidosa las situaciones sociales de conflicto cuyo déficit dio lugar al rechazo; sino que debe incidir también sobre la adquisición de conductas asociadas a la aceptación, fundamentalmente conductas empáticas y prosociales: ser amable, ayudar, cuidar, invitar, etc.

2. Los pensamientos y representaciones sociales que la experiencia de rechazo contribuye a sesgar haciendo, por ejemplo, que los rechazados agresivos justifiquen su conducta agresiva en términos de autodefensa o atribuyendo intencionalidad a la otra parte. La intervención debe ir encaminada a situar a los niños y niñas rechazados en situaciones en las que deban poner en marcha un pensamiento de tipo social, visualizando las conexiones entre pensamiento, sentimientos y conducta.

3. La respuesta del grupo (rechazo explícito, sesgos, etc.). Si la respuesta negativa del grupo se hace crónica, la conducta empeora, y el rechazo puede dar lugar a situaciones de victimización. La intervención con el grupo implicaría la creación de un contexto de apoyo al cambio, que reconozca los cambios en la conducta individual, identifique los sesgos del grupo ("se autoexcluye"), refuerce las habilidades sociales del mismo y afiance redes de relaciones internas que permitan desarrollar filiaciones para que ningún niño o niña quede excluido.

4. La vivencia del rechazo: los sentimientos negativos asociados a la experiencia de ser rechazado. Cuando el rechazo es una experiencia permanente, los sentimientos negativos se van agravando; de manera que lo que inicialmente era soledad, tristeza o frustración puede derivar en depresión, hostilidad o deseos de venganza. La intervención en este nivel debe ir encaminada a la promoción de cambios internos y duraderos a través de un trabajo profundo con los sentimientos, las expectativas, las motivaciones y los deseos.

Nosotras hemos encontrado que en la adolescencia los sentimientos negativos adquieren un gran protagonismo en la caracterización del rechazo. Los adolescentes rechazados son vistos por sus compañeros y compañeras como más agresivos o como más retraídos.

Apenas hay correlatos conductuales en los autoinformes a estas edades que diferencien a estos chicos y chicas de sus compañeros y compañeras, tanto en competencia social, como en autoconcepto o en habilidades cognitivas. Sin embargo, sí expresan menor nivel de sentimientos positivos y mayores niveles de sentimientos negativos en sus relaciones con los compañeros que los otros grupos sociométricos.

 

El rechazo de un menor o una menor por parte de sus iguales puede tener diferentes manifestaciones y consecuencias, como bien está exponiendo. ¿Qué relación guarda el rechazo con el acoso? ¿Estamos hablando de dos caras de un mismo fenómeno?

Rechazo y acoso son fenómenos relacionados, pero no equivalentes. La investigación pone de manifiesto cierto nivel de solapamiento, porque tanto los acosadores como las víctimas pueden ser percibidas, por distintos motivos, como infractores de las normas internas del grupo. Por tanto, unos y otros pueden ser rechazados, aunque no todos los acosadores son rechazados (tampoco populares, como en muchas ocasiones se piensa).

En la conexión entre ambas experiencias, el camino parece ir más del rechazo al acoso que al contrario. Como hemos comentado, la experiencia de rechazo crónico crea en los niños y niñas sentimientos negativos de frustración, rabia y hostilidad que pueden derivar en dos actitudes ligadas al acoso: conducta agresiva o aislamiento autoimpuesto y alienación con el grupo. Sin embargo, tampoco todos los que son rechazados en un aula se convierten en acosadores o víctimas.

¿Acoso escolar y rechazo entre iguales son realmente un mal tan extendido en el ámbito escolar, tal y como parecen reflejar los medios de comunicación en la actualidad?

El rechazo se da prácticamente en el 100% de las aulas, porque es un fenómeno muy ligado a la vida de los grupos. Habitualmente se encuentra en torno a un 10% de niños y niñas rechazados en cada aula. Ahora bien, lo que sí es afortunadamente distinta es la manifestación de ese rechazo.

