Enrique Echeburúa1 y Javier Fernández-Montalvo2
(1)
Universidad del País Vasco y (2)Universidad Pública de Navarra

La violencia de género es un problema en alza y adquiere actualmente unas cifras alarmantes. Así, por ejemplo, en cuanto a la violencia en el hogar, según el estudio realizado por el Instituto de la Mujer en el año 2006 con una muestra de más de 32.000 mujeres, en España hay, al menos, un 3,6% de mujeres mayores de 18 años que se declaran maltratadas (aproximadamente 680.000). Sin embargo, en total hay un 9,6% (alrededor de 1.800.000) que, considerándose maltratadas o sin considerarse como tales, sufren unas conductas vejatorias que son impropias de una relación de pareja sana. Asimismo, han sido asesinadas en España por sus parejas o ex parejas 73 mujeres en 2008, 74 en 2007, 68 en 2006, 61 en 2005 y 69 en 2004, por referirnos sólo a los últimos años, lo que denota la existencia de una tendencia estable que no ha conseguido frenar, al menos de momento, la Ley Integral de Violencia de Género. Este dato da cuenta de la magnitud del problema y, por contraposición, del elevado número de hombres que se comportan violentamente con su pareja o ex pareja. Por ello, hay un interés creciente en la comunidad científica por el estudio de los agresores, tanto de su perfil, como de los programas de tratamiento específicos.

Desde una perspectiva terapéutica, han surgido, sobre todo en el ámbito comunitario, algunos programas específicos de intervención con este tipo de agresores. Los resultados obtenidos en alguno de ellos -especialmente con los hombres que completan totalmente el programa de intervención- son claramente esperanzadores (Echeburúa y Fernández-Montalvo, 1997). El tratamiento psicológico resulta, por tanto, el más adecuado en la actualidad, si bien una dificultad existente es la negación del problema-o, al menos, su minimización- por parte del agresor, así como la atribución a la pareja del origen y mantenimiento del conflicto, lo que puede llevar a un rechazo del tratamiento o a un abandono prematuro del mismo.

 

Sin embargo, estos resultados tan esperanzadores se refieren principalmente a hombres maltratadores que no están en la vía judicial o, al menos, que no han entrado en prisión. Presumiblemente, el perfil de los agresores que se encuentran en prisión como consecuencia de los actos derivados de la violencia de género (lesiones, asesinatos, agresiones sexuales, etc.) sea distinto (Fernández-Montalvo, Echeburúa, y Amor, 2005). Este tipo de casos, aun siendo muy graves, ha recibido, en general, una menor atención, ya que los presos por delitos de violencia contra la mujer representan un porcentaje relativamente pequeño en el conjunto de la población reclusa. No obstante, en un estudio-piloto de nuestro equipo (Echeburúa, Fernández-Montalvo, y Amor, 2006) sobre el tratamiento psicológico cognitivo-conductual, llevado a cabo en régimen cerrado, de 52 hombres condenados por violencia de género en 8 prisiones españolas, los resultados pusieron de manifiesto la utilidad del programa de intervención, con una reducción clara en las distorsiones cognitivas relacionadas con la violencia y con la inferioridad de la mujer, así como con una disminución de la tasa global de la sintomatología psicopatológica asociada y, más en concreto, del nivel de ira y de hostilidad.

Una vez llevado a cabo el estudio-piloto anterior, el objetivo principal de esta investigación ha sido evaluar la eficacia de un programa de tratamiento para hombres condenados por violencia grave de género que se ha llevado a cabo en 18 prisiones españolas durante 2005 y 2006, lo que ha supuesto hacerlo con una muestra más amplia y en un número mayor de prisiones. En concreto, la muestra constó de 148 hombres (edad media: 40 años) que cumplían condena por un delito específico de violencia contra la pareja. El tratamiento, aceptado voluntariamente, consistió en 20 sesiones semanales de 2 horas y con un formato grupal, con una duración total de casi 8 meses, y su contenido abarcó los déficits conductuales y cognitivos que están relacionados con la violencia de género. Este programa, basado en un modelo cognitivo-conductual, es modular y se adapta a las características específicas de cada sujeto. En la primera parte de la intervención (sesiones 1-3) se presta atención a los aspectos motivacionales del programa, tales como la aceptación de su propia responsabilidad en el delito cometido y la motivación para el cambio. La segunda parte del programa (sesiones 4-15) incluye el tratamiento de los síntomas psicopatológicos asociados a los hombres violentos y se centra en el entrenamiento en la adquisición de empatía y de habilidades básicas de comunicación y de solución de problemas. Otros aspectos abordados son el control de la ira y la modificación de las distorsiones cognitivas relacionadas con la conducta violenta. Por último, el programa incluye una intervención específica en la prevención de recaídas (sesiones 16-20), referida concretamente a la identificación de situaciones de alto riesgo para la violencia y a la enseñanza de habilidades de afrontamiento adecuadas en estas circunstancias. Una descripción más detallada, con el diario de sesiones correspondiente, puede encontrarse en Echeburúa y Fernández-Montalvo (1998) y, en formato de autoyuda, en Echeburúa, Amor, y Fernández-Montalvo (2002).

La aceptación del programa fue razonablemente buena, con un 68% de sujetos que lo completaron íntegramente. Según los resultados obtenidos, hubo una modificación significativa de los sesgos cognitivos tanto sobre la inferioridad de la mujer como sobre la violencia como forma válida de afrontar las dificultades cotidianas. Asimismo los sujetos tratados experimentaron una reducción de los síntomas psicopatológicos, de la impulsividad y de la ira, así como un aumento significativo en la autoestima. Por otra parte, la única diferencia entre los sujetos que abandonaron el tratamiento y los que lo completaron fue la ausencia de antecedentes penales. La alta impulsividad y los síntomas depresivos antes del tratamiento fueron predictores de unos resultados terapéuticos más pobres.

Falta aún por ver si las tasas de reincidencia disminuyen cuando estas personas accedan al régimen de libertad, como, de hecho, ha ocurrido en el ámbito de los agresores sexuales tratados en prisión, en donde se ha conseguido reducir la tasa de reincidencia en 14 puntos (del 18,2% en los sujetos no tratados al 4,1% en los sujetos tratados) (Redondo, Navarro, Martínez, Luque, y Andrés, 2005).

 

Bibliografía

El artículo original puede encontrarse en International Journal of Clinical and Health Psychology:

Echeburúa, E. y Fernández-Montalvo, J. (2009). Evaluación de un programa de tratamiento en prisión de hombres condenados por violencia grave contra la pareja. International Journal of Clinical and Health Psychology, 9, 1, 5-20.

Sobre los autores:

 

Enrique Echeburúa es Catedrático de Psicología Clínica en la Universidad del País Vasco. Autor de numerosos libros en el ámbito de la Psicología Clínica y de más de 300 trabajos en libros y revistas científicas, sus líneas actuales de investigación se centran en la violencia de pareja, en el trastorno de estrés postraumático, en las agresiones sexuales y en el juego patológico. Asimismo ha sido galardonado con los premios Cinteco y Rafael Burgaleta (Colegio Oficial de Psicólogos) de investigación científica.

Javier Fernández-Montalvo es Profesor Titular de Psicopatología en la Universidad Pública de Navarra. Autor de varios libros y de numerosos trabajos en libros y revistas científicas, sus líneas actuales de investigación se centran en el juego patológico y las adicciones sin drogas, la violencia de pareja, las drogodependencias y los trastornos de personalidad. Asimismo ha sido galardonado con 3 premios de investigación científica.

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