Hasta hace relativamente poco tiempo, la visión dominante en salud mental, en relación al trastorno psicótico, era la de una enfermedad caracterizada por una evolución inevitable hacia un deterioro progresivo, tanto a nivel cognitivo como funcional, del paciente. No en vano, es uno de los problemas de salud que más contribuye a la carga global de enfermedades, dado que se inicia a edades tempranas de la vida y que aproximadamente dos tercios de las personas afectadas mantienen algún tipo de sintomatología a pesar del tratamiento farmacológico.

Si se trabaja desde esta perspectiva, la alternativa terapéutica que se ofrece es fundamentalmente paliativa, y poco centrada en la rehabilitación, consistente en la administración de una fuerte dosis de fármacos antipsicóticos en el momento activo del brote -y la hospitalización del paciente en los casos más graves-, y una vez pasado este momento, en una inexistente o limitada intervención estructurada entre los episodios y el mantenimiento con menores dosis de fármacos.

Sin embargo, en los últimos 15 años, a partir de un programa pionero iniciado en Melbourne (Australia), han surgido numerosos estudios que demuestran la eficacia de intervenir de manera temprana en la psicosis. Así, se sabe que un amplio rango de intervenciones psicológicas, psicosociales y biológicas, centradas en el individuo o en su entorno cercano, pueden influir positivamente en la capacidad de recuperación tras el primer brote psicótico, en la integración de la persona afectada y en la evolución posterior de la enfermedad.

Habitualmente, estos servicios de atención temprana están formados por equipos multidisciplinares, especializados y específicos (integrados por psiquiatras, psicólogos, enfermeros y trabajadores sociales). Los componentes clave en los que se basan estas intervenciones incluyen bajas dosis de fármacos, psicoeducación, tratamiento cognitivo-conductual, programas de inserción laboral, seguimiento continuado del paciente, prevención de recaídas, tratamiento de adicciones y participación temprana de familiares y amigos, entre otros.

Dado que el retraso en el inicio del tratamiento suele ser la norma en estos pacientes, -en concreto, se estima una media de casi cuatro años desde el inicio del primer brote hasta su diagnóstico (según datos aportados en el XV Congreso Internacional para la Psicoterapia de la Esquizofrenia y Otras Psicosis)-, uno de los objetivos prioritarios de la intervención temprana es reducir el tiempo de espera sin tratamiento, es decir, centrar los esfuerzos en la detección e intervención tras la aparición de los primeros síntomas, ya que se sabe que cuanto más tiempo dura este intervalo, peor es el pronóstico de la enfermedad. Además, los programas se centran en el "periodo crítico" que comprende los primeros cinco años tras el primer episodio, donde es más probable que aparezcan problemas asociados como depresión, pérdida de empleo, disminución del apoyo social, conflictos familiares, abuso de sustancias o baja autoestima, lo que puede dar lugar a su vez a una muerte precoz, al aumentar seriamente el riesgo de suicidio.

Los programas de intervención temprana en la psicosis, a pesar de su reciente aparición, se están convirtiendo rápidamente en el nuevo paradigma de conceptualización de estas enfermedades, hasta tal punto que, según algunos autores, prometen ser el avance más impactante en este campo desde la introducción de los fármacos antipsicóticos en la década de los 50 (Ehman et al., 2004). La revisión de la literatura científica al respecto señala que estos programas permiten la recuperación total de los síntomas en un 80% de los casos tratados durante el año posterior al primer episodio psicótico, en pacientes diagnosticados de esquizofrenia y otras psicosis (Lieberman et al., 1993). Otros beneficios incluyen la continuidad de la actividad académica o laboral, el mantenimiento de las habilidades sociales y del apoyo social, la disminución de la necesidad de hospitalización del paciente, así como una menor resistencia al tratamiento farmacológico, mejorando la adherencia y disminuyendo el riesgo de recaídas.

Todo este conocimiento ha propiciado que desde la década de los 90 se estén extendiendo progresivamente este tipo de programas en diferentes partes del mundo. Actualmente, la Asociación Internacional de Psicosis Temprana (International Early Psychosis Association; IEPA), recoge en su página Web (http://www.iepa.org.au/) toda la red de servicios existente, con una lista de más de 200 centros en 24 países. Algunos de ellos, como Australia, Nueva Zelanda o Reino Unido, han integrado estos programas de intervención temprana en la psicosis en sus planes nacionales de salud mental.

Las intervenciones psicológicas han contribuido enormemente al éxito en los resultados de estas intervenciones, y es tal su relevancia que se ha creado un organismo internacional que promueve específicamente el uso de la psicoterapia y el tratamiento psicológico para los enfermos de esquizofrenia y otros trastornos psicóticos, denominado International Society for the Psychological Treatments of the Schizophrenias and other Psychoses (ISPS).