Como dato positivo, nosotras hemos encontrado en los adolescentes un porcentaje importante de razones de rechazo ligadas a una menor afinidad, a la incompatibilidad o a no llevarse tan bien o tener menos relación que con los que consideran sus amistades en el aula. Algunos insisten, además, en que si se tienen que relacionar con ellos lo hacen, pero que prefieren no hacerlo. Esto podría explicar que no todos los rechazados lo pasen mal y que un grupo importante de ellos haga referencia a alguna amistad en el aula o fuera del aula, con la que tienen una relación satisfactoria.

En el otro extremo encontramos un porcentaje pequeño de razones, en torno a un 5%, que aluden a los motivos del rechazo, en los que directamente se insulta a los compañeros o compañeras objeto de este rechazo. Para nosotras, éste podría ser un indicador de maltrato, pero clara y también afortunadamente, es un fenómeno que no se da en todas las aulas; y que cuando ocurre, es también menos frecuente que el rechazo.

Desgraciadamente, cuando fenómenos como estos se hacen visibles, siempre pueden haber agentes interesados en crear alarma. En ese sentido, es importante que hagamos un esfuerzo por ser conscientes de que el estado actual es un logro. El rechazo entre iguales, de la misma manera que el acoso escolar, no es un fenómeno nuevo. No lo hace menos preocupante el hecho de que siempre haya existido, pero lo positivo es que poco a poco dejamos de verlo como algo natural e intrínseco al propio grupo.

Desde su punto de vista, ¿de qué manera podemos contribuir los psicólogos y psicólogas en el ámbito educativo y comunitario, tanto desde un punto de vista preventivo como de atención, una vez aparecido el problema?

En el ámbito educativo y en relación con las situaciones de rechazo entre iguales, el psicólogo debe ejercer dos trabajos fundamentales:

El primero es el formativo. La prevención e intervención en situaciones de rechazo en el aula por parte del profesorado requiere que aprendan a diagnosticar situaciones de rechazo y a desarrollar programas de entrenamiento en habilidades sociales, de comunicación, de gestión de conflictos y de pensamiento sobre situaciones sociales.

 

Una habilidad a entrenar en el profesorado, especialmente encaminada a la prevención del rechazo, es la promoción de estructuras y procesos de trabajo cooperativo en el aula; así como el manejo adecuado de las contingencias, para que desde los inicios de la Educación Infantil pueda crearse un clima en el que se ignoren las conductas molestas y disruptivas y se mantengan altas las expectativas hacia todos los niños y niñas.

Sería también un objetivo importante de intervención fomentar que el profesorado desarrolle un trabajo personal de reflexión y análisis de sus propias expectativas, sesgos y atribuciones respecto a los niños y niñas con un comportamiento distinto, especialmente aquellos que son más inquietos y desatentos; así como de la influencia que todo ello tiene sobre el fenómeno del rechazo entre iguales.

El segundo de los ámbitos al que hacía alusión va encaminado al trabajo con las consecuencias cognitivas y emocionales del rechazo. La experiencia continuada de rechazo por parte de los iguales en la infancia se relaciona con problemas tanto de internalización como de externalización de la conducta, los cuales pueden tener repercusión más allá de la adolescencia y que en algunas ocasiones pueden requerir un trabajo de reestructuración cognitiva y emocional más específico.

¿Le gustaría añadir alguna otra cuestión relacionada con el tema que nos ocupa?

A todos los elementos desarrollados en torno a la intervención habría que añadir tres reflexiones:

- La educación en valores durante la infancia y la adolescencia vinculados con el respeto, la aceptación, el compromiso con el otro y la ayuda, es uno de los ámbitos de trabajo fundamentales en relación con la prevención del rechazo y sus consecuencias.

- La continuidad en el tiempo de los programas de intervención individuales o grupales es una de las claves que garantiza el éxito. En general, los programas de intervención para la prevención del rechazo y la promoción de la aceptación con una duración inferior a dos años no mantienen sus efectos más allá del primer año.

- Como en muchos otras intervenciones sobre la infancia, el trabajo conjunto con la familia es fundamental.

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