En el año 2006, se aprobó la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia (Ley 39/2006). Esta Ley, conocida popularmente como "Ley de la Dependencia", supone un importante logro social, puesto que implica que las diferentes Administraciones públicas han de comprometerse a atender en todas aquellas personas que requieran ayuda y apoyos significativos para "poder ejercer sus derechos de ciudadanía, acceder a los bienes sociales y desarrollar las actividades más esenciales de la vida diaria", consecuentemente el principal reto de esta Ley es el de desarrollar políticas de actuación que promuevan la calidad de vida y la plena ciudadanía de las personas con discapacidad.

Pasados tres años de su puesta en marcha y tras la valoración de los primeros resultados con relación a la eficacia de la misma, se han establecido una serie de modificaciones de dicha Ley. Estos cambios se hicieron públicos en el Boletín Oficial del Estado del pasado 12 de julio de 2010, donde se aprobó la resolución de 29 de junio de 2010 de la Secretaría General de Política Social y Consumo, por la que se publica el Acuerdo del Consejo Territorial del Sistema para la Autonomía y Atención a la Dependencia sobre la modificación del baremo de valoración de la situación de dependencia establecido en el Real Decreto 504/2007.

Dada la importancia de las modificaciones recogidas en este Acuerdo, Infocop Online tiene el privilegio de publicar una valoración de estas modificaciones realizadas por Rocío Fernández-Ballesteros y María Ángeles Molina Martínez, especialistas en psicología del envejecimiento y en el desarrollo de programas dirigidos a la prevención de la dependencia y al fomento del envejecimiento activo.

María Ángeles Molina Martínez y Rocío Fernández-Ballesteros
Universidad Autónoma de Madrid

El 15 de diciembre de 2006 aparece publicada en el Boletín Oficial del Estado la Ley 30/2006, de 14 de diciembre, de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a las Personas en Situación de Dependencia. Esta Ley constituye un hito en la política social de nuestro país, reconociendo como derecho la atención a un colectivo especialmente vulnerable y constituyendo el "cuarto pilar del estado de bienestar". En el momento de promulgación de la Ley, se adquiere el compromiso de que, transcurridos los tres primeros años de aplicación, el Consejo Territorial del Sistema para la Autonomía y Atención a la Dependencia realizaría una evaluación de los resultados de la misma, proponiendo las modificaciones en la implantación del Sistema que, en su caso, estimase procedentes. Cumplido el trienio de aplicación de la Ley, nos proponemos hacer un análisis de la misma y de algunos de sus resultados publicados.

Consideramos oportuno aclarar que si bien la Ley de Dependencia, se dirige a todos los colectivos (sea cual fuere su edad) en situación de dependencia, será en el contexto del envejecimiento donde ceñiremos nuestro análisis.

La "Ley de Dependencia" (LD), como popularmente es conocida, se justifica, en el apartado dedicado a la exposición de motivos en "los cambios demográficos y sociales que están produciendo un incremento progresivo de la población en situación de dependencia."

En principio, no cabe duda, de que la atención a la dependencia se hace necesaria debido al fenómeno del envejecimiento de la población, esto es, al crecimiento de la población mayor de 65 años en el que existe una alta prevalencia de la dependencia, (grupo de edad que se ha duplicado en los últimos treinta años) al que se añade "el fenómeno demográfico denominado envejecimiento del envejecimiento, es decir el aumento del colectivo de población con edad superior a 80 años, que se ha duplicado en sólo veinte años". Se resalta, en la exposición de motivos, que "ambas cuestiones conforman una nueva realidad de la población mayor que conlleva problemas de dependencia en las últimas etapas de la vida para un colectivo de personas cada vez más amplio". Así mismo, pone de relieve "la clara correlación existente entre la edad y las situaciones de discapacidad." Finalmente, al envejecimiento se añade "la dependencia por razones de enfermedad y otras causas de discapacidad o limitación (…)".

