En el ámbito de la salud mental, es esencial emprender medidas económicas para que la Atención Primaria sea el eje vertebrador del Sistema Sanitario, garantizando, entre otros aspectos, la estabilidad del personal y analizando los perfiles y cantidades de nuevos y nuevas profesionales para poder satisfacer las necesidades incipientes (Por ejemplo, la Psicología).

Esta es una de las recomendaciones recogidas en el Libro Blanco de la COVID-19, un documento realizado por profesionales -tanto del ámbito académico como trabajadores de primera línea-, pertenecientes a distintas disciplinas (entre ellas, la Psicología), con el objetivo de brindar una herramienta para hacer frente “a la sensación de shock colectivo, y superar -como sociedad- la parálisis inducida por la pandemia primero, y la fatiga pandémica después”.  

Tal y como señalan los autores de este Libro Blanco, desde el inicio de la pandemia se ha puesto de manifiesto la falta de coordinación general del sistema sanitario en nuestro país, y se han acentuado muchos de los problemas ya existentes, evidenciándose las debilidades de los sistemas de salud y bienestar.

Foto: cottonbro Fuente: pexels Fecha descarga: 20/05/2021

A este respecto, recomienda aprender de los países con mayor éxito en el control de la pandemia, en los que “se ha priorizado la protección pública de las personas mayores y las más vulnerables, se ha reforzado la Atención Primaria (AP), se ha potenciado la coordinación de la AP respecto a los hospitales, se han utilizado protocolos conjuntos y se han unificado todos los recursos técnicos, personales y científicos del país”.

En este sentido, el documento advierte del exiguo presupuesto invertido en sanidad, con un “marcado desequilibrio” en el gasto entre sus diferentes sectores, de modo que la AP recibe el 14%, “cuando necesitaría el 20-25% y la Salud Pública sólo el 1,1%, mientras que la OMS recomienda el 2-3%13”. A su vez, el gasto privado, “que representa un tercio del gasto sanitario total”, se está incrementando.

De acuerdo con los autores, fruto de estos presupuestos escasos, existe una precariedad en el número de profesionales, así como una falta de estructuras tanto de gestión como de asistencia técnica (por ej., en las consultas no presenciales). Asimismo, advierten de que el sistema sanitario otorga escasa prioridad al aspecto comunitario y a la prevención o a la promoción de la vida saludable.

Como bien indica el Libro Blanco, la consecuencia más grave de la pandemia ha sido la mortalidad, siendo las más perjudicadas las personas mayores y, especialmente, aquellas que vivían en residencias.

El personal sanitario público, pese a no estar suficientemente preparado para afrontar una pandemia, "ha tenido que actuar por su cuenta y sin apenas recursos". De igual modo, los autores del documento lamentan los problemas inherentes a la gestión de la sanidad, así como la inexistente co-gobernanza entre todas las partes implicadas (autoridades, equipos directivos de los centros de salud, comisiones clínicas, cargos de diversas entidades sociales, ayuntamientos, asociaciones comunitarias, etc.), un contexto en el que “no se ha tenido en cuenta la motivación ni las opiniones de los y las profesionales, ni se ha considerado la ‘fatiga pandémica’”.

En este contexto ha destacado una difusión de sobreinformación y desinformación, “sin que desde las administraciones se haya impulsado una línea de trabajo concreta para promover la difusión de mensajes basados en la evidencia científica del momento”, lo que ha favorecido la aparición de conductas peligrosas por parte de la ciudadanía, y ha elevado la carga de los y las profesionales sanitarios/as que han tenido que “lidiar con la sobre-atención de personas faltas de información, la falta de evidencia y la inseguridad”.

Por otro lado, con la cancelación de consultas presenciales -que pasaron a ser telefónicas-, el documento advierte de la cantidad de pacientes graves que quedaron sin recibir la atención que necesitaban (por ej., casos de episodios cerebrovasculares y cardíacos agudos), así como de retrasos en los diagnósticos de enfermedades y en las intervenciones de tratamientos específicos, traduciéndose en un incremento de las listas de espera y, en algunos casos llegando a fallecer los pacientes.

