José Manuel Andreu, Mª Elena Peña y Jesús M. Ramírez
Universidad Complutense de Madrid

El comportamiento agresivo y violento, en sus múltiples formas de expresión, es considerado por la Organización Mundial de la Salud como uno de los problemas sociales y de salud pública más preocupantes en la actualidad. Y no sólo por las gravísimas consecuencias que en términos de daños, lesiones y sufrimiento ocasiona en las víctimas; sino también porque la agresión se ve comúnmente asociada a graves disfunciones de adaptación social como, por ejemplo, la delincuencia, el abuso de drogas, la violencia familiar o el absentismo escolar. Además, el comportamiento agresivo suele hacer acto de presencia en multitud de trastornos psicopatológicos a lo largo del desarrollo, especialmente, en los trastornos por déficit de atención y comportamiento perturbador.

Sin embargo, a pesar de que la agresión ha sido y es una constante en la vida de muchas personas, afectándonos a todos de un modo u otro, su estudio científico sigue afrontando serias dificultades ya que, lejos de ser un concepto que describa una acción en particular, la ubicuidad, complejidad y diversidad de la agresión engloba multitud de comportamientos que, aunque puedan parecer similares, adquieren diferentes manifestaciones fenomenológicas (físicas o verbales), tienen diversas funciones (expresivas o instrumentales) y son provocados por multitud de condicionantes y circunstancias externas.

Diversos modelos han abordado la compleja explicación funcional de la agresión, entre ellos, destaca el modelo propuesto por el grupo de investigación de Kenneth Dodge y cols., en el que, basándose en el procesamiento de la información social, diferencian entre agresión reactiva y proactiva. Por una parte, la agresión reactiva implicaría aquellas conductas que se ven elicitadas como reacción a una provocación o a una amenaza percibida, ya sea real, imaginada o distorsionada. Por otra, la agresión proactiva incluiría acciones desencadenadas para la resolución de conflictos interpersonales y la consecución de beneficios, recompensas o refuerzos valorados por el propio agresor. En otras palabras, la agresión instrumental o proactiva es fría, premeditada y estaría fundamentada en la doctrina "el fin justifica los medios"; mientras que, por el contrario, la agresión reactiva se caracterizaría por "la deshumanización de las víctimas".