Conviene matizar esta exposición de motivos (como se hizo anteriormente), comenzando por considerar el fenómeno del envejecimiento poblacional, dado que el hecho de que la muerte nos alcance cada vez a edades más avanzadas habiéndose duplicado la esperanza de vida a lo largo del siglo XX, no debería contemplarse como problemático o negativo, por el contrario, ello supone un éxito social, resultado de las mejores condiciones educativas, sociales y sanitarias que han logrado reducir la mortalidad a todas las edades de la vida. Pero además, la edad a la que aparece la dependencia, también se ha retrasado, es decir, ha descendido la probabilidad de padecerla hasta edades más tardías, por tanto, podemos predecir que, implantado políticas de promoción de la salud y prevención de la dependencia, podría lograrse que los años de vida ganados puedan ser, años con salud, sin dependencia. Sin embargo, los datos con los que contamos ponen de relieve, lo contrario: una alta esperanza de vida con discapacidad (en el 2000, con una esperanza de vida al nacer promedio entre hombres y mujeres de 78,8 años, existía una esperanza de vida sin discapacidad de 72,8, WHO, 2001). Es por eso por lo que se ha insistido en la importancia de la promoción del envejecimiento activo y la prevención de la dependencia y por lo que se desarrollan programas públicos con ese objetivo y por lo que, también nuestro grupo EVEN (EValuación y ENvejecimiento) de la Universidad Autónoma de Madrid, está ocupado en la implantación de Vivir con Vitalidad, programa de promoción del envejecimiento activo, tanto en forma presencial como multimedia e, incluso, e-learning (Fernández-Ballesteros, 2002, 2005; Fernández-Ballesteros, Caprara, Iñiguez y García, 2004). De este modo, el crecimiento de la población mayor de 65 años y el aumento del colectivo de los muy mayores, tal y como se recoge en la exposición de motivos, "conforman una nueva realidad de la población mayor", pero, este hecho permite mantener la convicción de que no se puede equiparar la edad con la discapacidad, de ninguna manera.

Como coinciden todos los autores (ver, por ejemplo, Rowe y Khan, 1997; Fernández-Ballesteros, 2008), existen tres formas de envejecimiento: la vejez normal que cursa con cierto número de patologías crónicas asociadas a la edad pero sin discapacidad, la vejez patológica que cursa con enfermedad y discapacidad y la vejez llamada activa, positiva, o con éxito, que cursa con baja probabilidad de enfermedad y de discapacidad, alto funcionamiento físico, cognitivo y emocional y con alta implicación social. Una persona concreta puede estar envejeciendo de distintas formas, pero, sólo aquella que cuenta con una mala salud inhabilitante requieren ayuda para desarrollar las actividades esenciales de la vida diaria. El funcionamiento biológico, psicológico y social del organismo es distinto en cada persona y su declive, cuando ocurre, tampoco sigue el mismo patrón. Por tanto, ligar envejecimiento y dependencia, constituye un grave error de generalización. Es más, también los muy mayores (personas mayores de noventa años) pueden presentar un alto funcionamiento bio-psico-social; así, en nuestro estudio 90+ (I+D+I, IMSERSO) se pone de relieve cómo determinadas características psicológicas de los individuos (apertura a la experiencia, percepción del control) y estilos de vida (realizar actividad física regular, realizar actividad cognitiva) predice supervivencia y buen estado mental (Molina, Schettini, López, Zamarrón y Fernández-Ballesteros, R., en prensa; Fernández-Ballesteros, Zamarrón, Díez, López, Molina y Schettini, en prensa).

Así, la dependencia está asociada a la enfermedad o al accidente y ambas están presentes en todas las edades de la vida. Cierto es, que existe un aumento de la probabilidad de enfermar conforme avanza la edad, de ahí que dos terceras partes de las personas con discapacidad para las actividades de la vida diaria tengan más de 65 años. Sin embargo, no debe caerse en el error de pensar que la dependencia es un problema de edad.