Concretamente, en el caso de la salud mental, según datos de diversos estudios, desde el inicio de la pandemia y a lo largo del tiempo se han ido elevando los niveles de ansiedad, depresión y estrés postraumático en la población general, destacando como las más afectadas, aquellas personas “con enfermedades crónicas, sexo femenino y edades entre 18-25 años”. La crisis ha supuesto, además, un desafío para determinados grupos que han sufrido las consecuencias psicológicas de la pandemia, tales como, los niños, niñas y adolescentes, las personas con patologías crónicas (tanto físicas como mentales), el personal sanitario, el profesorado, mujeres que sufren violencia, migrantes, personas en situación de calle, personas con problemas de salud mental previos, personas con discapacidad intelectual, personas mayores, etc.

El Libro Blanco recoge una serie de recomendaciones en el ámbito de salud mental, entre ellas, las siguientes:

  • Se pone de relieve la importancia de emprender medidas económicas para que la Atención Primaria sea el eje vertebrador del sistema sanitario, garantizando, entre otros aspectos, la estabilidad del personal y analizando los perfiles y cantidades de nuevos y nuevas profesionales para poder satisfacer las necesidades incipientes (Psicología, Fisioterapia, Enfermería Comunitaria, etc.).

  • De igual modo, propone ampliar el asesoramiento psicológico, poniéndolo a disposición de la población, así como estrategias de psicoeducación y divulgación de hábitos de vida a favor del cuidado de los niveles de estrés.

  • Con respecto a la infancia, el documento subraya la trascendencia de fomentar la educación emocional y atender todos aquellos aspectos relacionados con la tolerancia a la enfermedad de forma educativa.

  • En cuanto a las personas jóvenes (de entre 18 y 25 años), el Libro Blanco recomienda su formación en la gestión de emociones y en técnicas de relajación, higiene del sueño, ejercicios físicos y posturales, siendo clave el establecer una rutina diaria donde ocupar el espacio realizando actividades dedicadas al aspecto emocional, social o físico.

  • Se recomienda garantizar el desempeño de la actividad laboral del personal sanitario dentro de unas condiciones seguras, y cubrir la necesidad de atender a su salud mental. Aconseja también la resolución de las fuentes de estrés evitables (aumentando recursos, proporcionando más EPIs, contratando más personal…), e impulsar estrategias de afrontamiento de estrés y crear espacios accesibles y especializados para el cuidado del personal. Estas medidas son aplicables al colectivo de docentes, que también pueden estar viviendo las consecuencias psicológicas de la pandemia en el ámbito laboral.

  • Mantener la presencialidad de las conductas en el caso de las personas afectadas de trastorno mental previo a la situación de pandemia, extendiendo entre los diversos dispositivos, la asistencia telemática con mayor desarrollo que los medios actuales, con el fin de no sufrir retrasos en las consultas y manejo de los síntomas.

  • Acompañar a las personas mayores de figuras cercanas de referencia que brinden “un sustento emocional”, y que no varíen, para dar continuidad de cuidados y reducir la confusión. Continuar fomentando redes de apoyo comunitario y protegiendo la existencia de figuras preestablecidas de acompañamiento presencial en los momentos finales de la vida.

El Libro Blanco aborda también las consecuencias de la COVID-19 en el contexto educativo, donde la pandemia obligó a cerrar los centros escolares y a cambiar súbitamente el modo de impartir las asignaturas, pasando de un modelo presencial a uno telemático, poniendo de manifiesto aquí el problema de la brecha digital en nuestro país.

Según sus autores, el cierre de las escuelas ha influido en la falta de socialización de los y las menores, impactando en el estado psico-emocional del alumnado, que se ha mostrado más nervioso (70,14%), triste (55%) o se ha enfadado con mayor frecuencia (74,66%). Por su parte, el 50,6% de los y las docentes ha sufrido estrés (el 18,6% de ellos entre grave y muy grave), y el 32,2% de docentes ha tenido síntomas depresivos (el 7,5% con síntomas graves y muy graves).

Los autores recomiendan proporcionar apoyo psicológico/emocional tanto al alumnado como al personal docente.

Se puede acceder al documento a través del siguiente enlace:

Libro Blanco de la COVID-19 

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